Visión de los vencidos, de Miguel León-Portilla, es uno de esos libros que ayudan a entender mejor el presente. Sus páginas no retratan un pueblo resignado ante la derrota, sino mujeres y hombres que intentan comprender el derrumbe de su mundo mientras se aferran a aquello que les da identidad.
León-Portilla recuperó las voces indígenas para demostrar que la historia no pertenece únicamente a los vencedores; que la conquista fue una tragedia, pero también el inicio de una larga historia de resistencia que terminó por convertirse en uno de los rasgos más profundos de México.
Esa resistencia consistió tanto en combatir como en permanecer. Es una herencia que ha perdurado durante siglos. Quizá por eso, cuando México enfrenta presiones externas, suele reaccionar desde una convicción histórica muy arraigada, la de decidir su propio destino.
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Vale la pena recordar esa tradición en un momento particularmente complejo para América Latina. Durante la última década, buena parte de la región ha experimentado un desplazamiento político hacia posiciones de ultraderecha.
Los gobiernos progresistas fueron sustituidos por gestiones que prometieron eficiencia económica, libertad, orden institucional y modernización, pero que terminaron recuperando viejas fórmulas de concentración de riqueza y debilitamiento de las políticas sociales.
En mi libro El péndulo político: el ascenso contemporáneo de las ultraderechas y las reacciones hacia la izquierda en Europa y América, próximo a publicarse, abordo precisamente este fenómeno, ya que la ultraderecha latinoamericana rara vez se presenta como heredera del neoliberalismo de la década de 1990, pues aprendió a utilizar un lenguaje atractivo para amplios sectores sociales. Sin embargo, detrás de esa narrativa suelen reaparecer las mismas prioridades de siempre, como la reducción del papel del Estado, la transferencia de recursos públicos a intereses privados y el debilitamiento de los mecanismos de protección social.
Por ello, el caso mexicano contrasta con la tendencia regional. Mientras varios países modifican el rumbo de sus políticas públicas, el nuestro decidió profundizar una transformación iniciada hace casi ocho años. La llegada de la presidenta Claudia Sheinbaum no significó ruptura, sino continuidad, bajo nuevas condiciones nacionales e internacionales.
La diferencia se observa en la manera de entender el papel del Gobierno. Mientras otros países colocan al mercado como principal organizador de la vida social, en México se mantiene la convicción de que el Estado tiene la responsabilidad de garantizar derechos, reducir desigualdades y promover oportunidades para las personas más vulnerables.
La resistencia mexicana también se expresa fuera de nuestras fronteras. La relación con Estados Unidos sigue siendo indispensable, pero también compleja. Migración, seguridad, comercio, inversión y cooperación tecnológica forman parte de una agenda permanente de negociación.
A ello se sumó la enorme exposición internacional derivada de la organización compartida de la Copa Mundial de Futbol de 2026, un evento que inevitablemente incrementa la presión política y económica sobre los países anfitriones.
Sin embargo, México ha mostrado una política exterior nunca vista durante el periodo neoliberal, basada en la disposición a dialogar sin renunciar a su soberanía. Se coopera, pero no se obedece automáticamente; se negocia, pero desde la defensa de los intereses nacionales.
Por eso, nuestro país aparece hoy como una anomalía dentro del mapa político latinoamericano. En medio del avance de proyectos de ultraderecha, nuestro país mantiene una ruta propia, sustentada en la ampliación de derechos sociales, inversión pública estratégica y recuperación de las capacidades estatales debilitadas durante más de tres décadas.
Pero la resistencia tiene costo: campañas negras en redes sociales, injurias, desinformación constante. Los sectores conservadores buscan reinstalar la idea de que cualquier alternativa al viejo modelo está condenada al fracaso. Sin embargo, la discusión pública termina chocando con hechos concretos que millones de mexicanas y mexicanos experimentan en su día a día.
La disputa de fondo también es cultural. Por un lado, se promueve una visión centrada en el individuo como única medida del éxito; por el otro, una idea de comunidad en la que el bienestar colectivo se sobrepone.
América Latina ha vivido suficientes ciclos políticos para saber que ningún giro es permanente. El péndulo seguirá moviéndose. Lo verdaderamente relevante es qué tan fuertes son las convicciones de cada sociedad cuando llegan los momentos de presión.
México parece haber encontrado una respuesta en su propia historia. La resistencia no nació con un gobierno ni con una coyuntura electoral. Viene de más atrás, habita en esa memoria larga que permitió sobrevivir a los vencidos, preservar una identidad propia y construir una nación capaz de dialogar con el mundo sin perder su voz.
En tiempos en que el péndulo se inclina hacia la derecha en buena parte de América Latina, nuestra nación decidió mantenerse de pie sobre su propio camino. Por eso, la palabra resistencia recobra sentido, pero no como sinónimo de inmovilidad, sino como la determinación colectiva de defender un proyecto nacional frente a las presiones externas y los desafíos del presente.
Coordinador de los diputados de Morena
ricardomonreala@yahoo.com.mx
X: @RicardoMonrealA
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