En la obra de Eurípides, la figura de Medea se convierte en símbolo de la voluntad femenina para trastocar las reglas de un mundo dominado por los hombres. Esa irrupción, que sacudió a la Atenas clásica, tiene hoy su reflejo en otro escenario: el de la política internacional, donde una mujer mexicana se presenta como protagonista de su época.
La doctora Claudia Sheinbaum Pardo, la primera presidenta en la historia de México, viajó a Barcelona para participar en la IV Cumbre en Defensa de la Democracia, junto con otros líderes y mandatarios progresistas del mundo, y su sola presencia tiene un peso que trasciende el protocolo.
Igual que Medea, rompe con la tradición de un espacio dominado por voces masculinas y se instala en el centro del debate, para construir un relato distinto: el de la democracia como acto de inclusión, de equidad y de justicia social.
Además de representar al pueblo de México, también encarnó la posibilidad de que las mujeres, desde el poder, redefinan el rumbo de las democracias en un mundo cada vez más amenazado por la ultraderecha.
Desde que se dio a conocer la noticia, generó expectativa: ¿cómo sería recibida?, ¿qué diría en un momento en que el péndulo político global parece inclinarse hacia la derecha? No era un viaje cualquiera, era la primera visita oficial de la primera mujer presidenta de México a Europa, y además a España, territorio de encuentros y desencuentros históricos.
Por eso su llegada tuvo un aire simbólico, sobre todo por lo que representaba México en ese foro: una nación que, desde 2018, decidió apostar por una ruta de transformación con justicia social. De ahí que la recepción haya sido muy cálida por parte de la comunidad mexicana avecindada en la ciudad anfitriona.
En la cumbre había interés genuino por escuchar su intervención. “Vengo a nombre de un pueblo trabajador, creativo y luchador, pero sobre todo profundamente generoso”, dijo desde el principio. Y ese fue el tono de su mensaje. Habló como representante de una historia larga, compleja y viva. Reivindicó el origen profundo del pueblo de México, sus raíces indígenas, su memoria que —como ella misma expresó— “no se conquista”.
Hubo un momento particularmente potente: cuando enlazó la historia nacional con el legado de Leona Vicario, Josefa Ortiz, José María Morelos y Benito Juárez, que dio pie a las grandes transformaciones. Así, en un contexto marcado por guerras, tensiones comerciales y pulsiones de autoritarismo, su discurso fue una verdadera toma de postura.
Además, no se quedó en la mera evocación, sino que entró de lleno al debate. Cuestionó la idea de libertad que promueve el conservadurismo global, la que desregula mercados pero olvida a las personas más pobres. Lo señaló sin rodeos: la democracia no puede existir sin justicia social, sin soberanía, sin dignidad. No es la democracia de las élites, insistió, sino la de los pueblos.
Ese fue uno de los ejes centrales de su participación, redefinir la democracia como una forma de vida —y no como un procedimiento electoral— que garantice acceso a derechos, que distribuya riqueza, que procure bienestar. En tiempos en que la ultraderecha ha sabido capitalizar el enojo social, México llevó a la mesa una narrativa distinta, la de esperanza con contenido.
Su propuesta de destinar el 10 por ciento del gasto mundial en armamento a un programa global de reforestación tampoco pasó desapercibida. “En vez de sembrar guerra, sembremos paz”, planteó. Y en esa frase se condensó buena parte del espíritu de su intervención.
Pero su viaje también tuvo una capa más profunda, la de la relación con España. En todo momento, fiel a su estilo, la presidenta Sheinbaum eligió un tono sereno e inteligente, de reconocimiento mutuo, pero con memoria. No habló de deuda, habló de una conversación histórica pendiente, una que no busca dividir, sino entender para avanzar. El matiz fue clave: firmeza sin estridencia.
En el tablero geopolítico, este encuentro fue crucial. Mientras crecen los liderazgos de ultraderecha en el planeta, México apareció con una propuesta distinta, la de cooperación, multilateralismo y justicia social como base de la estabilidad democrática.
Lo que se vio en esta cumbre fue una señal clara de que México no está dispuesto a replegarse, sino a participar, a proponer, a irrumpir. Y lo hace, además, encabezado por una presidenta. Eso, en sí mismo, ya es un potente mensaje político.
La cumbre fue el escenario, sí, pero también la oportunidad perfecta para proyectar a México como un actor que incide en el mundo. La imagen es clara, una jefa de Estado que habla con templanza, pero con convicción; que entiende su momento histórico y decide asumirlo. Y, en estos momentos convulsos, esa voz —la de México, la de una mujer, la de una historia que no olvida pero tampoco se detiene— resulta, más que oportuna, necesaria.
Coordinador de los diputados de Morena
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