Escribo esta columna un día después de que México jugó su último partido en este Mundial. La escribo con los sentimientos a flor de piel, agradecida por lo que Javier Aguirre y Rafa Márquez llevaron a la cancha, pero especialmente agradecida por lo que esta selección hizo fuera de ella.

Nos recordó la gran nación que somos.

Durante semanas nos puso, casi a todos, del mismo lado de la historia. Nos recordó por qué amamos este país, por qué nos emocionan sus colores, por qué cantamos su himno con el pecho inflado y por qué, pese a todo, seguimos sintiendo un profundo orgullo de ser mexicanos.

Hoy muchos despertamos con el corazón un poco roto. No solamente por el resultado. También por la sensación de que se termina algo que hacía mucho no vivíamos: millones de personas sonriendo al mismo tiempo.

En un país acostumbrado a despertar con noticias de desapariciones, feminicidios, violencia, corrupción, reclutamiento criminal, abuso infantil y desigualdad, durante algunas semanas la conversación fue otra. Las plazas se llenaron, los fanfests se abarrotaron, los desconocidos se abrazaron, las familias se reunieron y México volvió a verse a sí mismo desde la alegría. Y justamente ahí nace la reflexión que me acompaña hoy.

¿Qué pasaría si lográramos trasladar una parte de esa unión, de ese nacionalismo y de ese amor por México a los problemas que tanto nos necesitan unidos para ser resueltos?

¿Qué pasaría si la energía que vimos en las calles la convirtiéramos en fuerza para acompañar a las madres buscadoras que llevan años intentando encontrar a sus hijos?

¿Qué pasaría si el orgullo que sentimos por la camiseta nacional se transformara en una defensa inquebrantable de nuestras niñas y niños frente a quienes los violentan, los explotan o los reclutan?

¿Qué pasaría si la capacidad de organización que demostramos durante este Mundial se convirtiera en una red de apoyo para las víctimas, para quienes buscan justicia, para quienes han sido olvidados por las instituciones?

¿Qué pasaría si ese amor por México nos llevara a alzar la voz por las personas inocentes que hoy permanecen privadas de su libertad, por las mujeres asesinadas, por las familias desplazadas, por los jóvenes que siguen encontrando más oportunidades en la violencia que en la comunidad?

Porque el Mundial no cambió a México.

Las desapariciones siguieron ahí. La violencia siguió ahí. La desigualdad siguió ahí. Lo que cambió fue nuestra capacidad de vernos.

Durante unas semanas recordamos algo que a veces olvidamos entre tanta tragedia: que también somos un país capaz de construir comunidad, de generar esperanza, de cuidar al otro, de celebrar juntos y de sentirnos parte de algo más grande que nosotros mismos.

Y quizá esa sea la lección más importante que nos deja este Mundial. Que la reconstrucción del tejido social no tiene que nacer únicamente de la indignación. También puede nacer de la alegría.

Durante años hemos intentado movilizarnos desde el enojo. Y el enojo es necesario. El enojo denuncia, exige y confronta. Pero cuando se vuelve permanente también desgasta, divide y agota.

La alegría, en cambio, genera pertenencia. Y nadie cuida aquello a lo que no siente que pertenece. Tal vez por eso lo que vimos estas semanas es mucho más importante de lo que parece. Porque nos recordó que debajo de la polarización, de las diferencias políticas, de las brechas económicas y de las heridas que arrastramos, sigue existiendo algo que nos une: nuestro amor por México.

Presidenta de Reinserta

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