Hay lugares que fracasan por falta de oportunidades. Tulum ha demostrado que también se puede fracasar por exceso de ellas.

Hace apenas unos años, aquel pequeño rincón del Caribe mexicano dejó de ser un secreto para convertirse en una obsesión global. Artistas, empresarios, diseñadores, inversionistas, chefs, DJs y viajeros de todos los continentes encontraron en sus playas algo que el dinero rara vez puede comprar: autenticidad. Tulum no era solamente un destino turístico; era una marca cultural.

Era, como muchos afirmaban; el Saint-Tropez mexicano. Un lugar donde el lujo convivía con la selva, donde la espiritualidad se mezclaba con la gastronomía y donde la música electrónica encontró una de sus capitales más vibrantes en el hemisferio.

Pocas ciudades mexicanas habían logrado posicionar el nombre de México en el imaginario internacional con tanta fuerza sin depender de campañas gubernamentales. Lo hizo gracias a la potencia de la zona y a una comunidad creativa que entendió antes que nadie que el turismo del siglo XXI ya no busca únicamente hoteles; busca experiencias, identidad y significado.

Y entonces ocurrió lo que tantas veces ocurre en nuestro país: confundimos crecimiento con desarrollo. Llegó un aeropuerto internacional, una estación del Tren Maya, llegaron miles de millones de pesos en inversión inmobiliaria, desarrollos verticales donde antes había selva, parques de diversiones, anuncios espectaculares y promesas de prosperidad infinita.

Pero nunca llegó la estrategia urbana y turística.

Las grandes obras o los grandes eventos, por sí solos, no crean destinos exitosos. Los conectan, los visibilizan, los facilitan. Pero no sustituyen una eficaz planeación urbana, la seguridad, la movilidad, la protección ambiental, ni la construcción de una visión y una cultura compartida.

Ya sabemos lo que pasó, los precios dejaron de ser competitivos para convertirse, en muchos casos, en abusivos. Comer se volvió un lujo, dormir un privilegio. Tomar un taxi para recorrer unos cuantos kilómetros podía costar más que recorrer ciudades enteras en otros países. Durante demasiado tiempo, muchos hoteleros, comerciantes y transportistas parecieron asumir que el turista extranjero siempre estaría dispuesto a pagar cualquier cantidad.

La historia demuestra que ningún destino turístico sobrevive cuando confunde exclusividad con abuso. A ello se sumó un problema mucho más profundo y peligroso: la expansión del crimen organizado. Cuando la violencia comienza a infiltrarse en un paraíso, deja de ser únicamente un problema de seguridad para convertirse en un problema económico. La inversión se detiene, el turismo duda, el talento creativo emigra. Los eventos internacionales buscan nuevos escenarios, el prestigio, que tarda décadas en construirse, puede desaparecer en apenas unos meses.

Y lo más preocupante no es el deterioro actual, sino la aparente ausencia de una estrategia integral para revertirlo. Porque rescatar Tulum no significa organizar más festivales ni lanzar campañas publicitarias. Significa recuperar el equilibrio entre crecimiento y sustentabilidad. Significa imponer orden al desarrollo inmobiliario, garantizar seguridad, recuperar espacios públicos, transparentar la regulación del transporte. Frenar las prácticas abusivas que deterioran la experiencia del visitante. Y, sobre todo, volver a entender qué fue lo que enamoró al mundo de ese rincón del Caribe.

México no puede darse el lujo de perder uno de los pocos destinos que logró convertirse en una referencia cultural global. Tulum era mucho más que playas color turquesa, era un símbolo. La demostración de que México podía competir no sólo por su belleza natural, sino por su capacidad de crear tendencias, atraer talento y convertirse en un epicentro turístico y cultural.

Los países inteligentes entienden que los destinos turísticos son activos estratégicos. No representan únicamente ingresos; representan reputación internacional, inversión, influencia y poder blando.

Las pirámides atraen visitantes, los ecosistemas enamoran. Pero son las ciudades las que construyen prestigio y sustentabilidad en el largo plazo. Todavía estamos a tiempo de rescatar Tulum.

Lo que quizá no podamos recuperar tan fácilmente —si seguimos en este letargo— es la confianza del mundo y la posibilidad de permitirnos que el paraíso más prometedor de México, termine convertido en el monumento más fehaciente de nuestra incapacidad para gestionar el éxito.

Director de GobernArte

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