“¡Sálvale o condénale, / Porque ya su destino / Está en tus manos, abolido”. Es Luis Cernuda, poeta español, triste y peregrino. Caminante en México a principios de la segunda mitad del siglo XX, a donde lleva consigo sus murmullos trascendentes. Fue uno de los poetas más admirados por Octavio Paz, lo que no es poca cosa. Y me pregunto, a raíz de los versos citados, ¿quién no tiene su destino abolido cuando este se imagina en las manos adecuadamente criminales? Aplaudimos o veneramos a los políticos que se encargarán de abolir nuestro destino, como escribe Cernuda. Queremos o deseamos a nuestro verdugo, al que nos menosprecia y hace fiesta de nuestra caída. Cito en seguida una línea ordinaria y conocida, pero que viene a cuenta, atribuida a Larra: “Aquí yace media España, murió de la otra media”. En el país ibérico suelen citar esta sentencia, ya que todavía continúa teniendo peso y vigencia. Yo, que he envejecido varias veces en España, puedo dar testimonio de tal aseveración. Me he encontrado, sobre todo en tiempos de La Movida española (movimiento liberador de índole estética, espontáneo, heterogéneo y creativo), en Madrid, con ambas clases de personajes: los que mueren porque la otra mitad de sus contemporáneos españoles poseen todavía el temperamento criminal del fascismo y se hallan dispuestos a elevar la voz a la altura de sus rodillas. Llegué por primera vez, a Madrid, cuando se hallaba a punto de morir Enrique Tierno Galván, su alcalde, socialista, pensador y, sobre todo, impulsor de la cultura española. Incluso el río Manzanares lo recibió con amplios brazos de agua. Me consumí a fuego vivo en el movimiento cultural y emancipador de Madrid donde conocí a Paco Clavel, Manolo Campoamor (impulsor y solista de Kaka de Lux), Víctor Aparicio (Los coyotes), etc.… y recorrí todos los bares o antros que habían de dejar una huella en varias generaciones de artistas, sea en la sala Morocco, de Alaska, en Malasaña; o el Yasta (creo que estaba en la calle Valverde) de Pablo Carbonell, animador de Los toreros muertos. Y mucho más que ustedes no tienen por qué enterarse.

Diez o quince años después llegó un nuevo siglo y en Madrid se sufrió (yo como viajero efímero) a los alcaldes Ruiz-Gallardón y a Ana Botella DEL PP; tanto como a la presidenta de la comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, quien de tan extravagante y retórica parecía una actriz de Pedro Almodóvar. Como es debido y sucede aquí también, los artistas dieron la cara y su talento por esta ciudad, abrieron puertas a la vitalidad y a la espontaneidad nocturna. Hace unos días ha visitado México una mujer experta en el contrasentido, en la frase hueca y autoritaria, y en la desvergüenza analfabeta, Díaz Ayuso, presidenta de la comunidad madrileña. No hay mucho que decir, sino que la ausencia de memoria es la mayor herida de las sociedades actuales. Esta mujer podría bailar con algún palafrenero en la cena de una coronación. Yo, recuerdo, y lo he escrito aquí un par de veces, haber coincidido en varias asambleas del CEU (1987) con Claudia Sheinbaum, una de estas en la Facultad de Economía. Ella siguió el camino político profesional hasta ser presidenta; yo todavía debo la renta (ojalá fuera yo un congresista dueño de casas de 10 millones) y la publicación que fundamos en aquel entonces, 1988, se tiñó de color anarquista: una revista que se inclinó a sostener que los otros son en realidad otras personas (quid del pacto social), y a socavar el ruido o tiranía de cualquier autoridad atenta solo al cultivo de sus propios intereses. No puede compararse a ambas mujeres; la madrileña no aprendió nada de su propia ciudad. Hasta yo podría darle un curso.

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