Pero, como dijo Cervantes, siempre queda el

recurso desesperado de hacer más inteligible el

dibujo de un gato poniéndole un letrero que

diga: este es un gato.

Gabriel Zaid

“No hay receta posible”, advierte Gabriel Zaid en la primera página de Leer poesía. “Cada lector es un mundo, cada lectura diferente”. Sostiene asimismo que “la estadística, el psicoanálisis, la historia, la sociología, el estructuralismo, la glosa, la exégesis, la documentación, el estudio de fuentes, de variantes, de influencias, el humor, el marxismo, la teología, la lingüística, la descripción, la traducción, todo puede servir para enriquecer la lectura. Un poema se deja leer de muchos modos (aunque no de cualquier modo: el texto configura el ‘mundo’ de lecturas que admite). Cada método especial da ojos para esto o aquello que pone de relieve. Pero una vez que el método se convierte en receta, en vez de enriquecer la lectura, la reduce a ejercicio estadístico, sociológico, etc.”

Gabriel Zaid es un provocador sutil. Con inteligencia y sentido del humor naturales dilucida con aparente simplicidad algo de lo que suele sospecharse complejo hasta hacer creer que se trata de obviedades, “con temor”, según lo confesó con ironía en otro de los textos de Leer poesía: “hace falta valor civil para ocuparse de cuestiones obvias”; se detiene en ellas, en lo que también se conoce como ‘perogrulladas’ para poner en evidencia, entre otras cosas, que no resultan tan obvias. Como Chesterton subvierte lúdicamente los sobreentendidos para descubrir asombros elementales ocultos en ellas.

Creador de “El ensayo más breve del mundo: No hay ensayo más breve que un aforismo”, su curiosidad imaginativa lo ha inducido a ensayar asimismo con la antología, deparando algunas peculiares como Omnibus de poesía mexicana, en la que convergen formas diversas de poesía, la Asamblea de poetas jóvenes de México, editada en 1980, que importa más que un muestrario, o la reveladora antología de un poeta católico: Manuel Ponce. En 2022, publicó, como el tomo seis de sus obras completas editadas por El Colegio Nacional, Poemas traducidos. Puede inferirse que se trata de versiones de poemas, a veces procedentes de traducciones del inglés, francés, portugués “o con la ayuda de versiones precedentes al español de Basia Batorska, Mariana Frenk y José Molina Ayala”. Puede creerse que comporta la reunión de versiones varias concebida por un poeta, que no dudó en nombrar Cuestionario al conjunto de sus “poemas 1951-1976” editado por el Fondo de Cultura Económica en 1976, en el que advertía que no se incluían traducciones, en las que quizá los suspicaces puedan hallar algo del rastro de ese poeta o acaso que los poetas que traduce adquieren algo de las formas de ese poeta. Puede, sin embargo, leerse simplemente como la antología de un lector inventivo, que sabe que eso que llaman “literatura” se conforma esencialmente de lectores. En ella puede descubrirse a poetas como János Pilinszky y Jan Zych y revelaciones simples de Voltaire, Shakespeare, Nerval. Sus versiones de poesía indígena del norte de México pueden convertirse en un atisbo de esos pueblos, que, como los apaches, los tarahumaras, los yaquis, los kikapús, parecen míticos, o, como los kiliwos, de los que han corrido consejas dramáticas, según las cuales, el medio centenar de kiliwos que sobreviven en Baja California, “habían decidido suicidarse. Que habían decidido no tener hijos. Que decidieron no enseñarles kiliwa”, o los kumiai o los cucapás, cuyos cantos y poemas preservan más que su lengua, que no prescinde de la creación:

En el principio

existieron dos seres

que brotaron

de la profundidad de la tierra.

Uno hizo la luz

y creó a los hombres

el otro era un destructor

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