Esa agresión que los franceses conocieron como la “guerra de México” o “la expedición de México” (hoy los déspotas dicen “operación”), conserva hasta la fecha una dimensión poco racional a la hora de dilucidar su “¿por qué?” y su “¿cómo?”. Los soldados franceses tenían una versión humorística de las causas de la operación militar especial: “Érase una vez un presidente de la república mexicana llamado Zuloaga, que era un viejo cornudo. Su joven y guapa mujer se enamoró de un hermoso muchacho llamado Miramón; consiguió que su marido lo hiciera general y luego obligó a su marido a abdicar a favor de su amante. Pero un malvado, llamado Juárez, pretendió que a él le tocaba la presidencia y corrió al joven y apuesto Miramón. Entonces Miramón le firmó a un banquero suizo llamado Jecker una letra reconociendo el préstamo de muchos millones de los cuales recibió muy pocos; sin embargo, le sirvieron para hacer la guerra a Juárez, pero no para vencer. Juárez lo derrotó y por lo mismo arruinó a Jecker. Pero el emperador Napoleón tenía un hermano, el duque de Morny, muy bueno para la pachanga, que necesitaba siempre dinero; el tal duque compró a Jecker su vale por unos centavos y llevó a su hermano Napoleón a hacerle la guerra a Juárez para obligarle a pagar el préstamo conseguido por el rebelde Miramón para destruir al legítimo gobierno de su país. Y nosotros, ¿qué venimos a hacer en esta galera?”
No invento. Esa versión fue recogida por un joven teniente que coleccionaba “pequeños budas” en Oaxaca, Charles Zédé, futuro general divisionario. No está nada mal, si bien no toma en cuenta “el gran pensamiento del reino”, ponerle un alto a la rápida expansión de los Estados Unidos, tomando como base de operaciones a México. Napoleón III soñaba con una buena acogida por parte de todos los mexicanos, “raza latina”, hermana de la francesa, que no olvidaba que los yanquis le habían robado primero Tejas, luego la mitad de su inmenso territorio. Dueño de México, mejor dicho, en acuerdo con México, el emperador soñaba con apoyar a los Estados rebeldes del Sur, otra “raza latina”, contra los anglosajones del Norte. “El gran sueño del reino”. Washington captó en seguida la amenaza y tan pronto hubo acabado con los confederados, invocando la doctrina Monroe, exigió la pronta retirada de los franceses. Así fue, Napoleón III despertó de su sueño, tomó la amenaza muy en serio y anunció inmediatamente al mariscal Bazaine la necesidad de poner fin a la intervención y de preparar la retirada. Como le exigió un total secreto sobre ese cambio de planes, el mariscal, casado a una joven mexicana, fue acusado de llevar un doble juego y de traicionar al emperador Maximiliano, hermano del emperador austriaco Francisco-José. No fue el caso.
Eso sí, el sueño imperial terminó en una retirada anticipada y acelerada, en el abandono de Maximiliano cuando aquél optó por quedarse, en la pérdida del prestigio conseguido en Crimea, Italia, China, Líbano, en el aislamiento de Francia en Europa. Tres años después de la muerte de Maximiliano en el Cerro de las Campanas, la derrota de Sedán selló el destino del Segundo Imperio y la doble unificación de Italia y Alemania. Después de la derrota de Francia, el zar Alejandro II explicó al embajador de Francia, que su colega austriaco Francisco-José, a pesar de su deseo de vengarse de la derrota que Prusia le había administrado en 1866, no podía aliarse con un Napoleón III que tenía sus manos rojas de la sangre de su hermano Maximiliano. A Francia, la derrota le costó Alsacia y la mitad de Lorena. La cadena de acontecimientos que llegó hasta la primera guerra mundial, empezó en México.
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