Al conocerse los resultados de la prueba PISA, queda claro que en los últimos años nuestro país ha retrocedido en la calidad de la educación, específicamente en cuanto a matemáticas y lecturas, materias que reportan calificaciones muy por debajo del estándar internacional.

En un vistazo a las cifras, en las pruebas de matemáticas, México alcanzó 388 puntos, el nivel más bajo desde 2006, lo que quiere decir que siete de cada diez estudiantes no alcanzaron el nivel básico, cuando el promedio de la OCDE es de 463 puntos.

En lectura, nuestro país alcanzó 408 puntos, y solamente la mitad de los alumnos llegó al nivel básico, quedando 53 puntos por debajo de la media de la OCDE.

Adicionalmente, podemos decir que en ciencias, México registró 414 puntos, una calificación similar a las revisiones anteriores, pero este nivel está lejos del promedio de los países de la OCDE, que es de 482 puntos. Estos resultados no son solo fríos números. Constituyen una señal de alerta que no admite matices.

Hay un evidente problema en el sistema educativo nacional, pero lejos de atender la raíz del problema el gobierno federal prefiere seguir ajustando (a la baja) los calendarios escolares…

Hay 185 días efectivos de clases y es indispensable que sean aprovechados al máximo. En esa lógica, presenté una iniciativa en la Cámara de Diputados con la finalidad de fortalecer el uso del tiempo pedagógico y evitar que la escuela siga perdiendo su función central .

Propuse priorizar el aprendizaje, la evaluación formativa, la retroalimentación y el reforzamiento de contenidos, cerrando la puerta a que actividades administrativas sustituyan de manera sistemática el tiempo en el aula.

También, que ante ajustes extraordinarios por causas climáticas, sanitarias, de protección civil o de fuerza mayor, se implementen medidas compensatorias que garanticen la continuidad educativa. Esto es para evitar decisiones improvisadas, como recortar el calendario escolar sin considerar sus efectos en las familias.

Propuse fijarnos en un aspecto que a menudo es ignorado: el impacto de los ajustes escolares en los hogares, particularmente el papel de las mujeres. De acuerdo con el INEGI, las mujeres dedican en promedio 39.7 horas semanales al trabajo doméstico, de cuidados y voluntario no remunerado, frente a 18.2 horas de los hombres. Además, son las principales cuidadoras de más del 80% de niñas, niños y adolescentes.

Por ello, propuse facultar a las autoridades educativas para implementar programas de verano, graduales, gratuitos y voluntarios, que se desarrollen preferentemente en planteles públicos de educación básica. Estos espacios ofrecerían actividades culturales, deportivas, recreativas y de lectura, así como entornos seguros de convivencia comunitaria y, en su caso, alimentación saludable.

Y es que una política pública que solo recorta o mueve calendarios, sin construir apoyos durante el verano, traslada de manera desigual las cargas a los hogares, particularmente a las madres. No se trata de convertir a la escuela en una guardería, sino de reconocer su función social como espacio de aprendizaje y de comunidad.

Se trata, en resumen, de recuperar el sentido integral de la escuela. La ley ya establece que debe ser un centro de aprendizaje comunitario, seguro y libre de violencias. Hoy lo que falta es voluntad para hacerlo realidad y dejar de simular que más días en el calendario significan más aprendizaje.

Coordinadora Parlamentaria MC

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