Una vez más, Irán ha cerrado el Estrecho de Ormuz y Estados Unidos ha reinstalado el bloqueo sobre los puertos iraníes. Como recordatorio, antes de esto, Teherán y Washington habían firmado un Memorándum de Entendimiento que establecía un cese al fuego temporal de 60 días, la liberación completa del Estrecho de Ormuz, la suspensión de las sanciones sobre las exportaciones petroleras iraníes y la apertura de un proceso de negociación sobre los temas más complejos, incluido el proyecto nuclear iraní. Sin embargo, lejos de avanzar en esas negociaciones, todo terminó estancándose, en principio, por el tema de Ormuz, el paso por el que, antes de esta guerra, transitaba cerca de una quinta parte del petróleo y el gas que se comercializa en el mundo. Pero, en el fondo, lo que esto refleja es, sobre todo, la necesidad del sector más duro en Irán de impedir cualquier proceso de negociación que fortalezca a las corrientes más pragmáticas del régimen. Algunas notas sobre las implicaciones de estos hechos:
1. Partimos de la base de que el Memorándum de Entendimiento era ya bastante favorable para Irán. De hecho, los sectores más duros en Estados Unidos e Israel lanzaron fuertes críticas por las concesiones que se le estaban otorgando a Teherán. Entre otras cosas, además de levantar el bloqueo sobre sus puertos para permitir nuevamente sus exportaciones petroleras, el acuerdo iniciaba un alivio de las sanciones y abría la puerta al descongelamiento de activos iraníes, lo que habría significado el comienzo de un flujo de recursos que hoy Irán —con una economía colapsada y buena parte de su infraestructura destruida— necesita desesperadamente. Resulta difícil entender por qué hacer fracasar el cese al fuego si no se considera la disputa interna en Teherán y las motivaciones del sector más radical para endurecer aún más su postura y bloquear cualquier avance negociador.
2. El siguiente elemento de contexto es el funeral del Ayatola Alí Khamenei, sobre el que escribí un texto completo hace unos días. El evento fue utilizado para proyectar cohesión interna y fortaleza externa al recibir delegaciones incluso de varios de los países del Golfo a los que Irán había atacado (y que, por cierto, sigue atacando ahora mismo), además de Rusia, China y muchos otros. Esto cobra todavía mayor relevancia si se considera que la muerte del Ayatola no fue por causas naturales, sino como resultado de la operación mediante la cual Washington e Israel lo eliminaron.
3. Pero, además de fortalecer la autopercepción de poder del régimen, ese evento exhibió una feroz disputa por el control del país y la necesidad de las Guardias Revolucionarias Islámicas de enviar un mensaje de fuerza frente a las líneas más pragmáticas y negociadoras. Varias de las figuras más prominentes que han participado en las negociaciones con Washington fueron abucheadas públicamente y más de una de ellas, incluido el propio presidente Pezeshkian, estuvo en riesgo por intentos de agresión por parte de las multitudes que acudieron al funeral.
4. Ese es el contexto bajo el que necesitamos comprender la lógica que mueve a las líneas más duras en Teherán, aquellas que hoy tienen el control material del país. Hay que considerar, además, que el nuevo líder supremo, Mojtaba Khamenei, lleva apenas unas semanas en el cargo; ni siquiera ha aparecido públicamente y resulta difícil pensar que en tan poco tiempo haya consolidado su poder. Estamos hablando, en otras palabras, de un poderoso sector de las Guardias Revolucionarias Islámicas y del Supremo Consejo de Seguridad Nacional.
5. Desde su visión, la guerra iniciada en febrero es absolutamente existencial para el régimen. Se trata de un sector que simplemente ha dejado de confiar —si acaso alguna vez lo hizo— en cualquier proceso de negociación. Después de que Trump abandonó el pacto nuclear firmado por Obama, y de que Washington ha atacado a Irán en dos ocasiones mientras se desarrollaban negociaciones diplomáticas, este sector está plenamente convencido de que Estados Unidos y/o Israel reanudarán eventualmente sus ataques contra Irán.
