A Daphne Caruana Galizia no la mataron sólo con un coche bomba el 16 de octubre de 2017 en Malta; la fueron cercando antes, con algo menos visible pero igual de eficaz: la desinformación.
Periodista de investigación incómoda para el poder de ese país, conocida por exponer redes de corrupción y vínculos revelados en los Panama Papers, Daphne fue convertida, durante años, en blanco sistemático de campañas de desprestigio; la ridiculizaron, la acusaron de mentir, la señalaron como enemiga, la aislaron del espacio público hasta erosionar su credibilidad ante una parte de la sociedad. Cuando finalmente fue asesinada, el terreno ya estaba preparado: no todos le creían, no todos la defendían.
Su muerte sacudió al gobierno maltés, derivó en la dimisión del primer ministro y en condenas de 40 años para los autores materiales; pero el daño más profundo no fue sólo el crimen, sino el proceso previo que permitió que una periodista fuera convertida, poco a poco, en alguien prescindible.
Ese es el punto de partida: la desinformación no siempre busca que creas algo falso; muchas veces busca que dejes de creer en quien dice la verdad.
Ayer, 3 de mayo, se conmemoró el Día Mundial de la Libertad de Prensa; la fecha suele llenarse de discursos solemnes, cifras alarmantes y llamados a la defensa del periodismo. Pero hay una dimensión menos evidente que atraviesa esa conversación: hoy la amenaza no es sólo la censura directa, sino la degradación del ecosistema informativo.
El mes pasado tuve la oportunidad de recorrer redacciones de medios de comunicación y centros de verificación de información en España, Alemania y Lituania, convocada por la Friedrich Naumann Foundation; más allá de las diferencias entre países, había una coincidencia inquietante: el problema ya no es la falta de información, sino el exceso de versiones interesadas compitiendo por imponerse como verdad.
En Reporteros Sin Fronteras lo expresan con datos que deberían incomodar más de lo que lo hacen: el mapa global de la libertad de prensa se ha ido tiñendo de rojo; en 2025 más de 500 periodistas fueron detenidos y decenas asesinados, con países como México entre los más peligrosos para ejercer el oficio.
Pero el dato duro convive con una transformación más sutil: la relación entre poder y prensa ha cambiado. Los gobiernos ya no necesitan controlar medios para influir en la narrativa; pueden hablar directamente a millones de personas, descalificar periodistas en tiempo real y construir relatos paralelos que no requieren verificación.
En ese contexto, la desinformación opera como una herramienta estratégica; no necesariamente para imponer una mentira absoluta, sino para sembrar dudas, fragmentar percepciones y generar un clima donde todo parece discutible.
En Madrid, en el área de verificación de la Agencia EFE, explicaban algo fundamental: la desinformación más efectiva no es la completamente falsa, sino la que mezcla elementos reales con interpretaciones manipuladas; una narrativa que no busca convencerte del todo, sino introducir suficiente confusión como para debilitar certezas.
No es casualidad que este fenómeno esté vinculado a procesos políticos, conflictos internacionales o temas sensibles como la salud; los verificadores priorizan precisamente aquello que puede causar daño real, desde decisiones electorales hasta conductas que afectan la vida de las personas.
En Berlín, en una emisora pública sostenida por un modelo que garantiza independencia editorial y financiamiento estable, la conversación giró hacia otro elemento clave: la confianza. Ahí, la radio pública mantiene altos niveles de credibilidad no por tradición, sino por prácticas sostenidas de transparencia, equilibrio y rendición de cuentas.
La comparación no es cómoda para contextos como el mexicano, donde la relación entre medios, poder político y financiamiento público ha erosionado esa confianza durante años.
Porque, al final, la desinformación no prospera en el vacío; necesita un terreno fértil, y ese terreno es la desconfianza.
Cuando una sociedad deja de creer en sus medios, cualquier versión puede ocupar ese espacio; cuando el periodismo pierde credibilidad, la mentira deja de necesitar pruebas.
Ese es el verdadero riesgo: no que exista información falsa, sino que ya no tengamos referentes confiables para distinguirla.
En ese recorrido europeo apareció otra autocrítica menos cómoda, pero igual de urgente: no basta con tener razón, hay que saber contarla. En redacciones y centros de verificación se insistía en algo que durante años el periodismo miró con recelo: la necesidad de reinventar formatos, de dialogar con las audiencias en sus propios códigos, de entender que la batalla por la atención también es una batalla por la verdad.
No se trata de banalizar la información, sino de reconocer que la desinformación sí ha sabido hacerlo; utiliza narrativas emocionales, estética de cultura pop, lenguajes simples, formatos breves y altamente compartibles; mientras tanto, buena parte del periodismo sigue hablando en un idioma que exige más esfuerzo del que muchos están dispuestos a invertir.
Ahí está una de las paradojas más incómodas: la mentira seduce y la verdad, con frecuencia, aburre.
Por eso, en esas sesiones se repetía una idea que debería sacudir a las redacciones: verificar ya no es suficiente; hay que narrar mejor, conectar más, provocar emociones sin traicionar los hechos. Explorar podcasts, video corto, storytelling visual, incluso referencias culturales que acerquen la información a públicos que ya no consumen noticias de forma tradicional.
No es una concesión a la frivolidad, es una estrategia de supervivencia.
Lo que se discutía en esas redacciones europeas no era una defensa romántica del periodismo, sino una preocupación práctica: cómo sostener estándares en un entorno donde la velocidad premia lo inmediato, donde los algoritmos privilegian lo emocional y donde la inteligencia artificial empieza a producir contenidos que simulan veracidad sin tenerla.
Frente a eso, el periodismo tiene una desventaja evidente: es más lento; verificar, contrastar, contextualizar toma tiempo. Pero también tiene una ventaja que sigue siendo insustituible: la posibilidad de sostener una verdad documentada.
El problema es que esa verdad necesita algo más que existir: necesita ser creída.
Por eso, la discusión sobre desinformación no puede reducirse a combatir contenidos falsos; implica reconstruir la relación entre medios y audiencia, asumir errores con transparencia, fortalecer la independencia editorial y, sobre todo, ejercer un periodismo que no renuncie a incomodar, pero que tampoco renuncie a conectar.
Porque la desinformación no sólo distorsiona hechos; puede erosionar reputaciones, debilitar instituciones y, en casos extremos, como el de Daphne, crear condiciones donde la violencia se vuelve posible.
La pregunta, entonces, no es si la desinformación existe —eso es evidente—, sino qué tan preparados estamos para enfrentarla.
Y la respuesta, incómoda pero inevitable, sigue apuntando en la misma dirección: sólo un periodismo sólido, creíble, emocionalmente inteligente y dispuesto a resistir presiones puede funcionar como contrapeso. No es una solución perfecta, pero sí la única que ha demostrado, hasta ahora, ser algo más que una ilusión.

