Es mediodía en Los Ángeles y una familia mexicana comienza a preparar comida para compartir con sus vecinos la celebración del Cinco de Mayo; al mismo tiempo es de noche en Madrid y una estudiante de intercambio explica a sus compañeros lo que significa el Día de Muertos en México; ahora son las 6 de la tarde en Buenos Aires y una comunidad mexicana organiza un asado para el festejo del Día de las Madres. Escenas pequeñas, aparentemente sencillas, cotidianas, pero que dictan una cátedra de diplomacia y presencia de nuestro pueblo, a través de acciones de armonía y amistad con otros pueblos del mundo.

Todos los grupos humanos que buscan adaptarse en otro territorio, dentro o fuera de su país, llegan con su cultura, valores y tradiciones, y buscan integrarse en su nuevo hábitat. Esa relación milenaria está muy arraigada entre nosotros y tenemos múltiples muestras de amistad en nuestro hacer y hablar cotidianos, como el ampliamente difundido “Mi casa es tu casa”.

En México la historia de los grandes centros ceremoniales mesoamericanos es una muestra de fusión de culturas y convivencia de la diversidad de grupos humanos colaborando y fluyendo desde épocas precolombinas, una región de salidas, llegadas y encuentros entre naciones. En el último siglo, millones de mexicanas y mexicanos partieron de nuestro país en busca de trabajo, estudio, seguridad, desarrollo o reencuentro familiar en otros territorios. También ha recibido a personas de distintas regiones del mundo, exiliados por las guerras o migrantes por necesidad, que nos han aportado en las artes, las ciencias y la técnica, familias de trabajadores, empresarios y estudiantes encontraron aquí un espacio para reconstruir su vida. Esta doble experiencia ha configurado, a fuerza de presencia, una manera mexicana de estar en el mundo, abierta al intercambio, cuidadosa de su identidad y sensible al valor de la hospitalidad.

Pero esa manera de ser ya traspasó fronteras y en Estados Unidos tenemos el ejemplo más visible, por la magnitud de nuestra comunidad (alrededor de 40 millones de personas de origen mexicano), y por la intensidad histórica de nuestra relación con el país vecino. Allí, lo mexicano se distingue desde hace décadas en la vida cotidiana de ciudades enteras. Está en Los Ángeles, Chicago, Houston, Nueva York, Phoenix, San Diego y muchas otras comunidades donde nuestra presencia se expresa en el trabajo, la cultura, la economía, la gastronomía, la música, las celebraciones y las redes familiares.

En Europa, América Latina y otras regiones del mundo, también se han construido vínculos semejantes de solidaridad, intercambio y cercanía. Por eso conviene mirar y sobre todo aprender con atención a partir de estas lecciones que da el pueblo de México, dentro y fuera de nuestro territorio.

Por supuesto, en ese marco es importante reconocer que la política exterior del Estado cumple una función indispensable, ya que no puede estar disociada de lo que hacemos como sociedad, pues nuestros gobiernos al negociar acuerdos con otras naciones deben preservar la confianza ganada por décadas entre los pueblos. Los servidores públicos a cargo de embajadas, consulados y cancillerías administran coyunturas pero mantienen una visión estratégica que nos da identidad y la difundimos en el mundo. Somos profundamente respetuosos de la soberanía e independencia de cada nación, así como promotores permanentes de la paz y la solidaridad entre los pueblos.

En días recientes, algunas expresiones públicas provenientes del exterior y de algunos sectores de la élite mexicana, pretendieron usar la relación entre países como un terreno para mostrar sus agravios y desconfianza. Lo cual no tendría que ser un asunto grave sino la prueba de que no todos compartimos las mismas ideas y eso enriquece la vida democrática. Pero vale la pena mencionarlo, porque son visiones que hablan de México desde el prejuicio, desde una idea de superioridad que desconoce la historia compartida entre nuestras sociedades y sólo lo perciben desde sus privilegios.

Es entonces cuando conviene distinguir esas voces, en tiempos de discursos de odio, fronteras endurecidas y presiones internacionales, para no caer en la trampa de que representan gobiernos, mayorías o pueblos enteros.

Si la conciencia colectiva global avanzó en la pandemia del Covid al reconocer que la única manera de enfrentar la vulnerabilidad humana es la colaboración, en ese mismo proceso se han reconocido y ampliado los derechos sociales, económicos, culturales y ambientales. La inclusión de todos los actores y sectores en los que se reconocen los grupos sociales es cada vez más universal.

Por eso, la experiencia cotidiana refresca para todas y todos, lecciones de política y humanismo. Si nuestras comunidades han sabido convivir desde la hospitalidad, el trabajo, el respeto y la solidaridad, resulta legítimo esperar el mismo trato hacia nuestro país, nuestra gente, nuestra historia y nuestra cultura. Frente a quienes miran el mundo desde arriba, conviene recordarles que la historia la hacen los pueblos y que la amistad exige respeto mutuo. Finalmente, la cooperación solo se fortalece cuando ninguna parte pretende colocarse por encima de la otra.

Académico

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