Los seres humanos somos sociales por naturaleza: queremos ser parte de un grupo con el que nos sentimos identificados por nuestras creencias, ideas políticas o incluso por algún tipo de afición, ya sea deportiva, musical o de algún otro tipo. Esas comunidades son el equivalente actual de lo que antes era la tribu: grupos sociales que compartían origen y costumbres.

La “tribu” ofrece una sensación de seguridad y sentido de pertenencia a sus integrantes. Pero ese sentimiento también puede convertirse en una trampa, al ser una tentación para permanecer atados y cobijados por el clan. Especialmente cuando en nombre de un supuesto “bien común” a favor de la “colectividad”, se pierde la identidad individual y la libertad sin darnos cuenta. Mi amigo y escritor, Mario Vargas Llosa, lo explicó muy claro en su libro .

Así sucede también con quienes creen que el Estado debe solucionar todos sus problemas y aspiran a una supuesta igualdad. Esas promesas son las grandes mentiras del comunismo, que es una forma extrema de tribalismo en la que el individuo decide abandonar su independencia para formar parte de una masa sumisa y controlada por líderes carismáticos, como lo fueron Stalin o Castro, dictadores que en sus discursos usaban el llamado de la tribu y prometían el engaño de la igualdad.

Algo similar ocurre hoy en día en nuestro país. Después de los avances democráticos que permitieron la alternancia en el poder a finales de los años noventa, lamentablemente hemos retrocedido. Hoy los políticos llegan al gobierno por la vía electoral, pero una vez en el poder comienzan a debilitar la democracia desde dentro. La pregunta es: ¿qué falló en México para caer en este deterioro democrático? Nuevamente, se trata de ese llamado de la tribu, porque para mucha gente resulta más cómodo ir con la corriente y seguir al caudillo que ofrece promesas de bienestar, ya que les da miedo asumir la responsabilidad que implica su libertad.

Sin embargo, cabe aclarar que quienes estamos en contra de este tribalismo no buscamos terminar con el Estado. Únicamente queremos que se respete el valor más preciado del ser humano: su libertad.

Los principios que defiende el pensamiento liberal son los correctos: la vida, la propiedad, la innovación, la competencia y la lucha por la prosperidad. El verdadero liberal busca que la gente tenga las condiciones para salir adelante por sí misma, que su esfuerzo los beneficie a ellos y a sus familias y no a unos parásitos que se dicen representantes del pueblo.

En una conversación que tuve con la historiadora y política Cayetana Álvarez de Toledo, ella explicaba que la civilización se desarrolló gracias al encuentro entre diferentes grupos, impulsados por la curiosidad.

Efectivamente, en el momento en que una comunidad se topa con otra, surge el intercambio: de bienes, de ideas y de formas de ver el mundo. Ese intercambio exige cooperación, pero también competencia. De ahí el papel fundamental que tiene la libertad para generar progreso en la humanidad.

En este sentido, Vargas Llosa explica que no sólo se compite por el comercio, sino también por ideas y valores. Esa es una de las grandes tensiones de la tribu y donde muchas sociedades se ponen a prueba: seguir lo conocido y aceptado por la mayoría o atreverse a desafiar lo establecido y abrirse a nuevas ideas.

Donde no hay competencia, lo que prospera no es la excelencia, sino la mediocridad. Competir nos obliga a mejorar porque implica esforzarse, aprender e innovar. Como decía Karl Popper, uno de los filósofos liberales más destacados: no es el exceso de competencia sino su escasez, lo que impide la originalidad y la creatividad.

El progreso no es lineal, avanzamos probando, equivocándonos y corrigiendo. Pero sólo con la libertad individual de decidir y actuar más allá de la tribu, podemos utilizar nuestras habilidades para sobresalir y crear riqueza y prosperidad. Y eso es a lo que debemos aspirar.

Presidente y Fundador de Grupo Salinas

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