Más de seis millones de aficionados llenaron los estadios, el Mundial se disputó por primera vez con 48 selecciones y 104 partidos, la FIFA volvió a romper todos sus récords de ingresos y miles de millones de personas siguieron el torneo desde algún lugar del planeta. España levantó la Copa, pero el otro campeón fue la FIFA.

Detrás de cada gol hubo una operación económica de dimensiones inéditas. La ampliación del torneo no respondió únicamente al propósito de abrir espacio a más selecciones, también multiplicó los derechos de televisión, el valor de los patrocinios, la venta de boletos y el consumo de un espectáculo que hoy representa uno de los negocios más rentables del mundo. El futbol dejó hace tiempo de ser solamente un deporte, se convirtió en una industria global.

Ahí aparece el primer gran vencedor: Gianni Infantino. Su decisión de ampliar el Mundial fue recibida con escepticismo. Hoy las cifras parecen darle la razón, nunca antes la FIFA había concentrado tanta audiencia, tantos patrocinadores y tanta capacidad de influencia. Ya no sólo organiza competiciones, negocia con gobiernos, corporaciones multinacionales y gigantes de la comunicación. Su poder trasciende por mucho las fronteras del deporte. También ganó Estados Unidos, aunque su selección no fue protagonista, el país utilizó el campeonato como escaparate de infraestructura, tecnología, seguridad y capacidad organizativa. El Mundial fue, en los hechos, una extraordinaria campaña de promoción internacional y un ensayo general rumbo a los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028.

Donald Trump también entendió el momento, su presencia constante confirmó que el deporte se ha convertido en una plataforma de proyección política. Hoy los grandes eventos deportivos sirven para algo más que entregar medallas o levantar copas: construyen liderazgo, proyectan poder y fortalecen prestigios nacionales. En la cancha, España confirmó la fortaleza del modelo europeo de formación de talento. Argentina perdió la final, pero ratificó que sigue siendo una potencia futbolística capaz de renovarse generacionalmente. Europa perfecciona equipos, Sudamérica continúa produciendo jugadores extraordinarios. Pero, quizá otra fue la noticia más alentadora, África y Asia dejaron de ser invitados de ocasión para convertirse en competidores de verdad. Marruecos volvió a demostrar que su éxito de Catar 2022 no fue casualidad, Senegal confirmó su crecimiento, Cabo Verde irrumpió como una de las revelaciones del torneo y varias selecciones asiáticas compitieron de tú a tú con las potencias tradicionales. El mapa del fútbol se comienza por fin a ensanchar. Un beneficio intangible inmedible en cualquier estadística que muestra al futbol convertido en lenguaje universal, es que durante un mes convivieron millones de personas de culturas, idiomas y religiones distintas.

Mientras el debate público se concentraba en el campeón deportivo, otra disputa avanzaba, la del poder y los miles de millones que mueve el futbol, los gobiernos anfitriones ya habían asumido enormes inversiones en infraestructura, movilidad, seguridad y servicios. La FIFA, en cambio, concentró la mayor parte de los ingresos derivados de los derechos audiovisuales, los patrocinios y la explotación comercial del torneo. Quizás la verdadera historia de este Mundial no sólo confirme quién juega mejor al futbol, sino también deje en claro quién entiende mejor el negocio. La Copa cambia de dueño cada cuatro años, el negocio no.

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