En muchas ocasiones, a jóvenes y adultos mexicanos se nos ha hecho creer o asumimos que ciertos espacios no son para nosotros. Que las mejores universidades del mundo como Harvard están fuera de nuestro alcance. Que son para los genios, o que ser inteligente no basta, que también se debe ser rico. Y que, por lo tanto, soñar con aplicar es ingenuo. Que Harvard pertenece a otros.

Pero la pregunta de moda y que deberíamos hacernos es: ¿y si sí?

¿Y si sí hay mexicanos con talento para competir en las grandes ligas académicas del mundo? ¿Y si sí pueden ser admitidos? ¿Y si sí pueden regresar con mejores herramientas para servir a México? ¿Y si el problema no es la falta de capacidad, sino la falta de puentes?

Uno de esos puentes existe desde hace décadas y se llama Fundación México en Harvard.

La Fundación ha apoyado históricamente a más de 750 mexicanas y mexicanos para cursar estudios de posgrado en Harvard. Este año apoyará a 25 nuevos becarios y a 14 estudiantes que cursarán su segundo año. Detrás de esos números hay una idea poderosa: cuando México invierte en su talento, no solo transforma vidas individuales; también fortalece a sus instituciones, a sus empresas, a sus universidades, a sus políticas públicas y a su capacidad de imaginar un futuro, un mejor futuro.

Además, el apoyo de la Fundación está condicionado al regreso a México durante dos años. Ese punto es fundamental. En un país donde con frecuencia hablamos de “fuga de cerebros”, deberíamos hablar también de circulación de talento, de formación global con compromiso nacional, de mexicanas y mexicanos que salen para aprender más y vuelven para aportar mejor.

Los becarios de la Fundación no son definidos solo por su excelencia académica. Son profesionistas con trayectorias sobresalientes, logros laborales importantes y, sobre todo, una convicción común: poner su talento al servicio de México. Muchos provienen de campos vinculados con políticas públicas, derecho, negocios, salud pública, educación, medicina, diseño y otras áreas estratégicas.

Esa red de exalumnos de Harvard ya ha dado frutos visibles. Regina García Cuéllar, presidenta de la Fundación México en Harvard y primera mujer en dirigir la Asociación de Bancos de México, representa una generación de egresadas que han roto techos de cristal y que hoy abren camino desde posiciones de liderazgo. Alejandro Ramírez Magaña, CEO de Cinépolis, fue electo al Board of Overseers de Harvard, uno de los órganos de gobierno más importantes de la Universidad. Otro gran ejemplo es Ifigenia Martínez, primera mujer mexicana en obtener una maestría en Economía en Harvard, y que dejó una huella profunda en la vida académica, económica y pública del país.

También vale la pena reconocer a quienes tuvieron la generosidad, la visión de largo plazo y el compromiso con México para que otros pudieran tener esa misma oportunidad. Me refiero a Antonio Madero Bracho, Rodrigo Sánchez-Mejorada, René Solís Brun, Alfredo Elías Ayub, Felipe Ortiz-Monasterio y Enrique Téllez Kuenzler, quienes dieron origen a la Fundación México en Harvard. Esa visión sigue siendo vigente: México necesita más personas preparadas para enfrentar problemas complejos, desde la desigualdad y la salud pública hasta la educación, la justicia, la competitividad, la sostenibilidad y la construcción institucional.

No se trata de celebrar credenciales por sí mismas. Se trata de entender lo que esas trayectorias pueden significar para México cuando se conectan con propósito, responsabilidad y compromiso social.

Esa misma lógica ha inspirado también al Club Harvard de México, que mediante su premio anual reconoce trayectorias con impacto significativo en el desarrollo económico o social del país. En años recientes, ese reconocimiento ha permitido visibilizar liderazgos como los de Antonio Madero, Alejandro Ramírez, Gabriela Ramos y, en 2026, Julio Frenk, exdecano de la Harvard T.H. Chan School of Public Health. Más allá de los nombres, el mensaje es el mismo: la formación, el liderazgo y el compromiso social importan cuando se traducen en beneficio para México.

Porque Harvard, como cualquier gran universidad, no debería verse como un trofeo personal. Debería verse como una plataforma. Una plataforma para aprender, construir redes, ampliar horizontes y regresar con más herramientas para resolver problemas complejos.

Ahí la Fundación México en Harvard cumple una función estratégica. Le dice a una estudiante de Chiapas, a un joven de Chihuahua, a una profesionista de Veracruz, a un médico de la Ciudad de México o a una abogada de Jalisco: si eres admitida o admitido, no estás solo. Hay una comunidad mexicana que puede ayudarte a cruzar esa puerta.

Lo digo también desde mi propia historia. Yo pude estudiar en Harvard gracias a una beca de la Fundación México en Harvard. Sin ese apoyo, probablemente esa oportunidad no habría sido posible. Por eso sé que una beca puede ser la diferencia entre quedarse mirando una puerta desde lejos o tener la posibilidad real de cruzarla y que te cambie la vida para siempre.

Pero para que esa puerta se abra a más personas, la Fundación necesita dos cosas: que más estudiantes la conozcan y que más donantes la apoyen.

Por eso, esta columna también es una invitación concreta: si eres estudiante o profesionista mexicano con aspiraciones de posgrado, infórmate y atrévete a aplicar; si eres profesor, mentor o exalumno, ayuda a identificar y acompañar talento; y si tienes la posibilidad de donar, considera apoyar a la Fundación México en Harvard para que más mexicanas y mexicanos puedan llegar a donde su talento ya les permite aspirar.

A los jóvenes mexicanos les diría algo muy simple: atrévanse a aplicar. No se autodescarten antes de empezar. Busquen información, prepárense, pidan mentoría, aprendan inglés, fortalezcan su perfil y entiendan que aspirar a una universidad global no los aleja de México; puede acercarlos a servirle mejor.

Y a quienes pueden donar —en especial a quienes sabemos lo que una oportunidad de este tamaño puede significar— les diría algo sencillo: una beca no financia un privilegio; abre una puerta. Es una forma concreta de devolver algo de lo que un día recibimos y de decirle a otro mexicano: tú también puedes llegar. Apoyar a la Fundación México en Harvard es invertir en liderazgo mexicano. Es apostar por personas que pueden regresar al país con herramientas para construir instituciones más sólidas, empresas más innovadoras, políticas públicas más inteligentes y comunidades con más oportunidades.

México no tiene escasez de talento. Tiene escasez de puentes.

Por eso necesitamos contar más estas historias. No para idealizar Harvard, ni para pensar que el futuro del país depende de una sola universidad, sino para recordar que el talento mexicano puede competir en cualquier cancha si tiene oportunidad, acompañamiento y apoyo.

En tiempos mundialistas, quizá la mejor pregunta no es si México puede jugar en las grandes ligas.

La pregunta es: ¿qué estamos haciendo para que más mexicanas y mexicanos lleguen preparados a jugarlas?

Que el próximo talento mexicano no se quede fuera por falta de información, acompañamiento o apoyo financiero también depende de nosotros.

¿Y si sí México? ¿Y si sí Harvard?

Doctor en Toxicología por el CINVESTAV- y Postdoctor en Salud Ambiental por la Universidad de Harvard

Consultor en Epidemiología Ambiental y Salud Pública.

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