“El idioma es otro golpe”, escribió Borges en “El truco”, que conformó algunas ediciones de Evaristo Carriego y Ficcionario, la antología de Emir Rodríguez Monegal con la complicidad de Alastair Reid. “Prohibiciones tiránicas, posibilidades e imposibilidades astutas, gravitan sobre todo decir. Mencionar ‘flor’ sin tener tres cartas de un palo, es hecho delictuoso y punible, pero si uno ya dijo ‘envido’ no importa”.

Espontáneamente con el juego se crea un lenguaje que lo conforma y determina, convirtiéndolo también en un juego de palabras, que termina por entremezclarse con el habla común en idiomas varios: en inglés, en alemán, en francés, en portugués, en italiano, en español; sospecho que en árabe y en finés se sentencia en combinaciones diversas, que no siempre aluden a una carrera de caballos, que algo se definió “por una nariz”. Entre quienes no han tenido el privilegio de asistir a una función de box en la Arena Coliseo en Guadalajara, no se prescinde de términos pugilísticos como “Knock-out” y sus derivados hispanizados que se cifran en el verbo “noquear”. El diamante de césped, arena y almohadillas en el que transcurre el beisbol no deja de deparar invenciones verbales que pueden definir asimismo el devenir cotidiano en el que no pocas veces uno se encuentra en un límite semejante a estar “en tres y dos”, debe saber defenderse de “curvas” y “rectas”, “pelotas ensalivadas”, y en la sociedad y en amores lo “batean” y lo “ponchan”. También la Lucha Libre prodiga hallazgos contundentes como “urracarrana”.

Obviamente, desde antes de reducirse a una moda, el futbol ha convertido emociones en palabras, a las que se recurre no sin frecuencia en el habla consuetudinaria como “poner la pierna fuerte”, “sacar la tarjeta amarilla o la roja”, “meterse un autogol”.

Con el juego, también se han transformado las palabras que lo conforman. En el beisbol persisten términos ingleses como “strike”, “hit”, “home-run”, “out” como persitieron muchos en el futbol. Aunque “corner” ya se dice “tiro de esquina”, en Sudamérica todavía llaman “linier” al que en México se le conocía como “abanderado” y las reglas consideraban “juez de línea”. En estos días les dicen “asistentes” como se le puede decir a un agente bancario, a un mensajero, al que se dedica a la intendencia, al repartidor de pizzas. La terquedad de Fernando Marcos, sin embargo, trastocó el mítico “tiempo de compensación” en “tiempo de reposición” y por ahora paradójicamente se ha adoptado un uso inglés: “el agregado”.

En “Esse est percipi” una de las Crónicas de Bustos Domecq, Borges y Bioy Casares presagiaron que los match de futbol ya no se jugarían en los estadios; que terminarían siendo representaciones radiofónicas. Ignoraban que hacía décadas, Pedro Septién había narrado detalladamente las nueve entradas de un juego de pelota, que debió imaginar para la radio porque se había suspendido por lluvia y, por eso, lo llamaba el Mago.

“La habitualidad del truco es mentir”, escribió Borges. “La manera de su engaño no es la del póquer: mera desanimación o desabrimiento de no fluctuar, y de poner a riesgo un alto de fichas cada tantas jugadas; es acción de voz mentirosa, de rostro que se juzga semblanteado y que se defiende, de tramposa y desatinada palabrería”.

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