El reciente rompimiento de las negociaciones comerciales entre EU y Canadá, como parte del Tratado de Libre Comercio (TLC) entre ambos países, pone fin -probablemente- a toda una relación histórica, estratégica y especial, pero, sobre todo, a un periodo de bullying que, descaradamente, practicó el presidente Trump en estos últimos meses sobre ese país.
Precisamente, la expresión estadounidense no money, no honey podría considerarse como la causal de divorcio entre EU y Canadá, luego que el tirano Trump quisiera aprovecharse de su poder y avasallar a su socio, no sólo con más aranceles a productos clave de Canadá, sino a burlarse una y otra vez sobre la posibilidad de que ese país se convirtiera en el estado 51 de la Unión, el cual ya no resistió el chantaje y exigió el divorcio.
Si el razonamiento de EU era “si no obtengo más ganancias, entonces, ya no habrá más cariño”, el de Canadá era a la inversa: “si no hay cariño, entonces ya no habrá más dinero”. No money, no honey o no honey, no money se convirtieron en posiciones irreconciliables, tanto para una negociación, como en una relación marital, asumo yo.
Técnicamente, las razones pudieran encontrarse en la aplicación de aranceles por parte de EU a productos claves en la economía canadiense, como son autos, bebidas y acero, que alcanzan hasta el 50%, y que provocó la retaliación canadiense en los mismos términos por un valiente Marc Carney, que enfureció más a Trump. Sin embargo, el rompimiento entre ambos países también puede explicarse porque Canadá se hartó, no sólo de Trump, sino del bullying histórico que ese país ha practicado sobre Canadá al considerar que su desarrollo ha dependido siempre del de EU.
Y puede que tengan razón, pues no tengo elementos suficientes para no creerlo, pero, en todo caso, lo políticamente incorrecto es señalarlo públicamente y, más, de la manera tan vulgar como lo ha hecho el presidente Trump en estos últimos meses, primero, al ex primer ministro Justin Trudeau -quien renunció en 2025- y, ahora, a su sucesor, Marc Carney -quien lo abandonó en 2026-.
Si uno ve el mapa de ambos países se dará cuenta que se trata de la frontera más grande del mundo, con cerca de 9,000 kilómetros de longitud, donde se han establecido las principales ciudades canadienses, seguramente, aprovechando las facilidades de comunicación, seguridad, comercio y otras capacidades más, pero nunca creando una dependencia, ni mucho menos, tomando ventaja de ello, como dice el magnate. Lo cierto es que en esa larga e histórica relación se había establecido una fuerte amistad entre los gobiernos y los pueblos que muy difícilmente podría romperse, hasta que llegó Trump y echó todo a perder.
Aquí, recuerdo la plática que sostenía un funcionario de EU con un grupo de colegas -incluyendo el canadiense-, en plena celebración del 4 de julio, quien, creyéndose dueño del pastel por estar en su fiesta, se sintió con el derecho de contar una anécdota sobre los cercanos que eran ambos países y pueblos. Mencionó que, algunas veces, estando él en lo más alto del estado de Maine, al noreste del país, podía ver a lo lejos algunas ciudades canadienses como Quebec, Montreal e incluso, la capital Ottawa, a las cuales gritaba todas las tardes que “prendieran las luces, pues EU había ya subido el switch”. Algunos no entendimos la broma al momento y sólo esbozamos una leve sonrisa, mientras el relator reía a carcajadas, sin importar lo imprudente del comentario, ni el rubor de su colega canadiense. Menos mal que eran amigos.
Me imagino que, como esa, debe haber algunas otras bromas que hacen alusión a esa supuesta dependencia de Canadá -de buena o mala fe-, por el hecho de que consideran que su desarrollo ha sido construido al amparo de EU, especialmente, en la frontera común. De igual forma, creo que en el intercambio comercial pasa algo semejante al considerar que Canadá ha tomado ventaja del generoso vecino del sur, según el razonamiento de Trump, tanto para aquel país, como para México, a quien también acusa de aprovecharse de las bondades de EU. En mi opinión, este sería un buen momento para forzar a Trump a respetar a México y negociar sin presiones, pues no querrá perder a su otro socio comercial.
Y es que el otro coraje de Trump -me imagino- debe ser el hecho, no sólo de haber sido abandonado, sino que, luego, Canadá tomó sus autos, vinos, acero y demás productos y fue al encuentro de un nuevo socio -la Unión Europea-, el cual lo recibió con los brazos y las aduanas abiertas para el inicio de una nueva relación comercial, así de pronto y sin mediar lagrima alguna de remordimiento. Tan lo enfureció que Trump -enloquecido- juró nuevos aranceles para los países de la UE que apoyen el ingreso de Canadá a ese mecanismo europeo.
Llama la atención el discurso cuidadoso, pero firme, del primer ministro canadiense, quien fue recibido en el parlamento europeo, donde expresó que “la respuesta hacia la actual disrupción geopolítica debe tomar una nueva dimensión”, donde hizo referencia a los fuertes lazos históricos entre Canadá y Europa: “Nuestro compromiso con el estado de derecho y nuestra inquebrantable defensa de la dignidad humana, la libertad individual y la democracia comparten la misma profunda raíz e incansable dedicación”. Igualmente señaló que las ventajas mutuas son la respuesta para profundizar una alianza entre ambas regiones.
En respuesta, la presidenta del parlamento europeo Roberta Metsola, dijo que Europa y Canadá comparten un simple entendimiento: “siempre somos fuertes, cuando trabajamos juntos”. Abundó que Canadá siempre apoyó a Europa en los momentos más difíciles y nunca olvidarán su sacrificio: “Ahora estamos buscando un futuro juntos, con gran potencial para profundizar nuestra cooperación, desde defensa y comercio, hasta energía, educación e investigación”. Por su parte, Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, fue más allá y anunció que la UE abría la puerta a Canadá para convertirse en el primer miembro asociado de esa organización.
Todo ello confirma que Canadá ha dado un giro de 360 grados a su destino, pues sin cambiar su posición geográfica en América, ahora experimentará una nueva aventura comercial en Europa.
Mientras tanto, Trump vive otro de sus maravillosos fracasos por partida doble, pues no sólo pierde a un socio histórico, estratégico y confiable, sino se queda sin money y sin honey.
Mario Alberto Puga
Politólogo (UAM) y exdiplomático
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