Hay historias que no dejan de crearse y recrearse en la memoria, en conversaciones que pueden propiciar anécdotas, leyendas y acaso mitologías pedestres. A pesar de su evidente decadencia, el futbol no ha dejado de deparar algunas de ellas, entre las cuales, las que se cifran en el nombre de Atlante no parecen las menos perdurables.
El llano, la calle, la errancia parecen haber marcado su derrotero. Antes del de Atlante hubo otros nombres. Cuando se creó, en 1916, se llamó Sinaloa por el nombre de la calle en la que se reunían los conjurados, en la esquina con Valladolid, en lo que era el Distrito Federal, donde hace 10 años se develó una placa que conmemoraba el acontecimiento, que, creo, desapareció pocos días después de la ceremonia. “Duró poco, sin embargo, el nombre de Sinaloa”, escribió hacia 1960 J. Cid y Mulet en el Libro de Oro del Futbol Mexicano, “porque a los integrantes del conjunto parecióles un patronímico sin la personalidad que ellos deseaban y fue por ello que a mediados de 1917 acordaron cambiarlo por el de Lusitania, nombre que, aunque exótico, dio la impresión de un nombre famoso puesto que lo tomaron del barco hundido por los alemanes en los comienzos de la Primera Guerra Mundial”. Sin embargo, “a fines de 1918, decidieron cambiar una vez más su nombre, adoptando el breve pero muy significativo de U-53, tomándolo del submarino alemán que atravesó el Atlántico llevando el pliego de rendición de los ejércitos del Kaiser”.
Hubo un tiempo, en el principio de los años 20, en que no tuvo nombre, aunque no dejaba de jugar. Fue Refugio Martínez quien logró terminar con largas discusiones mantenidas durante días que derivaban en noches que se convertían naturalmente en día (sospecho que argumentadas con pulque, cerveza, aguardiente, cigarritos sin filtro), al proponer “el nombre de Atlante inspirado, según él, en la derivación del nombre de Atlántico que durante la guerra había venido siendo repetidamente escenario de acciones bélicas y de otra parte, adoptando tal nombre del de una novena de beisbol de Guadalajara. Aceptado el nombre, es, pues, en ese año, de 1920 cuando surge realmente y definitivo el nombre de Atlante, acordándose seguir con el mismo uniforme azul y grana con iguales características al que venía usándose, por lo que ya tiene el equipo una personalidad definida”.
También Refugio Martínez, hacia 1916, “escogió y pagó de su peculio con los centavos que consiguió por la venta de una vaca de su propiedad, el uniforme de ‘Los Prietitos’ de la calle Sinaloa, vistiendo por primera vez camiseta a cuadros rojo y azul, cuyos colores fueron tomados: el rojo del GUADALAJARA y el azul de la camiseta del CONDESA”.
A pesar de que el futbol se ha transformado ya también en una moda de vendedores de ropa, que han vestido a los rayados rojiblancos o azules de cuadritos psicodélicos, que los Diablos Rojos se disfracen de rosa en la Tierra, que los Ratoncitos Verdes adopten colores convenientes menos como camaleones que como billetes; a pesar de la errancia no sólo territorial (de Querétaro a Yucatán sin sombreros Tardán), el Atlante se ha mantenido fiel al uniforme en el que se reconoce. En Balón a tierra (1896-1932), la primera entrega de Crónica del futbol mexicano, editado por Clío en 1998, Juan Bañuelos Rentería refiere que, en 1932, en el juego decisivo por el campeonato contra el Necaxa, los jugadores del Atlante, entre ellos Manuel Chaquetas Rosas (era oficial en una sastrería), Rafael Apipizca Guirán (era zapatero), Félix Diente Rosas (era velador), Juan Trompo Carreño (trabajaba en una fábrica de sedas), que antes de cada partido enterraban junto al poste izquierdo un pañuelo con once nudos que les entregaba Luz, hija del masajista, decidieron usar las camisas que usaban en el llano...
Para Darío Ojeda González
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