Al pensar en espías o infiltrados podemos imaginarnos a hombres heroicos y reconocibles que trabajan para una selecta corporación de inteligencia; sin embargo, en la realidad, la labor no excluye a las mujeres, además de que está mayormente asociada a la marginalidad, al poder, a la pérdida de identidad y al olvido. En un esfuerzo por recuperar algunas de estas historias y visibilizarlas, la abogada e historiadora Marisol Ochoa Elizondo entrevistó a tres mexicanas informantes y compiló sus testimonios en su libro "Las clandestinas" (Ibero, 2024).
La autora explica que las nombra como clandestinas no sólo porque operen desde el secreto, sino porque para ella “ser clandestina implica no ser lo que se es y no dejarse ser, en cuanto que se es. Es ser invisibles para todos, operando en montajes e identidades alternas […] y reinventándose escenas siempre nuevas, pero que sólo desde la soledad, y desde el más profundo dolor, anhelan ser vistas, pero, sobre todo, reconocidas… no por otros sino por ellas mismas”.
El primer relato corresponde a la señora “A-30”, quien operó en los años 80 como espía del gobierno dentro de grupos socialistas y comunistas universitarios. La entrevistada comenta que el trabajo era muy complicado, ya que sacrificaba su vida personal, los sentimientos, los ideales, hasta las necesidades básicas por un sueldo que difícilmente conseguiría en otro lado. La duplicidad, el engaño y la soledad eran la rutina más conocida en este empleo: “Hay mucho dolor, traición y, a veces, odio y venganza. Este oficio es de muchas pasiones, pero uno no se sienta a pensar en esto”.
Desde otro frente se cuenta la historia de la “Toña-Fénix”, quien tuvo claro que la pobreza sólo se enfrentaba con valentía. Desde muy joven, la Toña incursionó en el crimen organizado repartiendo estupefacientes de forma esporádica. Con el tiempo fue escalando hasta ser una figura de poder en la “compañía”. Aquel trabajo le brindaba el dinero necesario para mantener a los suyos, además del respeto de la gente y un propósito; irónicamente, el estar dentro de este sistema la forzó a renunciar a su familia, al amor e incluso a la maternidad, ya que matarían a su hijo sólo por pensar en retirarse: “Una mujer como yo tiene que vivir del olvido”. A raíz de este último evento, sumado a ciertas convicciones, Toña se alejó del negocio y se volvió informante, sin ofrecer más detalles a la entrevistadora.
La última confesión es la de María “la Muda” López, cuya trayectoria se caracterizó por la crudeza, la pobreza y la injusticia. Debido a sus carencias económicas, su madre decidió enviarla de forma ilegal a Estados Unidos, sin embargo, María nunca llegó a su destino. Con casi 15 años fue abandonada por los coyotes en Veracruz y más tarde cayó en una red de prostitución. Luego de que un grupo anónimo la ayudara a escapar, buscó ayudar a otros y logró infiltrarse en las mismas redes de las que había sido víctima. Su misión la comprometió tanto que por ella perdió la lengua: “A veces pienso que estar roto no es un problema […] por momentos te mantiene a flote en la vida”.
Como menciona Marisol Ochoa, “'Las clandestinas' nace de esa necesidad de hacer visible lo que estaba invisibilizado […] en la necesidad de narrar y hacer la experiencia de la palabra que se volvió un imperativo”. Es un “esfuerzo narrativo [que] busca contar una historia, donde no existe espacio para la víctima, sino para el nombre propio que después de años de silencio se arriesga a vivir de otro modo y a pesar de todo”.
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