Ninguna tecnología es neutral; en sus condiciones más profundas esconde, por lo menos, la historia de una propuesta. Langdon Winner, en su célebre texto Do Artifacts Have Politics?, advertía hace décadas que las tecnologías son formas de construir orden en el mundo: sus diseños condicionan cómo trabajamos, nos comunicamos, nos desplazamos y organizamos nuestras relaciones. El ejemplo más claro son los algoritmos que hoy influyen en pequeñas, medianas y grandes decisiones o, qué decir de los LLM, que se han convertido no sólo en tecnologías para buscar, escribir o resolver problemas, sino también en interlocutores a los que se les pregunta qué hacer, cómo responder, qué pensar e incluso cómo sentir. Si toda tecnología contiene una propuesta acerca de cómo ordenar el mundo, quizá los LLM contengan algo todavía más profundo: una propuesta (homogeneizada) acerca de cómo habitar, hablar, escribir, pensar. Un estudio reciente publicado en Nature Human Behaviour, de Sourati et al, 2026, basado en más de 880 mil textos, encontró que el uso de LLM como asistentes de escritura reduce significativamente la diversidad lingüística: cuando estos sistemas reescriben textos humanos conservan, en buena medida, su contenido, pero homogeneizan los estilos y reducen entre 21 % y 50 % la variabilidad en su complejidad lingüística. Además, tienden a reforzar patrones asociados con características dominantes y a debilitar otros marcadores individuales o singulares; a esto se le ha (hemos) denominado LLMmorfización.

Bien, la primera hipótesis es que la IA es un producto económico y los datos contrastan esta afirmación. OpenAI ingresó alrededor de 13.070 millones de dólares en 2025, pero registró una pérdida operativa de 20.920 millones. Las empresas Microsoft, Meta y Amazon invierten cantidades estratosféricas en IA (no sólo en infraestructura, sino también en modelos, centros de datos, chips, talento, integración de productos y adquisición de capacidad computacional), sin que exista todavía un retorno claramente proporcional a esos desembolsos ni indicadores estables que permitan anticipar cuándo lo habrá. La magnitud de estas pérdidas vuelve insuficiente una lectura puramente económica de la IA. Estas empresas han construido escalas de dinero sin precedentes y no se trata sólo de que el sector tolere temporalmente números rojos: cuesta explicar por qué empresas (voraces) y fondos (voraces) están dispuestos a sostener durante muchos años inversiones de esta escala sin una rentabilidad equivalente a la vista. Más que confirmar que la IA es simplemente un producto económico, estas cifras obligan a preguntar qué otra expectativa (política, estratégica o incluso civilizatoria) está siendo financiada junto con ella.

Las empresas, que deberían hacer algo para vender su producto, lo que hacen es publicar manifiestos morales. Sam Altman difundió en 2025 un texto llamado Three Observations y dice:

“La AGI es simplemente otra herramienta en ese andamiaje cada vez más alto del progreso humano que estamos construyendo juntos. En otro sentido, es el comienzo de algo ante lo cual resulta difícil no decir: ‘esta vez es diferente’.”

Sin pensarlo bajo lógicas conspirativas, paranoicas o simplistas, estas compañías y quienes las dirigen parecen estar atravesados por, al menos, dos tradiciones o racionalidades: 1) una racionalidad tecnocientífica, que entiende el progreso como ampliación de capacidades mediante la ciencia y la técnica; y 2) una racionalidad pragmatista, centrada en la experimentación, la resolución de problemas y la evaluación de las ideas por sus consecuencias prácticas. Una racionalidad (o modo de ordenar, alinear) tecnocientífica, para la cual los grandes problemas humanos pueden ser reformulados como problemas técnicamente abordables y en la construcción de herramientas descansan las posibilidades históricas de resolverlos, y un pragmatismo absoluto que favorece una cultura de prueba, iteración y despliegue continuo: primero se construye, se pone en circulación, se observan sus efectos y después se corrige. Por eso, hoy más que nunca, se necesita el contrapeso de las humanidades y del barroco estilo de las ciencias sociales.

La IA parece un proyecto moral porque no busca resolver todos los problemas (eso sería imposible), sino que descansa sobre una determinada idea de qué problemas merecen ser resueltos, qué capacidades conviene ampliar y qué tipo de futuro resulta deseable. En ese sentido, su dimensión moral aparece en la propia selección de los fines hacia los que se orienta su desarrollo, pero esos fines no se nos han comunicado con claridad. Cuando se asume que una mayor capacidad de cálculo, predicción, automatización o asistencia constituye por sí misma una forma de progreso (aun cuando sus riesgos han sido ampliamente documentados), ya se está proponiendo, aunque sea implícitamente, una determinada imagen de la buena sociedad y de la vida humana que vale la pena construir.

La cuestión es algo más básica: hacer explícito el proyecto de “futuro” que hoy permanece disperso entre decisiones empresariales, modelos técnicos y promesas de progreso. Si la IA está empezando a intervenir en cómo escribimos, decidimos, aprendemos y nos relacionamos, entonces discutir su desarrollo no puede quedar únicamente en manos de quienes la construyen sin rumbo (no tener rumbo también es un proyecto). Necesitamos discutir, de manera pública y plural, qué capacidades queremos ampliar, cuáles queremos preservar y qué formas de vida estamos dispuestos a construir con estas tecnologías. Porque quizá el problema no sea que la IA tenga un proyecto moral borroso, sino que ese proyecto avance sin nosotros y, sobre todo, sin nuestras diferencias, nuestras contradicciones y nuestras múltiples formas de imaginarnos.

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