Como científico en toxicología y salud ambiental, desde hace años estudio cómo exposiciones que no vemos pueden afectar nuestra salud. Como esposo y padre, procuro aplicar ese conocimiento en casa: utilizar solo lo necesario, ventilar y evitar sustancias que no ofrecen un beneficio real.

Una vivienda puede quedar con el piso brillante y, al mismo tiempo, con más sustancias tóxicas en el aire que antes de limpiarla.

Cuando compramos un producto para el aseo, damos por hecho que protege nuestra salud. Si elimina la grasa, huele a limón o promete acabar con el 99.9% de los microorganismos, suponemos que hará de nuestra casa un lugar más seguro. Sin embargo, un producto puede limpiar muy bien una superficie y también irritar la piel, afectar las vías respiratorias o liberar contaminantes que terminamos inhalando.

Eficacia para limpiar no significa necesariamente seguridad para nuestra salud.

Durante años hemos relacionado los olores a pino, lavanda, cítricos o cloro con la limpieza. Pero el olor a limpio no existe. Existe el olor de las sustancias utilizadas para limpiar o perfumar un espacio.

Para que podamos percibirlas, algunos de sus componentes deben salir del producto, dispersarse en el aire y llegar hasta nuestra nariz. Una casa que huele intensamente no está necesariamente más limpia, por el contrario, podría tener el aire más contaminado y afectar a quienes lo respiran.

Una revisión científica publicada en 2024 en la revista Environment International analizó 202 estudios sobre productos de limpieza, sus efectos en el aire interior y sus implicaciones para la salud. Concluyó que pueden aumentar nuestra exposición a compuestos volátiles y partículas, y que su uso frecuente se ha relacionado con asma y rinitis en personal de limpieza y trabajadores de salud, y con síntomas respiratorios en adultos y niños expuestos en casa.

Por el momento, no necesitamos memorizar una lista interminable de ingredientes tóxicos presentes en productos de limpieza para comprender sus posibles efectos. Pero es muy importante entender que algunos productos pueden irritar los ojos, la piel, la nariz y la garganta; otros pueden provocar dermatitis, alergias, tos o síntomas de asma. Ciertos solventes y compuestos volátiles también pueden ocasionar dolor de cabeza, mareo, náusea, somnolencia o confusión, especialmente cuando se utilizan en exceso o en lugares mal ventilados.

Esto no significa que cada uso ocasional vaya a producir una enfermedad. Significa que no debemos normalizar exposiciones innecesarias solamente porque el producto se vende para limpiar. Los aromatizantes son un gran ejemplo de esto. No limpian ni purifican el aire: únicamente agregan sustancias para ocultar o modificar los olores y pueden llegar fácilmente a nuestros pulmones, por lo que deberían ser considerados como innecesarios y riesgosos para la salud.

El problema: algunos aromatizantes y productos perfumados pueden contener ftalatos u otros compuestos capaces de provocar alteraciones hormonales. No todos los contienen y la exposición no determina por sí sola que aparecerá una enfermedad. Otro problema es que las etiquetas rara vez permiten identificarlos y no existe una razón sanitaria para mantener permanentemente una fuente de fragancias dentro de una habitación.

Reducir estas exposiciones es una medida prudente, sobre todo durante el embarazo, la infancia y la pubertad, etapas sensibles del desarrollo.

Tampoco debemos confiar ciegamente en palabras como “natural”, “verde” o “ecológico”. Una sustancia puede venir de una planta y aun así irritar la piel o provocar alergias. Natural describe un origen; no garantiza seguridad.

Otro error frecuente es confundir limpiar con desinfectar. Limpiar significa retirar polvo, grasa, suciedad y buena parte de los microorganismos mediante agua, jabón o detergente, un paño o cepillo y tallar. Desinfectar implica utilizar sustancias para destruir microorganismos.

En la mayoría de las tareas domésticas, agua, jabón y tallar son suficientes. Es una alternativa eficaz, económica y que reduce exposiciones innecesarias.

Los desinfectantes pueden ser necesarios cuando hay una persona enferma, contacto con sangre, vómito o heces, contaminación con alimentos crudos o algún riesgo infeccioso específico. No necesitan aplicarse diariamente sobre cada piso, juguete, mueble y superficie.

Hace años, durante un seminario en Harvard, el ponente mencionó una frase que se me quedó grabada: “La mejor vacuna es el patio y el jardín”.

El mensaje no era una invitación a abandonar la higiene ni a exponer a los niños a enfermedades. Era una forma de recordar que el sistema inmunitario también aprende mediante el contacto con la naturaleza y con la diversidad de microorganismos que nos rodean. Por lo tanto, querer cuidar a nuestros hijos no debería llevarnos a convertir la casa en una burbuja química que, paradójicamente, los haga más vulnerables a enfermedades y alergias.

El sistema inmunitario necesita educación, no esterilización.

Además, en México enfrentamos un grave problema de información. Las etiquetas pueden incluir letras diminutas, nombres científicos, denominaciones genéricas y advertencias difíciles de interpretar. Incluso sabiendo qué buscar, no siempre es posible reconocer rápidamente los riesgos ni comparar dos o más productos.

No debería ser necesario estudiar toxicología para saber qué estamos llevando a casa.

La preocupación aumenta con los productos a granel. No son necesariamente más peligrosos por ser baratos o rellenables, pero su bajo costo los hace atractivos para muchas familias y, cuando se venden sin fabricante, lote, concentración, ingredientes o instrucciones, la incertidumbre es mayor.

Los productos comerciales tampoco son automáticamente seguros. Tener una etiqueta no basta cuando su información resulta incomprensible.

Una propuesta, que se podría aplicar en México, es el uso de sellos sencillos y estandarizados, semejantes a los utilizados en los alimentos. Podrían indicar claramente si un producto de limpieza irrita las vías respiratorias, puede causar alergias, representa un riesgo por inhalación, requiere ventilación o contiene alguna sustancia reconocida por alterar el sistema hormonal e incluso si están prohibidos o restringidos para su uso durante el embarazo, lactancia y en la niñez o ante la presencia de personas con cierto tipo de enfermedades. La tarea no es fácil, pero sería una gran política pública y de protección ante los efectos adversos de este tipo de productos.

Estos sellos no solo advertirían sobre posibles daños. También permitirían comparar productos y elegir el de menor riesgo.

La autoridad debe, además, vigilar la venta a granel, impedir que estas sustancias se entreguen en botellas de agua o refresco y exigir información clara sobre composición, concentración, fabricante, lote e instrucciones de seguridad.

En casa podemos comenzar con medidas sencillas: utilicemos solo agua y jabón o detergente, tallemos y ventilemos los espacios. Conviene que evitemos el uso de aerosoles, aromatizantes y fragancias innecesarias, y reservar los desinfectantes para cuando realmente exista una razón.

No se trata de limpiar menos. Se trata de limpiar mejor y con mayor seguridad.

Una casa saludable no es la que acumula más botellas debajo del fregadero ni la que más huele a limón, pino o lavanda. Es aquella que puede mantenerse limpia sin comprometer la piel, los pulmones o el desarrollo y la salud de quienes más queremos.

Menos productos, menos olor, menos exposición: la misma limpieza, más salud.

Y tú, ¿limpias o contaminas tu casa?

Doctor en Toxicología por el CINVESTAV y Postdoctor en Salud Ambiental por la Universidad de Harvard

Consultor en Epidemiología Ambiental y Salud Pública.

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