Recordando a Celia Chávez

Ocurrió que Jaime García Terrés fue el primer poeta que conocí, de niño, como ya lo he contado en otras páginas y recordarlo sólo a mi me emociona, como debe de ser. Muchos años después, en 1986, me encargó, para el Fondo de Cultura Económica, la Antología de la narrativa mexicana del siglo XX (1989 y 1991) y, además, a fines de los años ochenta trabajé con él, director de la casa editorial, como redactor de La Gaceta, junto a inolvidables colegas.

Se cumplió hace dos años el centenario de Jaime García Terrés (1924–1996), quien murió de manera súbita hace treinta años, un 29 de abril y hace algunas semanas, el 9 de mayo, falleció su compañera de vida y madre de sus hijos, la encantadora, eficaz y dilecta Celia Chávez, quien fuera gerente de la revista Vuelta durante su primer quinquenio, entre 1976 y 1981.

Fechas tan apretadas no deben impedirnos ver lo esencial: a un poeta nada fácil, como lo fue don Jaime (yo pertenezco a quien en nuestro trato con él anteponíamos el título) lo empiezan a leer los más jóvenes, como lo prueba El corazón oculto. Tres lecturas poéticas en el centenario de Jaime García Terrés (UNAM, 2024), de Manuel de J. Jiménez, quien a su vez nació el mismo año que el también fecundo funcionario cultural y editor, me encomendaba mi primer libro.

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Foto: Rogelio Cuéllar  /www.rogeliocuellar.mx.
Foto: Rogelio Cuéllar /www.rogeliocuellar.mx.

Octavio Paz, Gabriel Zaid y José Emilio Pacheco escribieron páginas esclarecedoras sobre la poesía garciaterrestre, como la llama simpáticamente Jiménez, pero confieso que ninguno de mis maestros ha logrado explicarme del todo mi gusto por sus versos, que no suelen ser muy visitados en el canon mexicano. Tras haber releído Las manchas del sol. Poesía 1956–1987, antología personal editada por Alianza Editorial, debo decir que los poemas de García Terrés no provienen de un oído musical ni pretenden ser pegajosos o sentimentales, como los de sus contemporáneos, Rubén Bonifaz Nuño y Jaime Sabines (quienes a veces cargan con sentimientos muy negros y hasta sublimes). Sabines, por cierto, no fue, como dice a las carreras Jiménez, “un versificador del pueblo” muy “apreciado por las mayorías”.

Nada de eso: a la lograda emotividad (diría mi padre) de Sabines la precede un conocimiento profundo de la métrica castellana y la “facilidad” que transmite es la de quien, habiéndose doctorado, se gana, por convicción o por vanidad, el aplauso de quienes confunden la poesía con el cancionero (le pasó a la Academia sueca dándole el Nobel a Bob Dylan). En efecto, Sabines, sin duda autor de dos o tres poemas decisivos en la historia de nuestra poesía, fue un versificador muy apreciado por cientos de universitarios más o menos radicales (aunque omisos ante el ostentoso priismo del bardo) que colmaban sus recitales y lo memorizaban. Quizás la mayoría de esos lectores lo prefería a él (o a su versión continental, Mario Benedetti) contra la minoría inclinada por los insultados y “despreciables” poetas “elitistas”, encabezados por Paz y a los que pertenecía García Terrés. En todo caso –sean tirios o troyanos– estamos hablando de “la inmensa minoría” a la que se refería otro Jiménez (Juan Ramón) al acordarse de los buenos lectores, y de los de poesía en particular.

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Quizás Zaid tenga razón cuando dice que García Terrés fue “un romántico desencantado” pero con “un discurso nada romántico” tendiendo a la Ilustración: por ello, acaso, en Las manchas del sol se leen tan bien las traducciones de don Jaime entreveradas con sus propios poemas. No porque parezcan, esas versiones, obra personal, sino al revés: el autor de Las manchas del sol puede encarnar a todos los poetas, sean sus amados neohelenos, W.B. Yeats y Ezra Pound o Gottfried Benn. Poesía garciaterrestre, quizás. Ilustrado fue también su profundo conocimiento del México antiguo y de su literatura, la prehispánica y la de los cronistas de Indias; ilustrado resultó, finalmente, su interés freudizante por los misterios eleusinos, al parecer incompatibles con el solemne funcionario y al que debemos “Carne de Dios”, su gran poema en prosa reproducido por Jiménez.

El García Terrés que más me gusta es ingenioso, pero apenas sonríe; epigramático, aunque rehuya la tentación sentenciosa y flemático sin parecer afectado. Por ello es difícil leerlo en voz alta. Sus frases cortan el aliento lírico y lo hacen adrede, como cuando escribe “Y la tinta –yerma tirana–/devora el siglo que la nutre.” De sus libros, prefiero Los reinos combatientes (1961), donde “el escritor de tierra adentro”, habitante de una ciudad alta, “árida y adusta”, “indiferente al hervor del mar”, es amigo de “repasar en la penumbra” lo ocurrido en el valle cuanto canta la “multitud urbana” aunque estuvo lejos de habitar la torre de marfil y gracias a Jiménez me entero que un primer libro sobre él, de María José Bas Albertos, se tituló, nada menos, que La poesía cívica de Jaime García Terrés (1996).

Uno de los protagonistas de la Edad de Plata de nuestra cultura, no podía ser apolítico, aunque fue pudoroso, a diferencia de otros, en el indignado aspaviento. Y su compromiso no sólo se manifestó en sus comentarios críticos, del orden liberal, sino en las instituciones, de la UNAM al FCE: don Jaime demostró que la cultura pública podía ser exquisita.

Tuvo la afición de Grecia y a diferencia de Alfonso Reyes, pudo ser embajador en Atenas, como antes y después de él, hubo en ese cargo otros poetas y escritores mexicanos. Le preocupó no sólo la antigua Grecia sino la Grecia contemporánea, como se lee en Reloj de Atenas (1977), en la primera fila de nuestros libros de viaje. Y don Jaime nos dejó una “Afrodita dondequiera” cuya primera estrofa dice: “Asílenme los vientos del Egeo, / si no tus brazos. Cruzaré/ sobre las islas blancas, revolviendo/ tu huella, más allá de los dioses caducos, /entre canciones murmuradas para ti.”

A Jiménez, en El corazón oculto, le intriga que, con su eterna corbata, García Terrés haya sido un “poeta burocrático” y a fuerza de ello, el “secretario clandestino de sus versos, que le dictan un discurso memorable en los intersticios de un mundo regido por la eficiencia y la formalidad.”

En personajes como don Jaime, o Gorostiza o hasta Saint–John Perse, no hallo contradicción entre las libertades que el romanticismo le endosó al poeta y el servicio civil, que también puede ser un arte. Por ello veo a García Terrés como un letrado chino de la época del duque de Zhou, para quien el verso y el memorándum son dos de las potencias que el reino necesita para devenir milenario, porque la gran lírica y el buen gobierno se complementan virtuosamente.

A don Jaime, cuando no tenía visita en la oficina, le gustaba cruzar la Avenida de la Universidad para tomarse su whisky del mediodía en el bar del Sanborns. En aquellos tiempos, en el FCE, se trabajaba en serio. Si era necesario estar allí quince horas, se cumplía con gusto la jornada; de no haber mucho qué hacer, se escribía en el cubículo de madera o se imitaba al director saliendo en busca de una libación. En alguna ocasión, me topé, no sin vergüenza, con él. Mirándome fijamente, tomó nota de mi presencia y volvió a su amable monomanía, la de resolver los crucigramas del Times Literary Supplement.

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