Hace apenas un año, alguien del equipo de El brutalista reconoció en una entrevista lo que el estudio había preferido dejar sin aclarar: para pulir el acento húngaro de Adrien Brody habían recurrido a una herramienta de inteligencia artificial. La confesión bastó para frenar en seco una campaña que hasta entonces caminaba directo hacia el Óscar, y para que la sola palabra “IA” empezara a sonar, durante meses, como una acusación dentro de la industria. Y quien conoce los estudios asegura, con la tranquilidad de quien ya no espera sorprender a nadie, que prácticamente ninguna de las películas nominadas a mejor filme llegó sin pasar, en algún tramo del proceso, por un algoritmo.

En público, Hollywood sigue jurando defender la creatividad humana; en privado, los números cuentan otra cosa. El sindicato que agrupa a los directores estadounidenses reporta una caída de entre el 35 y el 40 por ciento en el empleo de sus miembros en apenas un par de años, mientras el gasto total del público en entretenimiento se mantiene casi igual. Uno de los grandes estudios históricos negocia en estos meses su absorción por un rival del streaming. Otro, el más protegido de todos los imperios de personajes infantiles, firmó un acuerdo de mil millones de dólares para que sus figuras alimenten videos generados por inteligencia artificial. Y quien preside hoy ese sindicato de directores, el mismo cineasta que meses atrás definió públicamente la inteligencia artificial como un caballo de Troya transparente, uno donde todos saben que hay soldados adentro, dedica buena parte de su tiempo, lejos de las cámaras, a negociar las cláusulas de consentimiento y divulgación que decidirán cuánto de esa misma tecnología entrará en los rodajes de los próximos años.

La imagen del caballo troyano circula, se cita, convierte a un cineasta en la conciencia moral de toda una industria; funciona, en ese sentido, casi demasiado bien. Pero una advertencia tan visible también puede operar como certificado de vigilancia más que como vigilancia efectiva: mientras el rostro más prestigioso del cine siga repitiendo en cada entrevista que el público, sobre todo el más joven, rechaza en bloque estas herramientas, resulta más cómodo para el resto de la industria seguir usándolas puertas adentro sin que nadie exija cuentas puertas afuera. Ese rechazo generacional, por lo demás, tampoco es tan nítido como conviene creer: una encuesta reciente del Pew Research Center en veinticinco países encontró que los adultos jóvenes se declaran, en promedio, más entusiasmados con la inteligencia artificial que sus mayores. En casi todas partes, el sentimiento dominante resulta ser la ambivalencia, más cercana a la duda constante que al veto categórico.

Quizá el verdadero termómetro de hacia dónde va el cine no esté en las declaraciones que se citan la noche de cada estreno, sino en las salas sin cámaras donde abogados de sindicato y ejecutivos de estudio negocian, cláusula por cláusula, qué cuenta como divulgación obligatoria y qué puede seguir callándose sin castigo. La pregunta que queda flotando tiene menos que ver con si esta industria sabrá reconocer el peligro cuando lo tenga enfrente, y más con si, reconociéndolo en voz alta, alguien está dispuesto también a pagar después el costo de nombrarlo sin micrófono ni reflectores de por medio.

herles@escueladeescritoresdemexico.com

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