Me hallaba, hace unas horas, dispuesto a escribir acerca del estadunidense George Saunders y su libro Lincoln en el Bardo, cuando me percaté de que se trataba de un mal libro y de un escritor mediocre; no me bastaron ni cincuenta páginas para llegar a esa conclusión ya que debido a mi experiencia sé, tan solo de percibir el aroma del vino, si este será o no de mi agrado. Uno tiene derecho, a veces es inevitable, a cambiar de opinión segundos antes de dar un juicio. No quiero decir que no lo haya reflexionado antes, sino que la cuerda floja es el único suelo firme que pisamos. Y de pronto: ¡la caída! Que el escritor citado haya obtenido algunos premios importantes hoy no impresiona a casi ningún buen lector; más allá de algunas excepciones, la mayoría de las distinciones otorgadas son consecuencia de las relaciones públicas, cabildeo, amistades, culta ignorancia, tramado académico, negocios y demás ardides. Guiarse por los premios literarios es una mala costumbre, aunque ayuda a mantenerse al tanto y a tener conversaciones de sobremesa. A sus setenta y nueve años el escritor británico, Julian Barnes, comenzó a leer La guerra y la paz (libro inspirado, por cierto, en la obra de Arthur Schopenhauer), pues en cuanto uno se acerca a la muerte es capaz de concebir grandes proyectos, acaso para intentar distraerse de ese macabro escollo al que nos conduce la edad. En mi caso solo requiero leer algunas páginas para arriesgar el magro tiempo de mis próximos años. Y, por supuesto podría volver a leer a Dostoievski o a Balzac (no lo consideraría tiempo perdido, y sí más bien tiempo reafirmado).

Hace un par de días le comentaba a una persona algo acerca de nuestro país. Pensando, claro, en la posibilidad de que México exista más allá de ser una arbitrariedad política que la historia ha conformado (Independencia, despojos imperialistas, Guerras de Reforma, Revolución del siglo XX, etc....). Le expresaba a esta persona que pese a su azarosa edificación México enfrentaba tres graves problemas en la actualidad. En primer lugar se encuentra el brutal e irresoluble número de mexicanos que existe (el cual no es sólo un problema demográfico propio de este país); en segundo lugar la sorprendente inequidad económica latente en todos los estados que conforman su federación y, finalmente: la incapacidad para la conversación. Esta última es despreciada por el ánimo guerrero que impide crear acuerdos para establecer la enorme y justa aldea que se requiere para habitar tranquilamente. Y cuando reparo en esta última observación me pregunto: ¿Por qué no aprendemos a conversar? El ejemplo más notorio es el de los partidos políticos, y ello sucede casi en todo el mundo: consumen su tiempo en llevar a cabo una batalla perpetua con el propósito de desacreditar al resto de los partidos políticos. Lo hacen porque carecen de ideologías inteligentes, contemporáneas y bien fundadas. De modo que prefieren la guerra florida y la descalificación, en vez de la charla política que los lleve a denunciar y tacar los males que atañen a su sociedad. Esto me lleva a pensar que la función del partido político como entidad de relación pública está llegando a su fin. Simplemente no logran avanzar en pos del bien, aunque siempre se hallan dispuestos a dar la nota pública. Quizás todavía —en este 2026—no lo alcancemos a descubrir; pero se acabó. Quizás les lleve cincuenta o menos años (ya no estaré) para deshacerse de estos palacios del deterioro, pero lo harán y hallaran nuevas formas de representación pública con miras al bienestar. ¿Una utopía la mía? Claro, lo parece porque las actuales formas políticas se practican tradicionalmente desde hace milenios. Sin embargo, quizás, algunos encuentren un as bajo la manga. Desde esta modesta columna se advierte esa posibilidad. Un país incapaz de conversar está destinado a la querella y al deterioro, en todos los aspectos.