La música es un lazo impersonal entre la humanidad y el universo, un vínculo inmaterial. Tiene más fuerza que el beso, que la palabra, que el tacto. Lo que ya no somos capaces de contar con el cuerpo y el espíritu, terminamos contándolo con música. Estas ideas del pianista narrador en La hermana, novela de Sándor Márai, cobran forma mientras atestiguo, junto con mil y pico de personas más, cómo el Salón Diego de Xcaret Arte se convierte en selva y la música de Gabriela Ortíz despierta a los árboles milenarios, a los monos saraguatos, a las luciérnagas, a los jaguares, a los tucanes. A templos y pirámides, esculturas y tableros, y a los habitantes del Clásico maya y a los de hoy para celebrar un nuevo amanecer de la Reina Roja de Palenque.

Como el personaje de la novela, el público despega de la tierra y se sube a la alfombra mágica de la Orquesta Imposible, que creó y dirige Alondra de la Parra, para sumergirse a través de la música en el universo de la Reina Roja. Gabriela Ortíz le da énfasis sonoro a la intuición, a la vida de quienes hacen arqueología, a la pasión por el descubrimiento, a la sensación de la humedad en sus poros, a la emoción de quienes restauran un rostro de piedra preciosa y a la celebración colectiva del encuentro con una mujer que reinó junto con Pakal y se sacudió el cinabrio mil 300 años después, para contar su historia.

Su amanecer en la música comienza en la imaginación de Alondra de la Parra, directora artística del Festival Paax, cuando piensa en un concierto sinfónico. Comisiona la pieza a Gabriela Ortíz y le envía material noticioso sobre el hallazgo de 1994. La creadora de Revolución Diamantina recibe poco después el libro La Reina Roja y lo lee como la autora de esa crónica periodística deseó siempre que se leyera, con los cinco sentidos y un foco de luz en la experiencia humana. Es decir, en el proceso que inicia con una arqueóloga, Fanny López Jiménez, quien vislumbró entre la maleza la silueta de una puerta que finalmente condujo a sus colegas a un túnel para descubrir, junto con ella, el sarcófago de la Reina Roja. “Es mujer”, intuyó desde el principio.

Minutos antes del estreno mundial de La Reina Roja, el viernes pasado, Gabriela sube al escenario e invita al público a prepararse para ir a otro mundo: al de las sensaciones, las imágenes, los olores… Habla de las cinco secciones que componen su obra: “Luminiscencia en rojo”, el amanecer que anuncia el descubrimiento; “Geometría de selva y piedra”, cuando se expresan los monumentos, la vegetación y los frutos, los fractales; “Cinabrio”, donde el sonido de las percusiones cobra la fuerza ritual, como el rojo sangre y el rojo vida; “Rostro malaquita”, la tarea de la restauración de la máscara hecha música, y “Tz’akab’ Ajaw”, la celebración por el conocimiento del nombre y la identidad de la reina.

“Un viaje musical nacido de la fascinación por aquello que permanece oculto y de la perseverancia de quienes dedican su vida a revelarlo”, se lee en el programa de mano. Lo reitera Gabriela cuando dice que con la música va hacia el interior de sí misma “para descubrirme y desarrollar un lenguaje propio”. Alondra desde el escenario parece confirmarlo: “La música es el grado más alto de toda experiencia sensible”, como diría Márai. Porque todo el tiempo, y sobre todo al final, ella parece dirigir una explosión cósmica que dará a luz un nuevo amanecer.

El público desciende de la alfombra mágica en comunión con la música y con mujeres que, desde el arte y la imaginación, comparten ese nuevo amanecer de la Reina Roja. O un despertar que, en realidad, está sucediendo todo el tiempo.

adriana.neneka@gmail.com

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