Hay dos reglas no escritas que rara vez fallan en política. La primera dice que en política no hay muertos. La segunda, que la revancha siempre encuentra el momento para cobrarse.
Treinta y siete años después de aquella elección de 1989, Ernesto Ruffo Appel volvió a ocupar las primeras planas nacionales. Pero esta vez no por haber derrotado al partido que gobernó México durante más de siete décadas, sino por haber sido vinculado a proceso.
Cada quien tendrá su opinión sobre Ruffo. Habrá quienes recuerden sus aciertos, quienes le reclamen errores y quienes incluso celebren la decisión judicial. Están en su derecho. La discusión de fondo es otra.
Hace treinta y siete años Ruffo se convirtió en el rostro de la transición democrática. Hoy, para una parte importante de la sociedad, su vinculación a proceso representa un punto de inflexión. El gobernador que derrotó al viejo régimen ahora enfrenta a uno nuevo que, paso a paso, concentra más poder y reduce los contrapesos institucionales.
El contexto explica buena parte de esa percepción. México vive una profunda transformación del Poder Judicial, la desaparición de organismos autónomos, una creciente concentración del poder político, una crisis de violencia que no cede, gobernantes bajo sospecha, escándalos de corrupción, una sociedad que ha vuelto a vivir con miedo y serios problemas de gobernabilidad en entidades como Sinaloa y Baja California. En medio de ese escenario, el personaje que ocupa el centro del debate nacional es precisamente quien hace treinta y siete años simbolizó el principio del fin del régimen de partido único.
Desde la lógica del poder, quien parece haber decidido jugar all in es el régimen. Empujó todas sus fichas al centro de la mesa convencido de que el control político, legislativo y judicial basta para imponer cualquier decisión. Es una apuesta que recuerda el momento en que Julio César cruzó el Rubicón. Después de eso ya no había regreso. Se iba por todo.
Conviene recordar una lección de la historia. Nelson Mandela construyó buena parte de su liderazgo desde una prisión. Hay decisiones que buscan sepultar adversarios y terminan convirtiéndolos en símbolos.
Tal vez el cálculo resulte correcto. Tal vez no. Lo que ningún estratega puede prever es cuándo un expediente deja de ser un asunto judicial para convertirse en un capítulo de la historia política de un país.
Dicen que en política no hay muertos. También que la revancha siempre llega.
Treinta y siete años después, el viejo régimen da la impresión de no haber desaparecido. Simplemente aprendió a cambiar de nombre.
Y su víctima más simbólica terminó siendo el hombre que una vez lo derrotó.
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