La mesa estaba servida para que Donald Trump tuviera un buen año en 2026, se luciera e impulsara al Partido Republicano, de cara a las elecciones de medio término.
En abril, la misión Artemis II que volvería a poner a Estados Unidos en la punta de lanza de la carrera espacial.
En junio, el Mundial, que siempre levanta el ánimo ciudadano; en julio, los 250 años de la Independencia, que Trump prometió celebrar por todo lo alto. Pero Trump quería más. Quería mostrar que es un emper... es decir, un presidente invencible. Que ninguno se le compara (dejar por fin atrás la sombra de Abraham Lincoln, del único que reconoce ha sido más grande que él) y que su poder es infinito.
Así que comenzó el año enviando una misión militar a Venezuela para capturar al presidente Nicolás Maduro y trasladarlo a suelo estadounidense para ser juzgado por narcotráfico.
Las críticas por la violación de soberanía de otro país se vieron opacadas por las imágenes de un Maduro esposado, intentando hablar en inglés, deseando “Happy New Year” y enfrentando la Justicia estadounidense.
Trump midió el “triunfo” de la misión no por marcar el inicio de una transición democrática, que no lo marcó, sino por un Maduro tras las rejas, y sus “negocios” con el resto del chavismo, mientras el pueblo venezolano quedaba al margen de todo.
El mandatario estadounidense se engolosinó. Y mientras pensaba en algún otro “éxito fácil”, el primer ministro israelí le endulzó el oído con todo lo que podría crecer su imagen si derrocara al régimen iraní. Un “como nunca nadie había hecho” era lo que Trump quería escuchar. Y tampoco hubo quien se esforzara demasiado en hacerle ver que Irán no es Venezuela.
La ambición de Trump lo perdió y, desde entonces, las cosas han venido de mal en peor para él. Los estadounidenses, poco ávidos a ver sus tropas, o sus recursos, metidos en otro país, expresaron su desaprobación a la guerra con el país persa.
Lo que Trump pensó sería una victoria fácil se ha convertido en un pantano del que ni él ni nadie en su gabinete sabe cómo salir.
Un mes antes del Mundial, los estadounidenses no están pensando en el futbol; dos meses antes del aniversario de la Independencia, tampoco piensan en la celebración. Piensan en lo cara que se puso la gasolina por culpa de una guerra que no debió ser. Piensan en cómo todo está subiendo, y lo peor que se pondrá la situación, incluyendo escasez de insumos, si el presidente no le pone fin al conflicto.
Trump arrastró con él al Partido Republicano, en el que hoy no se distinguen líderes. Sólo vasallos del mandatario. El partido en el poder suele tener una posición poco cómoda en las elecciones de medio término. Pero en este 2026, Trump puso a los republicanos en camino de una posible catástrofe.
Tradicionalmente, es después de este tipo de elecciones que un jefe de Estado se convierte en lame duck. Pero Trump lo consiguió mucho antes. En los foros conservadores, el debate no es ya Trump, sino a quién apoyar, si al secretario de Estado, Marco Rubio, o al vicepresidente JD Vance. En el movimiento MAGA crece la prisa por la partida de Trump. Pero el daño ocasionado no se reparará tan rápido.
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