Hace casi cinco siglos, se encontraba en el centro de la economía mundial emergente. Los galeones de Manila transportaban plata desde Nueva España a través del Pacífico hasta Asia y regresaban con seda, porcelana, especias y otras mercancías que entraban por Acapulco antes de continuar su camino hacia la economía atlántica y Europa. México ocupaba una posición clave.

Desde entonces, el mundo ha cambiado hasta quedar irreconocible. La geografía, en cambio, no. Y México podría tener de nuevo la oportunidad de considerarse un país capaz de conectar América del Norte, y Asia.

Para hacerse una idea de cómo podría ser eso, México debería mirar hacia el norte. Canadá se enfrenta hoy a un problema que resulta familiar para los mexicanos: una abrumadora dependencia económica de Estados Unidos, combinada con una relación política cada vez más difícil con Washington.

La respuesta del primer ministro Mark Carney ha sido reveladora. Canadá no le está dando la espalda a Estados Unidos. No puede hacerlo. En cambio, está aprovechando la actual situación de inestabilidad para acelerar las relaciones con otros países.

El ejemplo más llamativo es Europa. Canadá ya cuenta con un acuerdo de libre comercio con la Unión Europea, pero Carney está negociando ahora lo que él denomina una “alianza nueva y única” con Europa. Las noticias sobre algún tipo de “membresía asociada” de Canadá pueden exagerar lo que es posible, pero el fondo importa más que la etiqueta.

Canadá y Europa están debatiendo una mayor integración en materia de energía, minerales críticos, inteligencia artificial, defensa e infraestructura digital. Canadá se ha convertido en el primer país no europeo en participar en la iniciativa de defensa SAFE de la UE. Las conversaciones se han ampliado a los cables submarinos, los centros de datos y otras infraestructuras que unen más estrechamente ambas economías.

Al mismo tiempo, Canadá mira hacia el oeste. A principios de este año, Ottawa y Tokio anunciaron una nueva Asociación Estratégica Integral que abarca la energía, los minerales críticos, los semiconductores, las baterías, la inteligencia artificial, la fabricación avanzada y la defensa. Canadá y Corea del Sur están profundizando su cooperación en materia de gas natural licuado (GNL), minerales críticos y cadenas de suministro. Canadá también es miembro del Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (CPTPP) y busca estrechar sus vínculos con el sureste asiático.

Existe la tentación de minimizar todo esto señalando lo obvio: Europa y Asia no pueden sustituir a Estados Unidos. Por supuesto que no pueden. Pero ese no es el punto.

La estrategia de Carney tiene sentido precisamente porque Canadá no tiene que elegir. Su objetivo no es sustituir a Estados Unidos por Europa o Asia. Es hacer que Canadá resulte cada vez más valioso para los tres. Canadá podría convertirse en una economía clave: profundamente integrada en Norteamérica, vinculada a Europa a través del Atlántico y cada vez más conectada con Asia a través del Pacífico.

A México, eso debería sonarle familiar.

La dependencia de México respecto a Estados Unidos es aún mayor, ya que más de 80% de sus exportaciones se destinan al mercado estadounidense. Esto ayuda a explicar por qué el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum se ha centrado tanto en gestionar las relaciones con Washington y en proteger la relación en el marco del T-MEC.

No hay nada irracional en ese enfoque. El acceso al mercado estadounidense debe seguir siendo la prioridad económica primordial de México. Pero proteger la integración norteamericana y establecer relaciones con otros países no son objetivos mutuamente excluyentes.

La experiencia de Canadá sugiere que pueden reforzarse mutuamente. México ya ha sentado gran parte de las bases. Este año ha modernizado su Acuerdo Global con la Unión Europea, allanando el camino para una cooperación más profunda en materia de comercio, inversión, tecnologías limpias y cadenas de suministro resilientes. Al otro lado del Pacífico, México ya es miembro del CPTPP junto con Japón, Vietnam, Singapur, Malasia, Australia, Canadá y el Reino Unido. También forma parte de la Alianza del Pacífico, que lleva mucho tiempo buscando vínculos económicos más sólidos a través del Pacífico.

En otras palabras, a México no le faltan acuerdos comerciales. Lo que hay que plantearse es una pregunta más amplia: ¿Para qué sirven esos acuerdos? La oportunidad no consiste simplemente en vender más productos mexicanos en Europa o Asia, sino en aprovechar la posición única de México para atraer capital, tecnología y conocimientos especializados europeos y asiáticos hacia sectores que definirán la próxima generación de la economía mundial.

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, en Palacio Nacional, en el marco de la VIII Cumbre UE-México, en Ciudad de México, en mayo pasado. Foto: AFP
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, en Palacio Nacional, en el marco de la VIII Cumbre UE-México, en Ciudad de México, en mayo pasado. Foto: AFP

Las empresas europeas necesitan plataformas de fabricación confiables, energía, minerales críticos y acceso a mercados en crecimiento. Las empresas japonesas y coreanas aportan capacidades de primer orden en los sectores del automóvil, las baterías, la electrónica, los semiconductores y la fabricación avanzada. México cuenta con una gran capacidad de producción, una mano de obra industrial con experiencia, una posición privilegiada dentro de las cadenas de suministro norteamericanas y acceso tanto al Atlántico como al Pacífico.

Imaginemos un México en el que la inversión europea contribuya a desarrollar la energía renovable, la infraestructura digital, los centros de datos, la fabricación avanzada y la capacidad de procesamiento de minerales; en el que las empresas japonesas y coreanas amplíen las cadenas de suministro en los sectores de las baterías, la automoción, los semiconductores y la electrónica; y en el que las empresas mexicanas se integren más profundamente en los mercados a ambos lados del Pacífico y del Atlántico.

Nada de esto implica debilitar los lazos con Estados Unidos. Un México con relaciones más sólidas con Europa y Asia podría resultar aún más valioso para América del Norte, sobre todo ahora que Estados Unidos busca cadenas de suministro más seguras y alternativas fiables a la excesiva dependencia de China.

Por lo tanto, el objetivo no debería ser una diversificación que aleje a México de Estados Unidos, sino una diversificación en torno a Estados Unidos. México es más que un país norteamericano; también es un país del Pacífico. Mantiene profundos vínculos históricos, culturales y económicos con Europa. Se encuentra entre dos océanos y cuenta con una de las redes de acuerdos comerciales más amplias del mundo.

México ya cuenta con los elementos necesarios para una estrategia económica de pivote. Lo que aún no ha hecho es reunirlos con la urgencia que Canadá está demostrando ahora.

Durante más de dos siglos, los barcos que llegaban a Acapulco conectaban la producción asiática con la plata mexicana y los mercados europeos. México no era un actor periférico en la economía global de aquellos tiempos. Era uno de los lugares donde esa economía se concretaba. Hoy en día, los productos son diferentes. La plata y la seda han sido sustituidas por semiconductores, baterías, minerales críticos, datos, inteligencia artificial y energía.

Pero el principio estratégico no ha cambiado. Puede que la mayor ventaja económica de México no sea simplemente su proximidad a Estados Unidos. Puede que sea su capacidad para conectar América del Norte con el resto del mundo. Canadá parece haber reconocido la oportunidad que crea este momento de disrupción. México también debería hacerlo. Carpe diem, México. *Fellow del Wilson Center y director general, Hurst International Consulting.

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