Hay una frase que escuché hace unos días y que, aunque incómoda, tiene mucho de verdad: el problema de México también somos los mexicanos. No porque seamos malas personas. Al contrario. Si algo ha demostrado este país es que tiene gente trabajadora, solidaria y capaz de hacer cosas extraordinarias. El problema es que casi siempre esperamos al momento más extremo para demostrarlo.

Los mexicanos sabemos unirnos, ser solidarios, pero únicamente cuando hay una razón emocional de por medio.

Por ejemplo, ahora que juega la Selección Mexicana, miles salen a las calles, abrazan a desconocidos, cantan, lloran y convierten un partido de futbol en una fiesta nacional. Durante noventa minutos desaparecen las diferencias políticas, sociales o económicas.

Pero también cuando ocurre una tragedia, como los terremotos que han marcado nuestra historia, vuelve a aparecer ese mexicano ejemplar. El que deja el trabajo para ir a remover escombros, el que dona comida, el que abre las puertas de su casa, el que ayuda sin preguntar a quién. Es ahí donde el mundo nos aplaude.

Pero entre esos dos extremos existe la vida diaria y ahí parece que dejamos de ser el mismo país. Todos los días convivimos con inseguridad, corrupción, hospitales que no funcionan como deberían, escuelas abandonadas, transporte deficiente, violencia e impunidad. Nos indignamos unos minutos, escribimos un mensaje en redes sociales y después seguimos con nuestra rutina.

¿Por qué no levantamos la voz con la misma fuerza con la que gritamos un gol? ¿Por qué somos capaces de organizarnos en cuestión de horas cuando la tierra tiembla, pero no para exigir que las cosas funcionen antes de que llegue la siguiente tragedia?

Quizá porque, como sociedad, nos acostumbramos a vivir reaccionando y no construyendo. Y esa responsabilidad no puede recaer únicamente en los gobiernos. Es muy cómodo señalar siempre al político, al empresario o a la autoridad. Claro que tienen una enorme responsabilidad, pero nosotros también.

Porque somos los mismos mexicanos los que muchas veces normalizamos la corrupción "porque así es”, los mismos que nos saltamos una fila, damos una mordida, tiramos basura donde no debemos o pensamos que mientras el problema no nos toque directamente, alguien más lo resolverá.

No se trata de dejar de disfrutar el futbol. Ojalá la Selección siga regalándonos noches inolvidables. Tampoco de perder esa solidaridad que tanto nos distingue cuando alguien necesita ayuda.

Se trata de entender que un país no cambia únicamente cuando celebra o cuando llora. Cambia cuando su gente decide participar todos los días. Porque el mexicano que canta el Cielito Lindo es exactamente el mismo que al día siguiente puede exigir mejores servicios, respetar las reglas, involucrarse en su comunidad y dejar de pensar que todo depende de alguien más.

Quizá el mayor reto de México no sea ganar un Mundial ni levantarse después de un desastre natural. Quizá el verdadero desafío sea dejar de vivir en los extremos y aprender a permanecer unidos cuando no hay una copa por celebrar ni una tragedia que lamentar. Ese día, cuando entendamos que el país también se construye de lunes a viernes, entonces sí podremos decir que el principal cambio comenzó donde siempre debió empezar: en nosotros, los mexicanos.

Profesor deportivo