Con cada proceso electoral que pasa en los últimos tiempos, se genera una pregunta que no encuentra una respuesta clara: ¿por qué gana la ultraderecha en América Latina y pierden las izquierdas? Se hace el recuento de los casos, se enumeran los horrores que representan los casos de Bukele en El Salvador, que por cierto ya se convirtió en paradigma para “combatir” la inseguridad; las locuras de Milei en Argentina con su sierra, sus recortes y el amor por sus perros; el pinochetismo de Kast en Chile; la extravagancia de lo que acaba de pasar en Colombia con De la Espriella, un outsider de libro de texto.
En el horizonte viene la elección en Brasil, el país más grande de América Latina y el caso más representativo de una lucha entre izquierda y ultraderecha, que tiene al gran Lula en una carrera empatada por la presidencia. Podemos quedarnos con los casos y las anécdotas de cada una de estas experiencias, que ya forman un ciclo sobre las viejas y las nuevas derechas y la derrota de las izquierdas, o tratar de plantear algunas hipótesis globales para entender qué pasa hoy en América Latina y por qué México —otra vez— es una excepción regional.
Las elecciones son procesos políticos que se pueden prestar para la simplificación, es decir, para explicar todo bajo un solo criterio. Sin embargo, lo que vemos en este ciclo es una extraña contradicción: por una parte, realidades complejas que es necesario entender en un momento de cambios globales y geopolíticos y, por otra parte, la emergencia de realidades que reducen todo a lo simple y a lo efímero. Se cree que un factor explica todo: por ejemplo, el resultado es por las redes sociales; por la intervención de Trump; hay una enorme decepción de la izquierda; la gente quiere cosas nuevas; la juventud es un sector manipulable; el que plantea mano dura frente a la inseguridad lleva las de ganar; la ciudadanía está harta de la corrupción y el que ofrece combatirla se adelanta en la competencia. Se dejan fuera explicaciones más complejas en tiempos efímeros.
Entre los factores que intervienen en los procesos electorales se encuentran los siguientes: a) el modelo económico, que representa razones de fondo para entender las diferencias entre izquierdas y derechas. Los esfuerzos para combatir la pobreza y la desigualdad han sido insuficientes; al inicio del siglo XXI dieron resultados, pero ahora se han estancado. b) El combate a la corrupción, que siempre se ofrece en las campañas, tiene pobres resultados; solo hay que ver lo que pasa hoy en España. c) Las redes sociales y su inmenso poder de seducción para formar imaginarios son la plataforma perfecta para los candidatos extravagantes y con una narrativa extremista. d) La inseguridad es el pretexto adecuado para desplegar narrativas de mano dura.
Hay otras variables importantes que se observan en estos procesos electorales, como la enorme polarización que lleva a resultados muy cerrados. Resulta excepcional que en Colombia el perdedor reconoció su derrota y optó por el respeto democrático a las instituciones, a diferencia de otros muchos casos con expedientes litigiosos y plazos largos. La cuestión ideológica se ha vuelto una materia para especialistas, porque a pesar de que es la tela donde se tejen las narrativas electorales, lo efímero de las atmósferas que dejan las nuevas tecnologías se impone. Por esa razón resulta cada vez más importante rescatar el fenómeno de las emociones, un acompañante ideal de la polarización. Tampoco se pueden dejar de lado los impactos externos del trumpismo, el peso de los sectores juveniles, los derechos sociales y el género.
Al final de cuentas, lo que pasa ahora con estos procesos electorales nos debería llevar a dimensiones complejas, a pesar de que estamos sumergidos en atmósferas efímeras, donde lo que hoy se cree que es real, mañana no lo será, y el ciclo que hoy consolida a la extrema derecha, en un tiempo cambiará. Quizá el péndulo regrese hacia opciones progresistas; así son los movimientos históricos a pesar de que hoy no los veamos…
Investigador del CIESAS
@AzizNassif
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