Nada tiene que empeorar para que una vida empiece a parecernos insuficiente. La casa sigue siendo la misma y aquello que ayer disfrutábamos continúa en su lugar, pero basta mirar unos segundos la vida de alguien más para que lo suficiente adquiera defectos que antes no tenía. No perdimos nada; apareció una medida. Una forma eficaz de producir deseo consiste en no quitarnos lo que tenemos, sino enseñarnos a mirarlo como si ya no alcanzara.

Decimos que queremos mejorar, pero no siempre buscamos una vida distinta porque, con frecuencia, queremos dejar de parecer la persona que creemos que otros ven. Cambiamos la ropa, el automóvil, la casa o el cuerpo esperando modificar esa interpretación y creemos estar construyendo una vida cuando quizá estamos corrigiendo una impresión.

No todos nuestros deseos tienen destinatario, pero algunos serían difíciles de explicar sin uno. Queremos que alguien que dudó reconozca su error, que quien se fue advierta lo que perdió o que la familia confirme el esfuerzo. Lo llamamos ambición porque resulta más digno que llamarlo revancha, aun cuando algunas metas miran al futuro mientras obedecen a una escena del pasado. No perseguimos solo lo que queremos alcanzar, sino también a quien queremos demostrárselo.

El mercado no necesita inventar esa herida porque le basta con ofrecerle una salida presentable. A la necesidad de aprobación la llama estilo, al miedo de quedarse atrás lo llama crecimiento y al cansancio de no sentirse suficiente, transformación. Las plataformas observan qué nos detiene y nos devuelven una vida mejorada junto a algo que podemos comprar, mientras nosotros pensamos que conocen nuestros gustos cuando muchas veces conocen nuestra inconformidad.

Así encargamos a las cosas tareas que ningún objeto puede cumplir. Le pedimos a una casa que demuestre que superamos nuestro origen, a un cuerpo que desmienta antiguos rechazos y a una relación que certifique que alguien decidió quedarse. Ya no compramos solamente para tener, compramos para corregir una biografía, aunque ninguna posesión pueda regresar a la escena donde aprendimos a sentirnos menos.

Cuando la reparación no ocurre, rara vez cuestionamos el deseo porque suponemos que elegimos mal o que no llegamos lo bastante lejos. El producto funciona, pero fracasa la misión emocional que le asignamos y entonces buscamos otra cosa para resolver lo que la anterior no reparó. No se vende plenitud; se administra el aplazamiento de una absolución.

Confundimos libertad con abundancia porque podemos elegir entre miles de cuerpos, estilos y destinos, pero escoger entre respuestas no significa haber formulado la pregunta. ¿Querríamos lo mismo si nadie pudiera enterarse de que lo conseguimos? Algunos deseos sobreviven a la invisibilidad porque nacen de una necesidad propia, mientras otros pierden sentido cuando desaparece la mirada que los justificaba.

La trampa se vuelve más difícil de reconocer cuando aquello que perseguimos llega: la casa está ahí, el reconocimiento ocurre, la transformación es visible y, sin embargo, algo exige continuar. Interpretamos esa persistencia como hambre de más, cuando quizá revela otra cosa. El deseo cumplió su promesa material, pero nunca tuvo autoridad sobre la deuda que le habíamos encargado resolver.

Entonces buscamos una conquista mayor, no necesariamente porque la anterior haya sido insuficiente, sino porque seguimos esperando de la siguiente una respuesta diferente, y así pueden pasar años acumulando pruebas para una conversación que empezó mucho antes de que supiéramos que estábamos participando en ella. Un día llegamos con todo aquello que debía demostrar quiénes somos. Y descubrimos que el pasado no estaba esperando nuestra respuesta.

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