Al momento de entregar esta columna, y en contra de lo que se esperaba, no ha aparecido un comunicado, digamos oficial, del gobierno de Estados Unidos, que dé puntual respuesta a las acusaciones lanzadas en el discurso tonante que la presidenta Claudia Sheinbaum pronunció el domingo pasado en el Monumento a la Revolución.
Un discurso en el que, ante miles de seguidores, acusó a Estados Unidos de haber rebasado la esfera de la cooperación bilateral para incurrir en actos de injerencismo, entre los que incluyó la solicitud de detención con fines de extradición de un gobernador en funciones, Rubén Rocha Moya, y otros nueve funcionarios y exfuncionarios de Sinaloa. Un discurso en el que acusó a “una oficina” del Departamento de Justicia estadounidense de querer convertirse en “el principal elector de México”.
Hubo un lacónico comentario, vertido en X, por parte del embajador de Estados Unidos en México, Ronald Johnson: “La lucha contra los cárteles debe unirnos, no dividirnos (…) Cada momento dedicado a convertir este desafío compartido de seguridad en una disputa política es una oportunidad perdida para fortalecer nuestra asociación y proteger a las personas a las que servimos”.
El Universal Responde
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Apareció horas después de que en su mañanera de ayer la presidenta Sheinbaum matizara sus señalamientos del domingo. La doctora ya no creía que la administración del presidente Donald Trump estuviera al frente de la “ofensiva” de los últimos días en contra de su gobierno.
Ahora eran solo sectores de ultraderecha de Estados Unidos “que quieren que no haya una buena relación con México… por razones ideológicas principalmente”.
Con el villano que el domingo, según acusó, quería agarrar a México de piñata, y presionaba para que en lugar de cooperación hubiera sometimiento y sumisión, ayer en la mañana se mantenía ya un contacto permanente a través de la Casa Blanca y el Departamento de Estado; el gabinete de seguridad mantenía comunicación permanente con sus contrapartes y lo único que ocurría es que sectores de la ultraderecha estadounidense se habían juntado con sectores de ultraderecha en México que no están de acuerdo con las políticas que ayudan a los que menos tienen, que no quieren los programas del Bienestar, que no quieren que haya inversión en educación pública.
Pero después de todo sí hubo una respuesta que no llegó precisamente en forma de comunicado. Sí hubo una respuesta y fue brutal.
Llegó al mediodía y consistió en presentar en la Corte del Distrito Sur de Nueva York, con el uniforme de reo, encadenado de las manos, los pies y la cintura, y custodiado por elementos del US Marshalls Service, al exsecretario de Seguridad Pública de Rubén Rocha Moya, el General de División en retiro Gerardo Mérida Sánchez, acusado de haber aceptado sobornos estimados en 100 mil dólares al mes, a cambio de brindar información privilegiada sobre operativos en curso en contra del Cártel de Sinaloa y sus jefes, Los Chapitos.
Llegó con la confirmación de la jueza federal de Nueva York, Katherine Polk, de que en el caso iniciado en contra del general Mérida hay evidencia “abundante, voluminosa”, y la declaración de que se trata de un proceso en el que los acusados “están llegando por olas”. La juez concedió un plazo de 60 días para que la evidencia sea procesada.
Mérida se entregó de manera voluntaria a Estados Unidos. Se declaró no culpable, aunque se ha dado a conocer que antes del inicio del juicio habrá pláticas previas con los fiscales a fin de negociar “una salida alterna”. Versiones periodísticas señalan que, al momento de entregarse, el general llevaba consigo diversos archivos y documentos.
Se esperaba que al haberse entregado recibiera otro tipo de trato. Pero no fue así. El trato humillante que se le dio ayer solo puede hablar, según analistas consultados, del nivel de información que Estados Unidos tiene en su poder.
La imagen de Mérida encadenado abre las preguntas: quién sigue, qué otros nombres aparecerán, cuántos funcionarios, políticos, militares y marinos mexicanos se estarán viendo con el uniforme caqui de los presos federales y con cadenas en las manos, la cintura, los pies.
Hubo respuesta.
Y la respuesta fue todo un mensaje.
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