Esta vez la naturaleza golpeó a un país que ya estaba de rodillas. Dos sismos concatenados e intensos dejaron a una Venezuela adolorida y exhausta. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) calculó los daños directos en más de 6,700 millones de dólares, lo que representa casi el seis por ciento del PIB de ese país. Falta aún estimar los costos de la reconstrucción y las pérdidas que dejará la interrupción de la actividad económica.

Por otro lado, la Organización Internacional para las Migraciones contempla que hasta 6.76 millones de personas resultaron afectadas. Ya desde antes de los sismos, casi 8 millones de venezolanos habían abandonado el país por la inseguridad y la pobreza. Eso ha llevado a la Agencia de la ONU para los Refugiados a aumentar su presencia en las fronteras para atender los desplazados y prevenir la creciente explotación laboral y sexual.

Las imágenes son devastadoras. Hay zonas enteras colapsadas porque la construcción deficiente o vieja dejó a Venezuela vulnerable a los terremotos. Luego de analizar imágenes satelitales, el laboratorio Microsoft AI for Good encontró que un tercio de las casi 30,000 estructuras de Catia La Mar está dañado. Los geólogos explican que el haber tenido dos terremotos consecutivos aumentó el riesgo de colapsos, al someter a edificios ya debilitados a un segundo movimiento aún más intenso.

Miles de familias requieren por ello de refugios temporales. Con el paso de los días crecerá el desplazamiento interno y será crucial la ayuda humanitaria en las siguientes etapas de recuperación.

Para colmo, la destrucción se topó con un sistema de salud muy afectado por años de crisis económica y deterioro institucional. Ya desde antes de los sismos más del 60 por ciento de la población no tenía acceso a servicios médicos. Luego de los sismos, los heridos fueron trasladados en patrullas o vehículos improvisados, porque todo Caracas disponía de solo tres ambulancias públicas en funcionamiento.

Los expertos en gestión de riesgos estiman que cerca del 70 por ciento de los rescatistas son voluntarios. Esas personas tienen toda la disposición de ayudar, pero no cuentan con la capacitación para hacerlo. Para colmo, no tienen las herramientas adecuadas para atender una emergencia de esta magnitud.

Por fortuna, la solidaridad internacional se ha hecho presente. Más de 27 países, entre ellos México, se han sumado a la búsqueda de personas bajo los escombros. La ONU destinó 15 millones de dólares como apoyo inicial y está coordinando la llegada de ayuda desde varias latitudes. Por su parte, UNICEF ya alista el envío de equipos para dar atención prioritaria para los niños.

Los venezolanos en el exilio han convocado a una movilización internacional sin precedentes. Están lejos expulsados por la falta de oportunidades, pero el amor por su país está intacto. No hay nada más urgente que rescatar a quienes hoy sobreviven bajo los escombros. Es momento de ayudar a Venezuela más allá de ideologías y posturas políticas. Cada hora cuenta.

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