En sus Meditaciones, Marco Aurelio dejó constancia de una filosofía de vida que lo acompañó en los momentos más difíciles de su mandato. No gobernó durante tiempos apacibles, enfrentó guerras, epidemias y tensiones internas.
Su legado se mide más en la templanza con la que sostuvo a Roma cuando todo parecía tambalearse que en victorias militares. “Sé como el promontorio contra el cual las olas rompen continuamente, pero él se mantiene firme y aquieta la furia del agua a su alrededor”, escribió.
En esta imagen describe a quien resiste sin estridencias, a quien no cede ante el ruido ni ante la presión externa. Esa idea de firmeza, lejos de la rigidez, implica equilibrio, actuar con justicia, sin precipitación, sin dejarse arrastrar por la emoción del momento ni por la conveniencia política.
Por eso, ahora, en un escenario nacional marcado por acusaciones y presiones externas cada vez más explícitas, la figura de la presidenta Claudia Sheinbaum evoca esa templanza desde una postura concreta, que es la defensa de la soberanía nacional y la exigencia de que prevalezca el Estado de derecho.
Durante los últimos días, la opinión pública se ha visto sacudida por una investigación de The New York Times que recoge testimonios de presuntos integrantes de una organización criminal, quienes describen la supuesta existencia de redes de protección política, policial e incluso militar en el estado de Sinaloa. A ello se suma la decisión de dos exfuncionarios de dicha entidad de presentarse ante las autoridades estadounidenses para enfrentar acusaciones en su contra.
Este hecho abre varias interrogantes sobre la jurisdicción, los procesos y la cooperación internacional. Y si bien es necesario deslindar responsabilidades individuales, también se debe evitar que la justicia sea sustituida por la alharaca mediática, porque cuando las acusaciones no son acompañadas por pruebas públicas y verificables, se corre el riesgo de que la sospecha se convierta en sentencia y que la política quede subordinada a intereses que no necesariamente responden al bienestar nacional.
Ante este escenario, la postura de la presidenta Sheinbaum es clara y consistente. Ha reiterado que México es un país soberano, con instituciones que deben ser respetadas y fortalecidas. Subrayó, además, que ninguna persona puede ser detenida o señalada sin pruebas suficientes, sin importar su filiación política o su posición pública.
Recordemos que la historia reciente de América Latina está marcada por episodios en los que el combate al narcotráfico se utilizó como pretexto para intervenciones externas, para la imposición de agendas ajenas e incluso para la desestabilización de gobiernos legítimos. En ese sentido, los intereses del país vecino del norte han mostrado, en más de una ocasión, una lógica que rebasa la cooperación y se acerca peligrosamente al injerencismo y al colonialismo, y el contexto actual refuerza esa lectura.
A ello se suman los hechos recientemente ocurridos en Chihuahua, donde la presencia encubierta de agentes extranjeros, operando al margen de los canales institucionales, dejó al descubierto una dinámica que vulnera la confianza y la soberanía.
No se trata de negar la gravedad del problema. Se trata, más bien, de establecer límites claros. La lucha conjunta no puede convertirse en un vehículo para imponer etiquetas, como la de “narcoterrorismo”.
El narcotráfico, en efecto, ha sido históricamente utilizado por Estados Unidos como un argumento recurrente en su relación con la región. Por ello, es pertinente recuperar lo señalado en un interesante editorial del diario La Jornada, publicado el fin de semana, en el cual se advierte que la narrativa que equipara al narcotráfico con el terrorismo no es fortuita, sino que responde a una lógica histórica a partir de la cual se han justificado distintas formas de injerencia y presencia militar.
Hay voces que reclaman revisar de fondo la cooperación bilateral, y tienen razón en cierta medida, porque ninguna relación puede sostenerse cuando una de las partes actúa desde la desconfianza, la amenaza o el intento de imponer su narrativa por encima de los hechos.
Es fácil advertir que, en medio de todo esto, se omite deliberadamente el avance que ha tenido México en el combate a la delincuencia y en la construcción de la paz, y que se minimiza el hecho de que el actual gobierno optó por una estrategia distinta, que atiende las causas. Algunas de esas voces tampoco reconocen el esfuerzo emprendido para enfrentar un problema estructural heredado durante décadas. Un esfuerzo que, con mayores resultados, contrasta con la inercia, la simulación y el abandono que caracterizaron a los gobiernos neoliberales.
La presidenta ha optado por la firmeza y por la claridad, en lugar de la estridencia y la confrontación gratuita. Cooperación sí, pero con respeto; justicia sí, pero con pruebas; diálogo sí, pero sin subordinación. Y en esa definición se encuentra hoy la verdadera fortaleza del Estado mexicano.
Coordinador de los diputados de Morena
X: @RicardoMonrealA

