Durante décadas vivimos bajo una promesa. Estudiar, conseguir un empleo estable, comprar una casa y aspirar a una jubilación tranquila parecía suficiente para vivir mejor. Sobre ese acuerdo se construyeron nuestros sistemas laborales y de seguridad social. Hoy, la IA comienza a modificar esas reglas.
El debate suele reducirse a si una máquina podrá reemplazar nuestro empleo, cuando la pregunta relevante es quién tendrá las capacidades para ocupar los trabajos que están emergiendo y quién quedará fuera del nuevo sistema productivo.
El Fondo Monetario Internacional estima que cerca del 40% del empleo mundial está expuesto a la IA, mientras que el Foro Económico Mundial proyecta que, hacia 2030, desaparecerán 92 millones de puestos, pero surgirán 170 millones nuevos. Ambos advierten que los empleos del futuro exigirán pensamiento crítico, alfabetización digital, aprendizaje continuo y capacidad para colaborar con sistemas inteligentes.
Es justamente ahí donde México y buena parte de América Latina enfrentarán su mayor reto. La desigualdad educativa, la informalidad, la escasa capacitación y una infraestructura digital insuficiente frenan esta transición. Según la OCDE, alrededor del 19% de los trabajadores mexicanos está expuesto a la IA generativa, cifra que también refleja una economía menos digitalizada.
La amenaza no es únicamente el desempleo, sino la desigualdad entre quienes desarrollen estas capacidades y quienes se queden al margen. Si la región no acelera su adaptación, la brecha tecnológica terminará convirtiéndose en una brecha salarial y de desarrollo.
Chile, Brasil y Uruguay impulsan estrategias nacionales, mientras Singapur, China e India integran talento digital a su competitividad. La IA dejó de ser una agenda tecnológica para convertirse en política de Estado, y su carrera ya no se disputa solo entre empresas, sino entre países capaces de formar talento y transformar conocimiento en bienestar.
Sin embargo, la IA no es el fin, sino el medio. Antes lo fueron la calculadora, la computadora, internet y la comunicación satelital, y dado que esta revolución tecnológica e industrial es más compleja, eso no la hace imposible de aprender, gestionar o regular. Por supuesto que la tecnología nos ayuda a procesar la información y a automatizar tareas, pero no posee criterio moral ni responsabilidad política que sí tienen los seres humanos.
Comprender el contexto, cuestionar sus resultados y decidir para qué utilizarla sigue siendo una tarea humana, puesto que no todo escenario es negativo. La automatización puede reducir tareas repetitivas, elevar la productividad y fortalecer los cuidados, liberando nuestro tiempo para la creatividad, el criterio y la empatía. El riesgo surge cuando se usa para pagar menos, precarizar el empleo o concentrar sus beneficios.
México necesita una estrategia que articule educación, política industrial, innovación, infraestructura digital y protección laboral. El nuevo contrato social ya comenzó a reescribirse y América Latina debe decidir si contribuirá a definirlo o volverá a adaptarse, demasiado tarde, a reglas diseñadas por otros.
Por Andrea Navarro De la Rosa, internacionalista y mercadóloga digital. Es asociada del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales y secretaria del Programa de Jóvenes COMEXI.
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