Nos hablan de cambio climático, de El Niño y La Niña, de salud ambiental y ahora hasta de salud planetaria. Pero detrás de esos conceptos no sólo hay enfermedades o fenómenos ambientales. También hay días de trabajo perdidos, menor productividad, costos para las empresas, presión sobre los sistemas de salud y miles de millones de dólares que dejan de producirse. Aun así, pocas personas podrían explicar con claridad qué significa realmente la salud ambiental y por qué debería importarnos a todos.

Esta semana apareció un ejemplo difícil de ignorar. El Climate Impact Lab de la Universidad de Chicago estima que el actual “súper El Niño” podría provocar alrededor de 451 mil muertes adicionales por calor entre junio de 2026 y febrero de 2027, en comparación con un año normal. Sólo entre septiembre y febrero estima unas 239 mil. Y eso sin contar las posibles consecuencias de inundaciones, incendios, sequías y otros fenómenos asociados.

Es una proyección, no una cifra inevitable. De hecho, parte del objetivo de este tipo de estudios es identificar dónde actuar para evitar muertes. Pero sirve para plantearnos una pregunta mucho más sencilla: ¿Qué tiene que ver el ambiente con nuestra salud? Muchísimo más de lo que generalmente pensamos.

La salud ambiental estudia cómo aquello que nos rodea puede afectar nuestra salud: el aire que respiramos, el agua que bebemos, la temperatura a la que trabajamos, las sustancias químicas a las que estamos expuestos, el ruido, los alimentos, los materiales con los que construimos nuestras casas y oficinas y las condiciones de los lugares donde vivimos, estudiamos y trabajamos.

La salud planetaria añade otra dimensión: ¿qué ocurre con nuestra salud cuando nosotros mismos alteramos los sistemas naturales de los que dependemos? El cambio climático es quizá el ejemplo más claro. Nuestras actividades modifican el clima y esos cambios regresan a nosotros en forma de temperaturas extremas, cambios en la calidad del aire, alteraciones en la disponibilidad de agua y alimentos, y nuevos riesgos para la salud.

En términos sencillos: la salud ambiental estudia cómo el ambiente nos afecta; la salud planetaria, cómo los cambios que provocamos en el planeta terminan afectándonos también a nosotros. Porque el ambiente no es algo que está allá afuera: también entra en nuestro cuerpo. Y sus consecuencias son enormes.

El reporte State of Global Air 2025 estima que en 2023 la contaminación del aire estuvo asociada con 7.9 millones de muertes en el mundo. No hablamos solamente de tos, asma o enfermedades pulmonares. La mayor parte de esas muertes correspondió a enfermedades no transmisibles, incluidas enfermedades cardiovasculares, cáncer, diabetes y padecimientos respiratorios crónicos.

Pero hay otro error frecuente: pensar que la salud ambiental es solamente un asunto médico. También es un asunto económico.

El Banco Mundial estima que la contaminación del aire exterior provoca alrededor de 5.7 millones de muertes cada año y pérdidas equivalentes a casi 5% del producto interno bruto mundial, al considerar sus efectos sobre la salud, la productividad y la esperanza de vida. Y el calor permite entenderlo mejor.

El Lancet Countdown estimó que la exposición al calor ocasionó la pérdida potencial de alrededor de 640 mil millones de horas de trabajo en 2024. La pérdida potencial de ingresos asociada superó por primera vez un billón de dólares. Los sectores más afectados son precisamente algunos de los que sostienen las economías: agricultura, construcción y otros trabajos que requieren actividad física y exposición al exterior.

En 17 países de América Latina, las pérdidas potenciales de ingresos relacionadas con la reducción de la capacidad laboral por calor alcanzaron 52 mil millones de dólares en 2024, equivalentes a 0.81% de su PIB conjunto.

Por lo tanto, una mala política ambiental puede terminar convirtiéndose en enfermedad, gasto sanitario, días de trabajo perdidos, menor productividad y menor crecimiento económico. Por eso la salud ambiental debería importarle a quien gobierna.

Mejorar la calidad del aire no es únicamente una política ambiental: es también una política de salud. Reducir la exposición infantil al plomo no consiste solamente en eliminar un contaminante: significa proteger el desarrollo cerebral, el aprendizaje y las posibilidades futuras de niñas y niños. Preparar una ciudad para temperaturas extremas no es únicamente adaptación climática: puede significar evitar hospitalizaciones, muertes y pérdidas económicas.

Si lo miramos así, invertir en agua segura, saneamiento, aire limpio, viviendas saludables, mejores sistemas de transporte, protección frente al calor y regulación de sustancias tóxicas deja de parecer un gasto ambiental y comienza a verse como lo que realmente es: inversión en capital humano y desarrollo.

También debería importarle a quien dirige una empresa. Durante décadas, las empresas han evaluado sus espacios y operaciones en términos de metros cuadrados, consumo de energía, costos de operación, producción y rentabilidad. Pero las personas trabajan dentro de esos metros cuadrados.

Ventilación, calidad del aire, temperatura, iluminación, ruido y exposición a sustancias químicas pueden tener efectos sobre la salud, el bienestar y el desempeño de quienes trabajan. Por eso cuidar la salud ambiental dentro de una empresa no debería reducirse a responsabilidad social o a una estrategia de sustentabilidad. También puede ser una decisión de productividad, manejo de riesgos y competitividad.

Y finalmente debería importarnos a todos. Podemos preguntarnos qué productos utilizamos, qué aire respiramos dentro de nuestras casas, qué sustancias llevamos al hogar, cómo protegemos a nuestros hijos del calor o la contaminación y a qué estamos expuestos en nuestros lugares de trabajo. Pero tampoco podemos caer en el error de trasladar toda la responsabilidad al individuo.

Una niña no decide cuánto plomo existe en su entorno. Un trabajador no determina la temperatura de una fábrica o de una obra. Una familia no puede controlar por sí sola la contaminación atmosférica de la ciudad donde vive. Y difícilmente podemos evitar una sustancia potencialmente peligrosa si ni siquiera sabemos que está presente.

Por eso la salud ambiental necesita ciudadanos informados, pero también ciencia, regulación, políticas públicas y empresas responsables.

Este 26 de septiembre se conmemora el Día Mundial de la Salud Ambiental. Podríamos celebrarlo con una publicación en redes sociales y olvidarlo al día siguiente. O podríamos aprovecharlo para entender algo mucho más importante. La salud no se construye solamente en hospitales y consultorios.

También se construye con el aire que respiramos, el agua que bebemos, los productos que utilizamos, los edificios que habitamos, las ciudades que diseñamos, las condiciones en las que trabajamos y las decisiones que tomamos como sociedad.

Porque muchas veces, mucho antes de que sus consecuencias aparezcan en un consultorio, en los resultados de una empresa o en las cifras de desarrollo económico, nuestra salud, nuestro bienestar y buena parte de nuestras oportunidades futuras ya empezaron a definirse en el ambiente que nos rodea, incluso antes de nacer.

Doctor en Toxicología por el CINVESTAV y Posdoctorado en Salud Ambiental por la Universidad de Harvard. Consultor en Salud Ambiental y Salud Pública.

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