En su ensayo Nuestra América, José Martí advertía que el destino de los pueblos no puede definirse copiando modelos ajenos. La verdadera independencia, afirmaba, se alcanza con la capacidad de pensar y actuar a partir de nuestras propias realidades, y no solamente con la ruptura política.

Hoy, cuando Colombia gira del progresismo hacia un gobierno de derecha, la advertencia de Martí cobra vigencia. América Latina enfrenta nuevamente el dilema entre seguir caminos trazados desde el exterior y construir un proyecto propio, arraigado en su historia, sus circunstancias y sus pueblos.

El viraje colombiano se suma a regímenes como los de El Salvador, Argentina y Chile, y forma parte de una tendencia global, que he venido analizando y sobre la cual abundo en mi libro El péndulo político: el ascenso contemporáneo de las ultraderechas y las reacciones hacia la izquierda en Europa y América, que está próximo a publicarse.

La narrativa del orden y la seguridad, tan presente en los discursos de la ultraderecha, encuentra eco en modelos que Estados Unidos (EU) ha exportado por décadas. La “mano dura” se convierte en un puente discursivo que conecta a líderes latinoamericanos con un imaginario de control y autoridad, mientras el debate sobre la inclusión y las políticas sociales queda desplazado.

En mi libro también planteo que el debilitamiento de los partidos tradicionales es otro rasgo compartido. En varios países, los nuevos liderazgos se presentan como outsiders, figuras que llegan para romper con las estructuras políticas clásicas y que recurren a un estilo personalista, que hoy también nos recuerda a lo que vemos en EU.

Analistas consideran que estamos frente a una “América reaccionaria” que, a su vez, estaría redefiniendo las reglas del juego político regional. De ahí que la pregunta para México resulte inevitable: ¿qué papel jugaremos en este nuevo escenario? ¿Seremos simples espectadores de la redefinición de las fuerzas políticas del continente o asumiremos el liderazgo progresista que nos reclaman nuestra historia y nuestro presente?

México tiene la oportunidad de ofrecer un contrapeso progresista. La Cuarta Transformación, bajo la visión de la presidenta Claudia Sheinbaum y acompañada de una política exterior basada en el respeto, la autodeterminación de los pueblos y la defensa de nuestra soberanía, puede mostrar que existe otra manera de entender el poder y la relación entre las naciones.

En un continente donde la América reaccionaria está ganando terreno, nuestro país puede posicionarse como referente de un modelo distinto, capaz de impulsar la cooperación y la justicia social. Mientras en otros países se promueve la mano dura como respuesta casi única frente a la violencia, en México se apuesta por atender sus causas profundas y fortalecer el tejido social.

México puede y debe ser referente de un modelo distinto, uno que no se rinda ante la tentación autoritaria ni se refugie en nostalgias conservadoras. Nuestra experiencia demuestra que la transformación es viable cuando se combinan voluntad política, comunión con el pueblo y un horizonte claro de justicia.

No se trata de negar los problemas; la diferencia está en la manera de enfrentarlos. La ultraderecha ofrece respuestas inmediatas, sustentadas en la concentración del poder y en el debilitamiento de los contrapesos democráticos. El progresismo, en cambio, busca soluciones estructurales, aunque sean más complejas, menos espectaculares y requieran tiempo.

En este sentido, México tiene la posibilidad de redefinir el rumbo de América Latina como un actor que impulse la cooperación regional desde una perspectiva progresista. La integración energética, la defensa del medio ambiente, la consolidación de los derechos sociales y la construcción de la paz son ámbitos en los que podemos marcar una diferencia real.

La presidenta ha demostrado que la transformación es un proceso histórico que, por lo mismo, coloca al país en una posición ideal para contrarrestar la narrativa reaccionaria. Mientras otros liderazgos se inspiran y replican el estilo confrontativo que se utiliza desde Washington, México puede demostrar que el liderazgo progresista también es capaz de generar entusiasmo, confianza y resultados tangibles.

La redefinición del mapa político latinoamericano está en marcha y nuestro país no debe quedarse atrás. Al contrario, tiene que aprovechar este momento para consolidar su liderazgo, para demostrar que la transformación es posible y que los consensos democráticos son pilares de un futuro más justo, y no obstáculos para avanzar.

En esta coyuntura, todas y todos debemos acompañar este proceso, fortalecerlo y proyectarlo hacia la región. La historia nos ha enseñado que, cuando México asume su responsabilidad, América Latina avanza. Hoy, con la 4T y con la visión de nuestra jefa de Estado, tenemos la oportunidad de demostrarlo nuevamente.

La América reaccionaria busca redefinir las reglas del juego político. México, con su proyecto progresista, puede redefinirlas también, pero en sentido contrario: hacia la inclusión, la justicia y la democracia. Esa es la verdadera batalla de nuestro tiempo, una batalla que no podemos ni debemos perder.

Coordinador de los diputados de Morena

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