He mencionado antes en este espacio al francés Henri de Saint Simon (1760-1825), precursor del socialismo y sobre todo considerado el fundador del positivismo. Creía en la Ilustración y el método científico a la par que expresaba firmemente que los hombres de industria podrían llevar al ser humano, con ayuda de la tecnología, a un inevitable progreso humano. Decir hoy que las personas de ciencia han hecho avanzar este mundo vía su saber ilustrado y técnico es verdad, pero tendríamos que limitar su bondad sólo a una porción del mundo y a un espacio limitado de intereses. En general la ética camina muy atrás de la tecnología y ello provoca que la ciencia parezca en ocasiones inhumana. He citado también aquí a la pensadora española Victoria Camps cuando escribió que vivimos en una época antifilosófica y cobarde. Tiene razón. Nadie quiere pensar e incluso se ha dado lugar a programas de inteligencia que simulan reflexionar y suplantar el misterio de la conciencia humana. Por otra parte la ética humanista ha sido quebrantada por la velocidad con que el aspecto técnico del mundo exhibe sus logros. Uno de los ejemplos más evidentes es el de la astrofísica y astronomía. A partir de teorías, ecuaciones, instrumentos de medición los científicos astrales inventan escenarios de certeza acerca del universo y nos sepultan con fantasías improbables dando pie a un espectáculo nacido del deseo de conocer el comportamiento y la realidad del Universo. Casi todos ellos repiten los lugares comunes aceptados —el Big-Bang, los Hoyos Negros e incluso la posibilidad de viajar dentro de un tiempo que no aciertan a definir porque han olvidado la complejidad de la filosofía y el concepto profundo. Quizás yo logre caminar quince kilómetros, pero me es imposible concebir física y sicológicamente que cosa es un “año luz”. Por otro lado, es evidente que su obsesión abusiva y un tanto infantil de querer encontrar vida en otros mundos resulta chocante. ¿Cuál es el sentido de tal necedad? Apenas si nuestros contemporáneos logran conversar, comunicarse entre ellos en pos de un bienestar general mientras, al contrario, continúan siendo tolerantes con los negocios y acciones de guerra. Quizás consecuencia de este comportamiento es su deseo de conocer a visitantes extraterrestres y así expandir su negocio. Dejan afuera el hecho flagrante de que sólo una entidad enloquecida querría conocer a la especie humana.

En 1927 el escritor estadunidense, John Dos Passos, autor de la novela Manhattan Transfer, pionera en el género de literatura urbana, estuvo en México y conoció al poeta estridentista —autor de La señorita etcétera— Manuel Maples Arce. Traduce su poema Urbe, al que nombra Metrópolis. Es este, Urbe, el primer libro de vanguardia de la literatura española, según lo escribió el crítico Luis Mario Schneider. En su poemario, Maples Arce desdeña el futuro y el pasado y afirma que sus poemas vivirán apenas solo seis horas. El grupo de escritores mexicanos que a principios del siglo XX se hizo nombrar estridentista, cada uno de ellos de distinta manera, veneró los avances mecánicos de la sociedad e imaginó una sociedad futurista y tecnológica.

Cada vez que me enfrento a una posición científica absurda aprecio más la ficción literaria y especialmente la novela. Dentro del universo de las letras me inclino por aquel género que incluye la reflexión humana. Milan Kundera escribió que integrar a las páginas de un libro el pensamiento y hacer de las reflexiones parte fundamental de la novela es uno de los atributos y de las innovaciones más ambiciosas que un novelista o artista moderno se haya atrevido a hacer.

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