Este no es un anuncio pagado (aunque me vendría bien mi comisión), es más bien una carta de amor a mi queridísimo teléfono, una oda a mi humilde pero siempre fiel iPhone 8, al cual he decidido otorgar un descanso. Permanente. Me imagino que sucede lo mismo cuando alguien debe separarse de su Android: la pena cala. Tantos años de compañía, de comunicar lo bueno, lo malo, lo inesperado, abrir esa ventana al infinito que es internet, de captar imágenes, recuerdos, objetos deseados, la oportunidad de crear personajes, alguien entre los millones que utilizamos las mismas plataformas; ver y ser vistos, admirados, criticados, cancelados. Y ¿qué decir de WhatsApp? Aquí en Valencia les encanta utilizarlos como medio de comunicación para todo aunque, curiosamente, el mensaje escrito se responde por teléfono, de alguna manera frustrando el propósito de la aplicación. Pero bueno.

Antes de mi iPhone 8 y durante muchos años, fui feliz con mi teléfono de tapita, de esos que ahora son retro y, cuyo diseño hasta la fecha extraño. No se corría el peligro de hacer llamadas sin querer desde el bolsillo del pantalón -las famosas butt calls- o el interior de la bolsa de mano. Pero no. Había que ir con lo nuevo. “Te va a encantar”, me dijeron, “Nunca querrás volver a lo mismo…”. Y así fue, menos por la tapita, el abrir y cerrar. Me pregunto qué tanto tendrá que ver el diseño actual con la idea de que siempre está allí, dispuesto a ayudar, pero también al tanto, escuchando mis conversaciones. Total que accedí al enterarme de la “… calidad de la calidad de la cámara y las infinitas posibilidades de hacer de fotos ordinarias una obra de arte”. Ahí, al alcance de mi mano, apretando un botón. Y caí. Y no he vuelto a mirar hacia atrás más que para intentar recuperar algunas imágenes granosas del teléfono de tapita que aún no sé si será posible pero el intento se hará.

Es muy triste, por un lado, lo dependientes que somos del maldito aparatejo. Es adictivo y hay que controlarlo. Candy Crush y esas cosas no me acerco ni por error, aun así y sumando las horas, con el pretexto de ejercitar el cerebro y prevenir el Alzheimer he perdido días enteros si no es que semanas jugando Sudoku. Y nada puede enfurecerme más que ver a los teléfonos-nana en donde entre más pronto se le dé el aparato al niño o niño que apenas camina, más felices estarán los padres. Es una crueldad y debería estar prohibido por la sociedad del sentido común que, por lo mismo, no se puede meter, pero debiese haber leyes al respecto. En Australia ya ha quedado prohibida la participación en redes sociales de menores de 16. No sé bien cómo el gobierno piensa implementar la medida, pero ahí está. No obstante, mi enojo es con esos padres que llegando al lugar público entregan su teléfono al infante en carriola para que no dé lata en ese momento. ¿A costa de qué?

Volviendo a mi teléfono, las fotos, la música, las interminables notas, todo pasará al nuevo dispositivo que no será el modelo más reciente porque francamente tanta monería tecnológica me entra por el lado izquierdo de la cabeza y sale inmediatamente por el derecho y, a veces temo que sea cuestión personal y no generacional como me gusta presumir. Hasta ahora controlo yo más a mi teléfono y no al revés, es más, hay ocasiones en que salgo de casa y el teléfono no viene, justo, por supuesto, el día que aparece un momento Instagram. Y así mi teléfono y yo, siempre y cuando no suene.

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