Las elecciones suelen presentarse como la prueba definitiva de una democracia. Sin embargo, votar no basta cuando las reglas se modifican desde el poder para permitir que una misma persona permanezca indefinidamente en la presidencia. La candidatura de Nayib Bukele para un tercer mandato obliga a formular una pregunta incómoda: ¿El Salvador sigue siendo una democracia o avanza hacia una dictadura?
Bukele llegó al poder en 2019, fue reelegido en 2024 y, en julio de 2026, Nuevas Ideas lo postuló nuevamente para las elecciones de 2027. Su candidatura es posible gracias a las reformas constitucionales aprobadas el 31 de julio de 2025 por una Asamblea dominada por su partido. Estas eliminaron los límites a la reelección, ampliaron el periodo presidencial de cinco a seis años y modificaron el calendario electoral. De ganar, Bukele gobernaría hasta 2033 y acumularía catorce años consecutivos en el Ejecutivo.
Un tercer mandato no convierte automáticamente a un gobierno en una dictadura. Existen democracias parlamentarias donde los líderes pueden ser reelegidos varias veces. La diferencia está en la fortaleza de las instituciones, la competencia electoral real, la libertad de prensa, la independencia judicial y la posibilidad efectiva de alternancia. En El Salvador, estos contrapesos se han debilitado mientras el Ejecutivo concentra cada vez más poder.
Es indispensable reconocer que Bukele conserva un amplio respaldo por los resultados de su estrategia de seguridad. La reducción de los homicidios y el debilitamiento de las pandillas cambiaron la vida de millones de salvadoreños. Pero la popularidad y la eficacia no sustituyen al Estado de derecho. Desde 2022, el régimen de excepción ha permitido más de 90 mil detenciones y ha generado denuncias de arrestos arbitrarios, tortura, muertes bajo custodia y restricciones al debido proceso.
Por ello, quizá la definición más precisa no sea todavía la de una dictadura tradicional, sino la de una autocracia electoral: un sistema que conserva elecciones, pero reduce progresivamente las condiciones para que estas funcionen como un límite verdadero al poder. Cuando el gobierno controla la Asamblea, influye sobre el Poder Judicial, debilita a sus críticos y elimina los límites presidenciales, las urnas pueden seguir existiendo mientras la democracia pierde contenido.
El debate no consiste en negar los avances en seguridad ni en desconocer el respaldo ciudadano de Bukele. Consiste en recordar que la democracia también exige límites. Un presidente popular puede ganar elecciones y, al mismo tiempo, construir un régimen cada vez menos democrático. El tercer mandato de Bukele será, por tanto, algo más que una elección: será una prueba sobre si la voluntad de la mayoría puede convivir con instituciones independientes o si El Salvador ha comenzado a normalizar el poder sin alternancia.
Alide Flores Urich Sass, Asociada del Programa de Jóvenes COMEXI
IG: @alide_fus y @alide_fus en X
Semblanza profesional
Alide Flores Urich Sass es licenciada y maestra en Relaciones Internacionales por la Universidad Iberoamericana e IE School of Politics, Economics & Global Affairs. Ha colaborado con la OEA y la UNESCO, es analista internacional y forma parte de la Mesa Directiva del Programa de Jóvenes COMEXI.
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