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Ayer se cumplieron cinco años desde que se declaró el estado de emergencia por la pandemia mundial de Covid-19, una de las peores cosas que hemos vivido en la era moderna. Además de las miles de vidas que se perdieron, millones de personas perdieron sus capitales, casas, negocios, etcétera.
En el gremio en el cual me desenvuelvo como empresario, el sector fitness de México (gimnasios, escuelas de natación, etc.), fue algo tremendo.
Sin el flujo acostumbrado, las empresas tuvieron que solventar los gastos para pagar los sueldos de miles de empleados.
De acuerdo con algunos estudios, durante los primeros cuatro meses del cierre por pandemia, hubo pérdidas por cerca de ocho mil millones de pesos y cientos de lugares se vinieron abajo.
De nuestra parte, tuvimos que cerrar una sucursal en Guadalajara, que era una de las más queridas por nosotros, por su historia. Tengo la fortuna de que, en nuestro caso, la mayor parte de las sucursales logró mantenerse fuerte.
¿Cómo salimos adelante? Con disciplina, solidaridad de mis empleados, quienes —en su momento— nos apoyaron con una de las medidas más complicadas que se tuvo que tomar: Reducir los salarios. La solidaridad de los empleados es valiosísima en una contingencia como esta.
En el caso de las escuelas de natación, se abrieron seis meses antes que los gimnasios en general, gracias a la labor de la Asociación de Clubes y Gimnasios, presidida por Alfredo Jiménez.
Afortunadamente, dos años después de que terminó la pandemia, empezamos a regularizarnos y la empresa está sin deudas.
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