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Toluca, Méx.— Han pasado cuatro días desde el multihomicidio en la zona de La Isla en la nave 7 de la Central de Abasto de Toluca y prevalecen el miedo, la rabia y la tristeza entre los familiares de los nueve locatarios calcinados en el lugar.
El temor ha inundado a las comunidades de origen de las víctimas, una sensación que se combina con el dolor de la pérdida.
Ayer jueves, los deudos recibieron las cenizas de sus familiares. Debido a las condiciones en las que quedaron los cuerpos, no pudieron identificarlos. Tuvieron que esperar la confronta genética para ratificar su identidad.
Fueron horas de incertidumbre en la Fiscalía General de Justicia del Estado de México (FGJEM), pues de las nueve víctimas, seis pertenecían a la familia Ramírez Díaz, dos eran adultos mayores de Zinacantepec y una última persona de la que se desconocen pormenores.
Una prima de las víctimas relató a EL UNIVERSAL que junto con sus tíos estaban Pilar Ramírez Díaz y sus hijos Areli, Cristhian y Alexandra Enríquez, los tres adolescentes menores de 18 años que murieron calcinados debajo de las tarimas donde crecieron, pues su vida fue dedicada al comercio.
Anoche, los restos de todas las víctimas, incluidos los de esta familia, fueron entregados a sus allegados, quienes los velaron en su pueblo natal, San Mateo Ixtlahuaca. Los honraron con un homenaje, el tradicional de esta comunidad, pese a que sus cuerpos fueron reducidos a cenizas, les enterraron en un féretro como símbolo del amor y el cariño.
De acuerdo con el relato de otra familiar, esa noche del incendio dormían ahí los integrantes de la familia Ramírez Díaz porque derivado de la disputa por los locales, destinaron algún tipo de vigilancia para que no los retiraran a la mala, pues mientras se desarrollaba un litigio por el lugar, al llegar una mañana encontraron la construcción de un local invadiendo el espacio, por lo que decidieron que habría vigilancia nocturna, sin saber que sería su final.
La joven que ha tenido que contener la rabia por esta pérdida comentó que su tía Lourdes lo único que quería era mantener el negocio que le dio sustento durante toda su vida, en el que trabajaron hasta darlo todo.
Señaló que durante años estuvieron tranquilos, pagando la cuota o requerimientos establecidos por la mesa directiva, pero un día llegó un presunto dueño de los metros ocupados por los locatarios y amagó con retirarlos.
Así comenzó un litigio. Sus familiares acudieron ante las autoridades e iniciaron un amparo para no ser despojados de lo que consideraban les pertenecía. Fue entonces que la administración de la Central de Abasto se deslindó de todo trato con los locatarios.
En el espacio que ellos ocupaban querían construir un local fijo para la venta de huevo y abarrotes. Por ahora se despidieron de sus seres queridos. La mayoría en San Mateo Ixtlahuaca cargó fotografías de la familia que coincidieron: no debía morir así.
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