Antes de soltar los hilos, quisiera decir que no me atrevería a hablar de lo que ya es un hecho: su descendencia. Al contrario, les ofrezco mis completos respetos a sus hijos y también a sus tatarabuelas, que en santísima paz descansen. La duda acerca de esta columna va sugerida vía su título; pregunta que me hacen con frecuencia, “¿Por qué no tuviste hijos?” Debido a que soy escritor, mis respuestas se alargan hasta una cima que mis lectores no sufrirán del todo. De bruces en la literatura me sumerjo de inmediato en niños y adolescentes que poblaron mi imaginación estética y literaria, desde el joven Werther y el atribulado Törless hasta las vicisitudes de Alex Portnoy y Lucy Nelson, ambos personajes de Philip Roth, uno en El lamento de Portnoy, y Lucy, la demoniaca y angelical moralista, en la novela Cuando ella era buena. Sin olvidarme, claro, de los libros de John Fante (Un año pésimo, entre varios), ni de Martin Amis (El libro de Rachel); ni tampoco desearía hacer a un lado Historia de mi vida, de Jay McInerney, o mucho menos los avatares de Holden Caulfield, personaje central de El guardián entre el centeno, novela escrita por J. D. Salinger. Aún menos me olvido, en estos menesteres memoriosos, de Jaime Ceballos, símbolo teatral de Las buena conciencias, de Carlos Fuentes; ni de las novelas que versan sobre la niñez de Ricardo Garibay.

Como ustedes se percatarán, la literatura es una guardería, un jardín de niños que no se reduce exclusivamente a Oliver Twist, de Charles Dickens o al Lazarillo de Tormes (para abreviar), sino que en su —me atrevo a afirmar— noción más íntima, honesta y reveladora puede rastrearse en libros y personajes semejantes, lacrados en la historia de varios libros.

Volvamos al asunto inicial; cuando me preguntan por qué no tuve hijos (todavía puedo, a rastras), suelo responder alguna de las seis respuestas siguientes (con mucho respeto para quien llegue a ofenderse): 1.— Porque son muy caros y en consecuencia incluyen buena educación, salud y demás. 2.— Porque el niño soy yo y no deseo que nadie usurpe mi papel. 3.— Porque ya hay demasiadas larvas en la tierra. 4.— Porque después de tantos años de convivir con ellos pueden convertirse en seres repugnantes, en tus enemigos o en seres malagradecidos. 5.— Porque te ligan, regularmente para siempre, con otra persona, sea un padre o una madre (a no ser que los adoptes: entonces te ligan a Stalin o al Estado). 6.— Porque cualquier decisión que tomes acerca de ellos te hará responsable de algunos de sus actos: eres culpable a priori. Es verdad que he conocido a niños y a adolescentes extraordinarios, hijos de mis amigos, etc.... pero ellos, mis amigos y amigas, son afortunados. Yo siempre pierdo en las apuestas. Thomas Bernhard escribía que, cuando procreas, no le das vida a un niño, sino a un anciano calvo, arrugado, horrible que no domina sus esfínteres ni puede siquiera conversar. Yo todavía no soy tan grosero o amargado como Bernhard. Sin embargo me imagino, de pronto, junto a un adolescente analfabeta que grita frases aberrantes, destruye el lenguaje con anatemas o consignas ideológicas (el lenguaje está allí para destruirse y utilizarlo, pero hay diversas sensibilidades, culturas y temperamentos sociales a la hora de modificarlo), da juicios sin haber todavía posado bien los pies en este mundo; y además los hijos o hijas (o hijus, como se dice hoy en día) me reclaman; y además me ofenden; pues bien, no están aquí esos hijos míos, discúlpenme y quédense en el más allá, sátrapas del inframundo; pues yo seguiré sufriendo incluso sin ustedes. Y ahorraré dinero para apostar y tomarme unos tragos. Con todo respeto para los esclavos de esa clase de manada; y respeto para quienes tomaron la decisión de expandirse biológicamente, seguramente estarán muy complacidos. Y ya adentrándome en el área política, exijo que se nos otorgue una dieta o una lana a quienes no tuvimos críos, pues el espacio que dejaron les permite caminar más libre y cómodamente, sin necesidad de genocidios o locuras de tal naturaleza.

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