Uno puede percatarse de la cultura o calidad moral de un ser humano cuando conoce a qué clase de personas admira. El viejo Thomas Carlyle (lo llamo viejo porque nació cargado de años), llegó a escribir —aunque de otra manera— que un ser humano es un ser que admira y que debe adorar a alguien si desea obtener un conocimiento mayor. A raíz de ello Borges, Chesterton y Russell lo señalaron como precursor del nazismo. A este devoto de la figura del genio en la historia se le agradece la escritura de un libro clásico: De los héroes (en realidad un conjunto de conferencias reunidas en papel). En esta obra, Carlyle da cuenta de las biografías de Lutero, Shakespeare y Mahoma, entre varios más. Yo abomino la figura del genio, pero soy una excepción. En cuanto a los políticos continúo pensando que su responsabilidad es hacer mucho por el bienestar social y casi desaparecer públicamente como figuras salvadoras (es la mía, por supuesto, una utopía extravagante). Más nueces y menos ruido. A lo largo de mi vida he apreciado solo a unos cuantos políticos en la historia.

Entre tantos artistas que dieron vida al siglo XX, sobresale de entre mis personajes más admirados, Andy Warhol, quien cambió la perspectiva común en la apreciación del hecho artístico. Como sabemos una feminista radical, Valerie Solanas —autora de SCUM, un manifiesto en el que describía sus ideas— le disparó varias veces y Andy nunca logró recuperarse sicológicamente del atentado, pese a vivir suficiente tiempo más. El año siguiente será el aniversario 40 de su muerte. Más allá de entrar en detalles solo deseo comentarles que había en él un halo de distracción que siempre llamó mi atención. Conozco a varias y varios distraídos, y yo formo parte de su prole, no sin arrepentirme de mi constante divagación. En su libro de breves ensayos ¿Por qué tose la gente en los conciertos?, Luis Ignacio Helguera (Ciudad de México; 1962-2003) escribió un ensayo sobre la distracción, la cual confiesa ejercer con frecuencia. La pérdida de objetos, la equivocación y confusión constante, la capacidad de cometer actos inverosímiles ante los ojos de los demás son esenciales para ejercer la distracción. Pese a sugerir constantemente a los escritores que me solicitan consejo que se mantengan siempre alertas, yo ni siquiera sigo mis propias consignas. Helguera llegó a pensar que existía un dios que lo cuidaba de las consecuencias de su distracción, pero también se preguntaba ¿qué sucedería si ese dios se distraía también?

Si bien el entonces joven escritor, Ronald Tavel, trabajó como guionista en las películas de Andy Warhol, este parecía no poner demasiada atención en los argumentos escritos o narrativos que le entregaban. Andy, en sus propias palabras, decía “no quiero argumentos, sino incidentes” y continuaba hundido en su extraña distracción. Y así como Nacho Helguera confiesa en su libro algunos de sus descuidos o desvíos de la atención requerida, concluyo esta entrega confesando lo que me sucedió apenas hace unos días. Tenía que leer esa tarde un libro, de manera que me puse los lentes, pues en mi departamento la luz es tenue en exceso. Un sentimiento de terror me abordó porque inesperadamente las páginas se oscurecían en vez de aclararse y durante varios minutos gritaba para mis adentros; ¡Me estoy quedando ciego! ¡Me estoy quedando ciego! La razón de mi repentina ceguera se debió a que, en lugar de utilizar los lentes para lectura, me había colocado, pura distracción, mis lentes oscuros. Es mi anécdota una tontería, pero el miedo que me embargó a causa de aquel eclipse fugaz durante cerca de treinta segundos no lo puedo olvidar. Hay que concentrarse y elegir bien a quien se admira, no tiremos nuestro tiempo poniéndole atención a personajes que no lo merecen y que oscurecen más nuestras vidas.

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