6. Bajo esa lógica, el flujo de efectivo y el alivio de las sanciones serían apenas un placebo que incluso podría terminar orillando al régimen al colapso si, además de esos recursos, no logra preservar su capacidad de disuasión y, con ello, garantizar su propia supervivencia. Esa capacidad disuasiva incluye, desde su perspectiva, algún grado de supervivencia de su proyecto nuclear; la suficiente flexibilidad para mantener con vida y en expansión sus programas de misiles y drones; y la posibilidad de seguir financiando y armando a sus milicias aliadas, como Hezbollah. Pero además de todo ello, hoy, como consecuencia de la guerra, ese sector está definiendo el control sobre el Estrecho de Ormuz como uno de los pilares de toda su capacidad de disuasión.
7. El pacto de cese al fuego firmado con Estados Unidos establece, en términos vagos, que durante su vigencia, 60 días, la navegación por el Estrecho de Ormuz será completamente libre. Pero, para la línea dura en Teherán, todavía no existe acuerdo alguno sobre el estatus final que tendrá ese paso y, desde su lógica, resulta indispensable comenzar a establecer desde ahora las condiciones que le permitan ejercer plena soberanía sobre este crítico cuello de botella geopolítico.
8. Parte de esas condiciones consiste en asegurar que los buques que transitan por el Estrecho de Ormuz se coordinen con las Guardias Revolucionarias y sigan las indicaciones y las rutas que éstas han designado para esa navegación.
9. A lo largo de los últimos días, Washington se ha opuesto a que ello ocurra en los términos planteados por las Guardias Revolucionarias y ha conseguido el respaldo de la mayoría de sus socios del Golfo para defender la libre navegación por el estrecho.
10. Esas son las condiciones bajo las cuales las Guardias Revolucionarias han decidido lanzar proyectiles, ya en varias ocasiones, contra embarcaciones que no seguían sus indicaciones o las rutas establecidas. Washington ha respondido lanzando ataques contra Irán en cada uno de esos incidentes. Irán, a su vez, ha respondido a las represalias estadounidenses, y ello nos ha colocado en la espiral ascendente en la que nos encontramos ahora mismo.
11. Esta situación devuelve a Trump al dilema del que pensaba haber salido hace unas semanas. Si no responde con firmeza y no reafirma su capacidad de disuasión y de negociación, proyectará aún más debilidad y falta de determinación que la que ya había proyectado al firmar un Memorándum de Entendimiento tan favorable para Irán. Pero si permite que todo vuelva a escalar, colocará nuevamente a la economía global en una situación muy compleja, con los correspondientes efectos financieros e inflacionarios sobre su propia economía y con un mayor rechazo de su población a esta guerra, justo en un año electoral.
12. Su salida, por tanto, parece ser regresar a una situación similar a la que prevalecía antes del pacto: sin reanudar plenamente las hostilidades, pero sí reinstalando el bloqueo sobre los puertos iraníes para importaciones y exportaciones, buscando con ello recrear la presión suficiente para que el sector más pragmático en Teherán consiga flexibilizar las posturas iraníes y se reanuden las negociaciones de fondo.
13. El problema es que ambas partes podrían estar cometiendo errores de cálculo difíciles de prever, capaces de arrastrar la situación hacia escaladas mucho mayores. Si ello ocurre, Irán —que ya tiene una economía colapsada y ha sufrido daños gigantescos en su infraestructura— tendría que pagar un costo todavía más alto e incluso podría perder parte de lo mucho que ya había ganado con el Memorándum de Entendimiento. Del otro lado, una situación como la que describo podría terminar escapando del control de Trump, quien finalmente se vería obligado a explicar a una sociedad ya fuertemente opuesta a la guerra por qué precisamente él—el crítico de las guerras ajenas, lejanas y costosas—está teniendo que prolongar indefinidamente una operación cuyos costos recaen justamente sobre esa misma población.
Seguiremos atentos.
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