Fue un 5 de abril de 1992 cuando el entonces presidente de Perú, Alberto Fujimori, violando la Constitución de su país, anunció en cadena nacional la disolución del Congreso y la suspensión del poder Judicial, poniendo a los tribunales, incluido el Tribunal Constitucional, bajo su control. Fujimori había sido electo con el voto de una derecha que pedía orden frente al caos y soluciones a la hiperinflación.
Treinta y cuatro años después de aquel autogolpe, América Latina parece volver a teñirse de azul. Colombia, Perú, Chile, Bolivia, Honduras: en apenas un año la región se ha reconfigurado políticamente. La prensa internacional habla de un péndulo que regresa, un giro hacia la derecha. La lectura, si bien es cómoda, es también binaria y engañosa. Lo fue cuando se dijo que la región se había "pintado de rosa" y se metió en el mismo saco a Lula, Maduro, Evo Morales y Boric. Y eso mismo ocurre ahora, donde se pretende comparar a Kast, Rodrigo Paz, Bukele o De la Espriella.
La lectura binaria no es útil para entender lo que ocurre en la región ni mucho menos en cada país. Tanto en Colombia como en Perú, la diferencia entre el primero y el segundo lugar es una clara muestra de la polarización que caracteriza a nuestras sociedades hoy en día. Los tiempos en los que se ganaba por porcentajes de dígitos enteros, ya no digamos dos dígitos, parecen haber quedado en el olvido. De la justicia social al orden y la mano dura. Este cambio trae añadidos ideológicos que aparentan ser positivos para algunos y negativos para otros.
Y es que poner a todos los gobiernos en un mismo saco con la etiqueta "derecha" es un error. Hay, al menos, dos tipos de derecha, y la distancia entre ellas importa más que la que las separa de la izquierda. Hay una derecha democrática, que gana en las urnas, que acepta la competencia electoral y las reglas democráticas, que escucha y negocia con la oposición y con quienes no les votaron, que respeta los contrapesos institucionales y acepta la crítica y la prensa independiente. Y está la otra, la derecha antisistema-prima hermana de la izquierda del mismo apellido-, que llega a través del voto pero, una vez dentro, desgasta al árbitro, debilita las instituciones -el legislativo, los jueces, los contrapesos, los periodistas- hasta que la cancha deja de ser pareja para todos. La primera derecha es democrática, y a la segunda muchos la conocen como iliberal; yo prefiero decirle abiertamente autoritaria.
En Colombia, Abelardo de la Espriella ganó en la segunda vuelta por un margen muy pequeño, con una campaña estridente y un discurso antisistema, muy radical y polarizante. Inspirado en Bukele, prometió "mano de hierro" y megacárceles, fumigar cultivos de coca, perseguir financieramente al narco y terminar las negociaciones de paz. Tiene además un expediente documentado con más de cien demandas por injuria y calumnia usadas como hostigamiento a periodistas. Esto lo acerca a figuras de esa derecha iliberal, claramente autoritaria. De la Espriella, como el ex Primer Ministro de Hungría, Viktor Orbán o Recep Tayyip Erdogan, presidente de Turquía, se encontraría en la derecha abiertamente autoritaria.
Kast, presidente de Chile, en cambio, carga un historial incómodo, pues ha relativizado la dictadura y parte de su base electoral se exhibe pinochetista. Sin embargo, a más de cien días de haber tomado posesión, se ha movido dentro de las reglas y negocia con la oposición. Es, podríamos decir, un caso gris, aún por determinar si es un iliberal como muchos sospechan o un demócrata como algunos esperan. Luis Abinader hizo lo contrario con el poder. Al haber obtenido una mayoría arrolladora en el Congreso dominicano, impulsó una reforma que blindó el límite a la reelección y se cerró a sí mismo la puerta de 2028. Una derecha más cercana a la izquierda democrática que a la derecha iliberal.
En Perú, Keiko Fujimori está a las puertas del poder que su padre tomó por asalto aquella noche de 1992. Ella ha competido cuatro veces y ha perdido tres dentro de las reglas. Sin embargo, su promesa de "orden" y mano dura cambia la ecuación y la posiciona como una candidata mucho más iliberal que democrática.
Y ese es el punto: saber que la región se inclina a la derecha no nos dice lo único que importa, si la derecha -o en su caso, la izquierda- que llega es la que alterna o la que destruye. No toda esta nueva derecha es Fujimori, ni todas merecen la misma alarma. Menos aún merecen ser puestas como iguales. Las tendencias autocráticas, bien lo sabe América Latina, no distinguen colores -Chávez, Fujimori, Daniel Ortega y otros más, sirven de ejemplo.
Treinta y cuatro años después de aquella cadena nacional, América Latina vuelve a pedir orden; está por verse cuánto entregará a cambio la derecha. Lo preocupante, más allá de la ideología política de quienes ganan, son sus convicciones democráticas. Ni Colombia ni Perú tienen hoy un buen pronóstico.
X: @solange_
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