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México no crece. Estamos estancados. El Producto Interno Bruto mide la producción de bienes y servicios de un país y es el principal indicador de la generación de riqueza. Aunque sea una verdad de Perogrullo, hay que recordar que, antes de pretender distribuir cualquier riqueza, es necesario, en primer lugar, generarla.
El PIB de México ha crecido en los últimos 20 años un promedio de 2% anual, en comparación con el promedio del mundo, que ha crecido en el mismo periodo un 3% anual. Esta diferencia puede parecer mínima, pero en el largo plazo es enorme. Un país que crece al 3% duplica el tamaño de su economía en 24 años, mientras que uno que crece al 2% lo hace en 35 años.
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Las cifras más recientes lo confirman. México quedó en el primer trimestre de 2026 en el último lugar de los países de América Latina, por debajo de Cuba, Haití y Venezuela, con una disminución del PIB de 0.8%.
Esto se traduce en un menor nivel de vida para la población. Mientras que el crecimiento del PIB per cápita en el mundo ha sido de un promedio de 2% en los últimos 20 años, en México lo ha sido a un ritmo de 1%. El PIB per cápita ha pasado de 6,000 a 13,000 dólares en el promedio del mundo (116%), mientras que en México ha pasado de 9,000 a 12,000 (33%).
Ciro Murayama escribe recientemente sobre cómo un país como Marruecos ha mejorado sustancialmente en los últimos 30 años diversos indicadores que sirven para medir el Índice de Desarrollo Humano, incluso rebasando a México en algunos de ellos.
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Marruecos tiene ya hoy en día expectativas de vida y de escolaridad ligeramente mayores que las de México. A pesar de que el PIB per cápita sigue siendo mayor en México, el de Marruecos aumentó 103%, mientras que en México incrementó un raquítico 28% en el mismo lapso.
A la presidenta se le nota desesperada ante este escenario. No logra comprender las razones del estancamiento, cuando la respuesta es relativamente sencilla: la falta de un estado de derecho.
El economista Luis de la Calle lo explica en forma trágicamente clara en su libro La economía de la extorsión, publicado por Debate, un sello de Penguin Random House:
“En México hay una economía que está extorsionada, lo que le impide crecer y hacerlo de una manera incluyente. Es falsa la intuición de que sólo extorsiona el crimen organizado a través de la violencia, secuestro o amenazas, también lo hace mediante cobros de cuotas y derecho de piso. Y no es únicamente el crimen organizado, sino el mismo gobierno y sus instituciones, así como empresas privadas que también forman parte de esta práctica nociva.”
Podríamos llenar planas enteras con ejemplos, pero para muestra solo un botón: hace unas semanas policías de investigación de la Fiscalía de la CDMX pretendieron extorsionar a los familiares de Edith Guadalupe Valdés para “agilizar las investigaciones” sobre su desaparición. Como la policía no hizo su trabajo, la joven fue encontrada muerta unos días después.
“La extorsión es un factor a menudo olvidado para explicar el relativo estancamiento económico […]. Con frecuencia se culpa a la falta de estado de derecho, pero en forma abstracta, sin especificar qué violaciones y qué prácticas y cómo impactan los incentivos para invertir y crecer.”
“La existencia de la corrupción, impunidad y extorsión es, en parte, consecuencia de su normalización y cotidianidad. La aceptación política y social de estas prácticas debilita, nulifica y hace imposible el estado de derecho.” Todos conocemos historias de extorsión, y lamentablemente las hemos hecho parte de nuestra vida. Nos hemos adaptado y ya nos parece que eso es “normal”. Es la triste realidad, frente a la que preferimos cerrar los ojos. Así como la defensa a ultranza de un gobernador y otros 10 implicados en acusaciones muy graves de narcotráfico. Aquí no pasa nada (hasta que pasa).
De la Calle identifica, en 2020, que para poder erradicar la economía de la extorsión se requiere de una liberalización de la economía y un sistema basado en derechos ciudadanos en el que la solidez institucional es fundamental.
La mala noticia es que vamos en sentido contrario. La economía está cada vez más cooptada por un gobierno que centraliza y controla toda la actividad, los derechos ciudadanos se ven cada día más limitados, y las instituciones que creamos en los últimos 30 años han sido erradicadas para dar paso a una estructura de poder sin contrapesos.
El desmantelamiento del aparato institucional y la concentración de poder en el Ejecutivo Federal han sido brutales. Se han ido eliminando todos los contrapesos necesarios para generar confianza en un verdadero estado de derecho. Por más que la presidenta invite a dialogar a los diez empresarios más poderosos del país, mientras no salgamos de la economía de la extorsión no habrá manera de crecer.
Si llegamos a resolver el tema de la extorsión y la ausencia de estado de derecho, otro factor que limitará nuestro crecimiento en el largo plazo es la debacle educativa. La economía de los países ya dejó de basarse hace tiempo en las materias primas. En la sociedad del conocimiento en un mundo globalizado del siglo XXI, lo que hace prósperas a las naciones es la innovación, el emprendimiento y el talento de sus ciudadanos. Sin embargo, en México adoctrinamos a nuestros niños en una ideología fracasada del siglo XIX.
La prueba PISA, así como estudios de la UNESCO, muestran que una proporción alarmante de alumnos en México no logra los niveles mínimos esperados en comprensión lectora, ciencias y matemáticas.
México fue uno de los países que tuvo más tiempo cerradas las escuelas durante la pandemia. No hemos recuperado los aprendizajes perdidos. Es más, lo que es peor es que nunca hubo un diagnóstico oficial de la situación. Para colmo vimos hace unos días el intento del mismo Secretario de Educación por reducir el calendario escolar, con el pretexto de que el último mes de clases “no sirve para nada”.
Según estudios de la Universidad Iberoamericana, durante la pandemia la proporción de alumnos de primaria en nivel insuficiente en lenguaje y comunicación subió de 49.1 a 70.2 por ciento; y en matemáticas, de 59.1 a 78.3 por ciento.
Durante la administración anterior la Secretaría de Educación Pública, comandada de manera inexplicable por un director de área, se embarcó, sin ningún diagnóstico, en una misión suicida, con la creación de un nuevo modelo educativo basado en una ideología de lucha de clases: la Nueva Escuela Mexicana. Con ello se improvisaron al vapor nuevos libros de texto únicos, elaborados sin ningún rigor técnico ni conocimiento pedagógico, lo que generó una lluvia de amparos por parte de la sociedad civil.
Sin embargo, no hemos visto lo peor. En el contexto que describí antes, en el que dependeremos cada vez más del talento de los ciudadanos para el crecimiento económico, la verdadera tragedia vendrá cuando toda una generación de jóvenes que quiera incorporarse al mundo laboral con una educación deficiente no logre colocarse en un puesto de trabajo.
De manera lamentable, engrosarán las filas de vendedores ambulantes de chucherías en los semáforos y en el metro, porque no sabrán hacer otra cosa. Espero que impere la sensatez para corregir el rumbo, antes de que sea demasiado tarde.
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