Un torneo de increíbles emociones, pero también de grandes decepciones. La Copa del Mundo 2026 ha sido un campeonato de enorme calidad, pero no pasará a la historia por ello, sino por todo lo sucedido fuera del sagrado rectángulo gramíneo de 105 × 68 m.
Lo primero: ganó el mejor equipo del mundo (y aquí podría terminar mi artículo, pero en nada ayudaría a satisfacer mi obsesión por justificar este texto). Con paciencia, virtuosismo, calidad individual, trabajo en equipo, esfuerzo colosal y una dirección técnica impecable, España es el bálsamo que cura una herida llena de pus y pestilencia, provocada por una visible corrupción y la estúpida intromisión de la política, avaladas por el peor presidente de la FIFA en toda su historia (más nocivo que Blatter).
Haciendo gala del título de esta columna, «Confabulaciones», me lanzaré al vacío con una teoría que elucubra sobre la secuencia de cochinadas que rodearon este campeonato; son cosas que vienen de tiempo atrás y desembocaron en este 2026. Aquí vamos:
Todo comenzó seis meses antes del silbatazo inicial. En el sorteo de diciembre en Washington, la bola de Argentina cayó en el Grupo I, pero fue trasladada al J, junto a Argelia, Austria y Jordania, bajo la regla recién inventada por la FIFA para que los cuatro primeros del ranking, si ganaban sus grupos, no pudieran cruzarse antes de semifinales. De un plumazo sospechosista, al vigente campeón le allanaron el camino hasta esa instancia, evitando rivales que pusiesen en riesgo su trayecto. Hasta semifinales, sus adversarios ocupaban los puestos 28º, 23º, 63º, 64º, 29º y 19º del ranking: Argelia, Austria, Jordania, Cabo Verde, Egipto y Suiza. He vivido dieciséis mundiales y sé que el azar rara vez es tan generoso con un mismo bando.
Gianni Infantino no parece ajeno a estas coincidencias. Es el mismo hombre a quien la Fiscalía suiza investigó por reuniones secretas con el fiscal general Michael Lauber —«indicios de conducta criminal», dijo el propio instructor del caso—; el mismo que heredó una FIFA marcada por 150 millones de dólares en sobornos destapados en 2015 y prometió limpiarla; el que, sin empacho, le entregó al presidente Trump el Premio FIFA de la Paz, presea inventada para la ocasión; y quien torció el reglamento para cancelar la suspensión del estadunidense Folarin Balogun, tras una llamada del presidente naranja cuatro días antes.
Porque esto siempre se trata de negocios. Ninguna final le habría dejado a la FIFA más dinero que una con Messi en la cancha. Argentina llegó arrastrando, partido tras partido, arbitrajes que la favorecieron en todos sentidos. Contra Argelia, en el debut, Messi pisó la pantorrilla a Aïssa Mandi —una falta que ameritaba expulsión por reglamento—, pero ni el árbitro Marciniak —quien les obsequió un penalti a los argentinos en la final contra Francia en 2022, gracias al cual salieron campeones— le sacó una tarjeta ni hubo revisión del VAR. Contra Egipto, en octavos, los albicelestes cometieron 13 faltas sin una sola amonestación, mientras que Egipto, con tres menos, sumó cuatro amarillas y le anularon un gol a Mostafa Ziko que los habría eliminado. Contra Inglaterra, en semifinales, 17 faltas argentinas y ni una expulsión, pese a la fuerte entrada de Nahuel Molina por la espalda contra Bellingham. La cuestionable anulación del gol español decidida por el árbitro esloveno Slavko Vinčić en la final —sin que el VAR corrigiera la decisión— fue la cereza del escatológico pastel.
¿Por qué ayudar a Argentina?
Porque alrededor de la pelota siempre corre una millonada de dólares. Alejandro Burzaco —expresidente de la televisora argentina TyC— declaró en 2017 como testigo protegido ante una corte de Nueva York, que Televisa y Globo sobornaron a Julio Grondona —entonces presidente de la AFA y vicepresidente de la FIFA— para asegurar los derechos de los mundiales de 2018, 2022, 2026 y 2030.
El 11 de julio, en pleno Mundial, el periodista francés Romain Molina volvió a poner bajo los reflectores la trama financiera de la AFA, presidida por Claudio Chiqui Tapia. El primer hilo de la oscura telaraña apareció el 9 de diciembre de 2021, cuando, poco más de un año antes de la final contra Francia en Catar, la federación cedió sus derechos comerciales internacionales a TourProdEnter LLC, una empresa recién creada en Miami y ajena al futbol.
De acuerdo con investigaciones publicadas por diversos medios, la firma administró al menos 260 millones de dólares de la AFA, de los cuales 42 millones terminaron en cuatro empresas fantasma. De esas cuentas también salieron fondos destinados a gastos de lujo y casi 6.2 millones de dólares para sociedades que participaron en la compra del club italiano Perugia. El contrato, que establecía una comisión del 30 % sobre determinados ingresos internacionales, fue prorrogado hasta 2030.
Queda abierta una pregunta: si esas decenas de millones circularon sin control ni transparencia, ¿alcanzó alguna parte de ese dinero a funcionarios de la FIFA? Molina apunta en esa dirección al señalar que la AFA habría operado con el respaldo del director legal de la FIFA, el español Emilio García, vinculado con la federación argentina. No hay prueba de sobornos directos a la cúpula de Zúrich, pero la arquitectura ya es conocida: empresas fachada, comisiones desproporcionadas y una FIFA que, de Blatter a Infantino, ha sabido mirar para otro lado cuando el dinero fluye en la dirección deseada.
El diario argentino La Nación reveló —y el Miami Herald corroboró con fuentes policiales de Washington y Miami— que el FBI y fiscales federales examinan las finanzas de la AFA ligadas a TourProdEnter LLC. La oficina del FBI en Miami declinó confirmar o negar la pesquisa.
Si todo este presunto cochinero influyó en el apoyo de FIFA a la selección argentina, o solo fue su desmedida ambición por aumentar las audiencias, ya el tiempo lo dirá, pero, por el prestigio del futbol mundial, Infantino debe renunciar ya.
La historia, cuando se repite, rara vez cambia de siglas; solo de personajes.
X y Substack: @ferdebuen
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