“La dignidad de la inteligencia está en reconocer que es limitada y reconocer que el universo existe fuera de ella”, escribía Pessoa en La educación del estoico. Yo pienso de distinta manera porque creo que el universo es consecuencia de nuestra inteligencia y, por supuesto, de la angustia de nuestros sentidos. Cuando Thomas Bernhard expresó que a él la tuberculosis le había enseñado más que la salud no sugería otra cosa más que la enfermedad es vitalidad, aunque sea vida que languidece o intenta marcharse. Durante estos últimos tiempos en que la salud me ha jugado bromas pesadas, el universo se torna más agrio, los objetos pierden su volumen y las personas me parecen siluetas a las que su propio nombre desborda. Sin embargo, la dignidad de la inteligencia intenta mantener las estrellas en su lugar, ya que al fin y al cabo son su creación y dejaran de existir tras la muerte de quien las piensa. Aún en cama el teatro del mundo continúa, las ocurrencias desfilan desde la mente y el lenguaje les otorga vida. El artista y director de teatro, Juan José Gurrola, definió a su manera lo que significaba en el teatro y en general un epifenómeno. Al hacerlo también bosquejaba lo que comúnmente concebimos como iluminación u ocurrencia lúdica: “El epifenómeno es un sueño pensado, es el arma por medio de la cual el actor puede lograr salirse de sí, transustanciar esta realidad, hacer concordante esa realidad, desde las piernas de la señora sentada en primera fila o el entusiasmo cuando entra al escenario alguien, o se ilumina una escenografía, o el momento abso luto en que cae el telón.” “A mí me sirvió el epifenómeno porque a través de los años el estado de creación, o el estado de fuera de uno mismo, al emanar o inaugurar una nueva realidad a través del simulacro de la palabra, daba lugar a encontrarse en un espacio mental sin barreras”. Gurrola fue el centro de un círculo abierto y carente de perímetro. Gozó durante varias décadas de la franca admiración de sus contemporáneos, aunque también sufrió el rechazo de la burocracia, de los espectadores pacatos y de algunas personalidades del arte. Su agudeza y malicia causaban un rechazo absoluto o una admiración genuina e insospechada: te embelesaba o deseabas arrojarlo a un barranco.
La enfermedad se esfuerza en hacer real la vida porque la arruina y da lugar a la tragedia. La inteligencia bombardeada por los epifenómenos u ocurrencias creadoras transforma el teatro en el que el enfermo yace, se desespera e intenta volver a una realidad que sólo su inteligencia construye. Mi amigo, pensador y médico, Arnoldo Kraus, y de quien he sentido profundamente su partida, obtenía un profundo aprendizaje de la idea de morir. Sus libros son prueba de ello. Él, quien practicaba la medicina, sabía que la presencia del ocaso o la enfermedad nos pertrechaba de una vida cuya esencia era el movimiento de la inteligencia. La Inteligencia Artificial es un juego práctico comparado con la argucia humana del enfermo o melancólico, por ejemplo. Alguna vez le espeté a un amigo a quien no veía yo hacía tiempo: “Te ves lleno de vida”, a lo que me respondió con una ocurrencia: “Sí, tienes razón, me siento completamente enfermo”. Lo contrario también es un gesto inteligente, es decir, el enfermo que se siente lleno de vida; esto último no ha sido mi caso, pues yo no estoy acostumbrado o hecho para la enfermedad y el dolor, de manera que cuando me acontece un accidente la vida se reafirma ella misma, pero el mundo pierde para mí su habitual sentido y el universo se desvanece. Cada uno se enferma y aprende como puede. La muerte siempre llega y la tortura a la que nos somete la imaginación se convierte en teatro continuo que prepara su bienvenida: la fiesta y el regocijo antes que el paisaje de las botellas rotas y de los manteles sucios.

