No se puede tapar el futbol con un dedo, pero sí con miles de ellos. Con manos, pies, clavículas, fémures, costillas y otros huesos que han encontrado las madres buscadoras bajo la tierra, nuestra tierra.

¿Por qué aprovechan la vitrina del Mundial?, se preguntan algunos. ¿Por qué no dejan vivir la fiesta en paz? Las buscadoras han recorrido todos los caminos. Los reales y los institucionales. Sus quejas y peticiones, empapadas de dolor, han llegado a la ONU y a la OEA. Ha sido una forma para que los países del mundo y de nuestra América conozcan la gravedad del problema, volteen a ver a México y contribuyan a una salida pronta del horror.

Tanto la ONU como la OEA han intervenido a través del Comité de Desapariciones y de la Comisión interamericana de Derechos Humanos. La respuesta del Estado ha sido la misma: el Estado mexicano no desaparece personas. Se ha colocado en el centro lo que distintos gobiernos han permitido más por inacción que por acción. La aquiescencia se llama. Las madres gritan: “No, no son hechos aislados, son crímenes de Estado”. Seguido de “México campeón en desaparición”.

Los organismos internacionales reúnen a los países del mundo, pero también el futbol y este escaparate es idóneo para seguir poniendo con reflectores mundiales el dedo sobre la cancha. Porque la solución sí está en la cancha de autoridades estatales y federales que tendrían que estar asumiendo no sólo la gravedad del pasado sino los hechos de hoy. Días antes del Mundial, desapareció la periodista Roxana Guzmán en Veracruz, sin que hasta ahora se conozca su paradero. Su madre es ahora una buscadora más. ¿Cuántas se sumarán durante el Mundial?

Horas antes de que empezara la fiesta, encontraron en Mazatlán el cuerpo sin vida de la futbolista América Isabel de 19 años. La crisis de desapariciones y feminicidios sigue aquí.

El slogan del Mundial dice “El balón vuelve a casa”. ¿Nuestros hijos cuándo?, agregan las buscadoras que muestran los rostros y los nombres de quienes no están, de quienes hacen falta y que podrían llenar un y medio Estadio Azteca. Ahí estarían los más pobres, los que buscaban trabajo, los que fueron enganchados, los que cayeron en las poderosas garras del crimen organizado.

¿Por qué no los cuidaron? Vuela en palabras la culpa hacia las madres, no hacia los padres generalmente ausentes, no hacia el Estado que no ha creado para los jóvenes condiciones para una mejor vida presentándoles opciones en el arte, en el deporte, en el empleo y en el entretenimiento.

Las madres gritan frente a la muralla humana de granaderos; les ponen el muro de contención frente a lo que ellas no pueden contener: sus gritos, sus lágrimas. Así, la impotencia, la súplica y la dignidad se topan con un rostro que tras el casco se conmueve, pero se mantiene rígido porque fue entrenado para ver, pero no para oír ni para sentir.

Cerca de donde sí tienen entrada los privilegios, las clases, la exclusión y el negocio, las buscadoras se preguntan: “¿Dónde están? ¿Dónde están? Nuestros hijos ¿Dónde están?” ¿Y si la policía hubiese hecho su tarea? ¿Y si las fiscalías hubieran actuado pronto? ¿Y si las palas no tuvieran que ser continuidad de sus brazos? ¿Y si sobre la marcha no hubieran tenido que aprender a identificar el olor de la muerte?

No los queremos en pedazos, dicen, con el corazón hecho pedazos. La alegría del Mundial les pide tregua en su dolor y exigencias, pero ¿es posible?

Catedrática de la UNAM @leticia_bonifaz

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