Esta semana tendremos el dato oportuno de crecimiento de la economía mexicana durante los primeros tres meses del año. Los datos que tenemos apuntan a una dualidad.
Por un lado, la economía interna que arrancó el año con el pie izquierdo: enero registró una caída mensual del IGAE de 0.9%, y febrero apenas avanzó 0.1%, con una contracción anual de 0.3%. Algunos analistas proyectan una contracción de entre 0.6% y 0.8%. No es un colapso, pero tampoco es una señal de recuperación. Es el retrato de una economía que no logra despegar.
Los números del IGAE de febrero cuentan una historia de debilidad generalizada. Las actividades secundarias, que representan un tercio del PIB, cayeron 1.3% a tasa anual. Los servicios profesionales cayeron 7.3%. Esparcimiento y cultura, 7%. Los restaurantes y hoteles llevan veinte meses consecutivos de caídas anuales. No es un tropiezo coyuntural; es una tendencia que lleva tiempo instalada y que no cede. La demanda interna está débil, el consumo pierde tracción y la inversión pública en infraestructura registró en febrero una enorme caída.
El cuadro se complica por el frente inflacionario. La primera quincena de abril trajo un aumento de precios por encima de lo esperado, con sorpresas incómodas en el componente subyacente: transporte urbano, vivienda en renta y algunos bienes no alimentarios. La inflación anual se ubica en 4.53%, y la subyacente en 4.27%. Nada catastrófico, pero sí suficiente para que Banxico tenga que pensarlo dos veces antes de mover la tasa en mayo. El consenso entre analistas apunta a una pausa el 7 de mayo, con un recorte posiblemente en junio, siempre que la incertidumbre geopolítica no escale. La brecha entre la proyección del banco central —que espera cerrar el año en 3.5%— y lo que estiman varios analistas privados —alrededor de 4.3%— no es menor.
El entorno externo, a pesar de la complejidad, cuenta una historia distinta. La balanza comercial publicada ayer muestra que las exportaciones mexicanas alcanzaron 70,727 millones de dólares en marzo, un crecimiento anual de 27.7%, un nivel sin precedente. En el acumulado de enero a marzo, las ventas al exterior sumaron 175,586 millones de dólares, también un máximo histórico, con un crecimiento de 17.9% anual.
Detrás del número hay una estructura. 91% de las exportaciones del trimestre fueron manufacturas. Las no petroleras avanzaron casi 20% en el periodo, empujadas por minerometalurgia, equipos eléctricos y electrónicos, y alimentos. Las petroleras, en contraste, cayeron 25.5%. El sector automotriz acumula tres meses consecutivos de caídas en sus ventas hacia Estados Unidos, con una contracción acumulada de 8.8% en el trimestre.
El cuadro completo del primer trimestre es dual: adentro, la economía está en pausa; hacia afuera, las exportaciones rompen récords. El miércoles sabremos el dato oportuno del PIB. La pregunta no será solo cuánto se movió la economía entre enero y marzo, sino cuánto tiempo puede un país sostener su dinamismo exportador cuando su mercado interno no crece y la política fiscal no tiene margen para empujar. Por ahora, México exporta más que nunca y crece menos de lo que necesita. Esa es la tensión que hay que resolver.
@ValeriaMoy

