“Tuvimos imprenta antes que ustedes”, les espetaba José Vasconcelos a sus compañeros estadounidenses de su escuela en Eagle Pass, siendo apenas un niño. Aun no se hacía de la amplia cultura y ánimo de identidad que exhibió en su madurez. Los dos estilos literarios de la primera mitad del siglo veinte que me causaron más efecto fueron los de Martín Luis Guzmán y de José Vasconcelos quien, como sabemos, se convirtió en un escritor afecto a la filosofía y a la aventura intelectual y política. Releer su Ulises criollo es un tónico contra la urticaria editorial que se sufre en los tiempos actuales. Cuando veo alicaída la esencial fortaleza de la cultura, que incluye como centro nodal a las artes, quisiera gritarle al fanfarrón presidente de los Estados Unidos: “¡Tuvimos cultura antes que ustedes!”. Es un anacronismo y una bravata que me resulta divertida: entre el ellos y el nosotros se gesta el espectro humano que alberga la posibilidad de desactivar los nacionalismos más burdos. Durante el mundial de futbol llevado a cabo realmente en USA (México y Canadá se presentaron más bien como la comparsa en el jolgorio del balompié) este bisonte empresarial, quien ha hecho de la caricatura una variante posmoderna del fascismo pintoresco, aunque cruel y peligroso, modificó, respaldado por el poder imperial y la complicidad de la FIFA, una decisión de los árbitros que lastimó a la selección de su país. Así de sencillo. Al enterarme me sentí un tanto aliviado. ¿Quién se sorprende de su acción, la cual pasó casi de inmediato al olvido popular? El padre de Vasconcelos, reconocía que los gringos habían traído a México el ferrocarril, pero consideraba que, esencialmente, representaban en esencia un pueblo bárbaro.

Han sucedido casi noventa años desde la publicación de Ulises criollo, y me amilana que pese a ser Vasconcelos un personaje controvertido, atacado y venerado a un tiempo, haya dejado una huella voraz en las instituciones educativas y en la transmisión de un arte revolucionario que intentaba transformar su época. También, a pesar de mi inclinación a la extrema libertad individual, continúa sorprendiéndome la flácida actitud de los artistas contemporáneos ante las vejaciones variopintas de tanto político ordinario y criminal que se empeña en acrecentar su plaga. Evitaré cometer el disparate de ofrecer una definición de arte o artista, ya que no se trata de oficios virginales o férreamente determinados. He llegado a proferir la siguiente arenga: “Uno no se dedica a las artes, uno es artista porque tu bisabuelo fornicó con la camarera del barco en que llegaron las patatas sanguíneas que te parieron y no hay nada qué hacer. ¿No sabes que las artes son el excremento de los dioses?” Lo expresé desesperado ante la arrogancia de unos pobres inocentes que se llamaban a sí mismos artistas. ¿A dónde voy? A ningún lado, como acostumbro, pero quisiera dejar por escrito que me asombra la presencia de nuevos partidos políticos y me pregunto ¿carajo, otra vez? No se preocupen en educarme, conozco minuciosamente cada una de las respuestas. Yo me decantaría, en México, por la existencia de ciento treinta millones de partidos políticos individuales y una mayor crítica de los artistas y pensadores capaces de descubrir en tantas actitudes sociales o asociaciones partidistas las vetas del fascismo: no sean holgazanes y salgan de sus madrigueras. El fascismo, ese movimiento nocivo que en 1922 creara Benito Mussolini, retomó Hitler y que uno encuentra hoy en presidentes como el bisonte norteño que lo mismo revoca decisiones arbitrales que alimenta la violencia social. La hidra fascista crece en las asociaciones políticas que carecen de nociones éticas definidas (su ideario es más bien el deseo de una imposición), rehúsan el papel de la crítica y, sobre todo, imponen vía sus actitudes o discursos, una definición totalitaria del bien. La historia (esa vanidad mitológica) avanza muy lentamente, pero a veces da saltos extravagantes y religiosamente tiende a repetirse en su barbarie animal. Incluso escucho el susurro constante de Julien Benda (1867—1956) quien, también contradictorio, se batió literariamente a favor del proyecto ilustrado (la libertad crítica de los intelectuales) y se proclamó contra el fascismo. Qué extraño me resulta (¿o es sólo miopía?) citar en una misma columna a Vasconcelos y a Benda. Ya escribiré acerca de ambos. ¿Hace falta?

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